La pregunta de Jesús, ¿Pensáis que he venido para dar paz en la tierra? no debería de ser una sorpresa para muchos en la cristiandad moderna, ya que creemos que en verdad Jesús ha venido a traer la paz, ya que él es el Príncipe de paz.
Lucas 12:51,
¿Creen ustedes que vine a traer paz a la tierra? ¡Les digo que no, sino división!
Supongo que el 99% del cristianismo tradicional, si se toma por sorpresa, y se le pregunta, respondería de inmediato con un rotundo Sí. Las Escrituras ciertamente testifican que Jesús está a favor de la paz. En su nacimiento, los ángeles cantaron: «Paz a los que se complacen en él» (Lucas 2:14). Esto concordaba con las palabras del profeta Isaías: Se llamará su nombre… Príncipe de Paz (9:6). En el Sermón del Monte, Jesús bendijo a los pacificadores, llamándolos «hijos de Dios» (Mateo 5:9).
Jesus no se detiene allí, pero continua y dice en el versículo 52-53:
52 Porque de aquí en adelante, cinco en una familia estarán divididos, tres contra dos, y dos contra tres. 53 Estará dividido el padre contra el hijo, y el hijo contra el padre; la madre contra la hija, y la hija contra la madre; la suegra contra su nuera, y la nuera contra su suegra.
¿Qué quiso decir con eso? Nos describe la situación normal en el mundo moderno. Te lo aseguro. No hay interpretación privada de las escrituras.
Veamos el capítulo 10 de Mateo. Allí encontrará la misma declaración de Cristo, un poco más explicada.
Mateo 10 34,
34 No penséis que he venido para traer paz a la tierra; no he venido para traer paz, sino espada.
Esta frase no da rodeos. No lanza una pregunta retórica como la de Lucas. Jesús no insinúa: “¿Piensan que he venido a traer paz a la tierra?”. No. Declara con fuerza: “No he venido a traer paz, sino
espada”.
¿Y cuánto de ese Jesús vemos hoy en la televisión religiosa? Casi nada. En su lugar, desfilan predicadores sonrientes—risas amplias, dientes brillantes—hienas risueñas por Jesús.
Pero el Jesús que pronuncia estas palabras no sonríe. No adorna, no endulza. Dice lo que vino a hacer, y lo dice con filo: “No he venido a traer paz, sino espada”.
Es un lenguaje alegórico para deshacerse de la maldad, Jesús nunca tomó una espada. Todo el capítulo lo explica, así que se entiende solo.
¿Cuánto de ese Jesús se ve reflejado en la televisión religiosa de hoy? Muy poco. En su lugar, desfilan predicadores sonrientes—dientes brillantes, risas entrenadas—hienas risueñas por Jesús. Un espectáculo.
Pero el Jesús que habla aquí no sonríe. No adorna, no negocia. Pronuncia una verdad cortante: “No he venido a traer paz, sino espada”. No vine a reconciliar la verdad y la mentira, la sabiduría y la estupidez, el bien y el mal, la justicia y la violencia, la bestialidad y la humanidad, Dios y el dinero; sino que vine a traer una espada para cortar y separar uno del otro, para que no se mezclen.
¿Alguna vez has notado lo poco que el arte religioso lo representa así? No como el cordero manso, sino como el provocador divino que declara: “He venido a poner al hombre en disensión con su padre, a la hija contra su madre, y a la nuera contra su suegra”.
Me pregunto, ¿qué haría el canal de televisión cristiana con eso dicho por Jesús?
En la última década, ciertos ministerios han convertido a la familia en un ídolo. Han reemplazado a Dios con un concepto domesticado de unidad familiar. Le cantan himnos a la estabilidad, al hogar perfecto, al padre proveedor y la madre sonriente. Pero el Jesús del Evangelio no se somete a esos moldes.
Él dice: “Los enemigos del hombre serán los de su propia casa”.
No es el Jesús de las postales ni de los eslóganes religiosos. Es el que divide, el que sacude, el que exige. No vino a sostener nuestros pequeños altares cómodos. Vino a derribarlos.
Durante su vida, hubo al menos seis intentos creíbles de asesinarlo antes de ser declarado inocente y, de todos modos, crucificado. Desde que Jesús vivió en la tierra, se estima que más de 70 millones de cristianos han sido martirizados, más de la mitad de ellos en el siglo XX bajo regímenes fascistas y comunistas. También se estima que un millón de cristianos fueron asesinados entre 2001 y 2010, y unos 900.000 entre 2011 y 2020.
Ser odiado fue algo que Jesús no solo asumió, sino que sabía que sus seguidores heredarían.
Juan 15:18-19,
18 Si el mundo os aborrece, sabed que a mí me ha aborrecido antes que a vosotros. 19 Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero porque no sois del mundo, antes yo os elegí del mundo, por eso el mundo os aborrece.
En los dos primeros siglos después de Cristo, los cristianos tuvieron que ocultar su afiliación con Jesús o enfrentarse a la persecución, la tortura o la muerte.
Mateo 10: 37-40,
37 El que ama a padre o madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a hijo o hija más que a mí, no es digno de mí; 38 y el que no toma su cruz y sigue en pos de mí, no es digno de mí. 39 El que halla su vida, la perderá; y el que pierde su vida por causa de mí, la hallará.
40 El que a vosotros recibe, a mí me recibe; y el que me recibe a mí, recibe al que me envió.
La alternativa es clara. Jesús lo dice sin rodeos: “Quien
no los recibe a ustedes, no me recibe a mí. Y quien no me recibe a mí, no recibe al que me envió”.
Recibir o rechazar a los enviados es recibir o rechazar al mismo Dios. No hay neutralidad. No se trata de simpatía personal ni de hospitalidad social: se trata de alinearse, o no, con el Reino que avanza.
“Quien recibe a un profeta en nombre de profeta, recibirá recompensa de profeta”. No por amabilidad, no por afecto, sino en nombre de profeta—es decir, por la palabra que predica, por la verdad que representa, por el Dios que lo respalda.
El profeta es el cuarto portavoz de la Palabra: no el autor, no el mensajero principal, sino el eco fiel, la voz que repite lo que ha oído en el secreto. Recibir al profeta es honrar esa cadena de obediencia que viene de lo alto.
Y lo mismo con el justo: “Quien recibe al justo, en nombre de justo, recibirá recompensa de justo”. No se trata de aplausos a la moral, sino de reconocimiento espiritual. Lo recibes no porque te agrada, sino porque ves en él la huella del que lo justificó.
Todo esto nos confronta con una verdad profunda: cómo tratamos a los pequeños, a los profetas, a los justos, revela qué tanto hemos recibido al mismo Cristo. Recibirán una Recompensa, solo por el hecho de haberlos recibido o aceptado.
Mateo 10:40-42,
40 El que a vosotros recibe, a mí me recibe; y el que me recibe a mí, recibe al que me envió. 41 El que recibe a un profeta por cuanto es profeta, recompensa de profeta recibirá; y el que recibe a un justo por cuanto es justo, recompensa de justo recibirá. 42 Y cualquiera que dé a uno de estos pequeñitos un vaso de agua fría solamente, por cuanto es discípulo, de cierto os digo que no perderá su recompensa.
Porque al final, Dios es nuestra justicia. No nosotros. No nuestra virtud, ni nuestras obras, ni nuestra reputación. Sino Cristo en nosotros, por la fe. La justicia que Dios reconoce —incluso en medio del ruido del mundo moderno— no es la autojustificación, sino la que proviene de su Hijo, recibida como don, nunca como mérito.
Y esa justicia se encarna. Toma forma concreta en los gestos más pequeños: un vaso de agua, un acto de hospitalidad, un reconocimiento silencioso de quien pertenece a Cristo.
“Y cualquiera que dé de beber un vaso de agua fría a uno de estos pequeñitos, solo en nombre de discípulo, de cierto les digo que no perderá su recompensa”.
No es caridad superficial. Es acto de fe. Es ver al Cristo escondido en el profeta, en el justo, en el discípulo invisible. Es honrar la presencia de Dios donde el mundo no la ve.
Y en esa recepción humilde, en ese dar sencillo, se revela el Reino. Porque recibir al enviado es recibir al Enviador. Y la recompensa no es otra cosa que Él mismo.
Ese pasaje ha sido citado infinidad de veces fuera de contexto, arrancado de la secuencia lógica y espiritual que Jesús establece. Te propongo esta sección como una continuación natural de lo que venimos trabajando, incorporando esa idea y dándole forma reflexiva y crítica:
¿Y cuántas veces se ha citado esto fuera de contexto?
“El que los recibe a ustedes, me recibe a mí”, dicen, como si hablara de cortesía. “Recibirá recompensa de profeta”, repiten, como si se tratara de una fórmula mágica para bendiciones inmediatas. Pero el contexto es mucho más exigente. Es una cadena sagrada, una lógica espiritual que no se puede fragmentar sin traicionarla.
Jesús está hablando del recibimiento de sus enviados, de aquellos que llevan su palabra, su cruz, su misión. El que recibe al profeta, en nombre de profeta, es decir, por lo que representa, por la verdad que anuncia, por la incomodidad que muchas veces genera, ése recibirá su recompensa.
Lucas 9:1-6,
1Habiendo reunido a sus doce discípulos, les dio poder y autoridad sobre todos los demonios, y para sanar enfermedades. 2 Y los envió a predicar el reino de Dios, y a sanar a los enfermos.
3 Y les dijo: No toméis nada para el camino, ni bordón, ni alforja, ni pan, ni dinero; ni llevéis dos túnicas. 4 Y en cualquier casa donde entréis, quedad allí, y de allí salid. 5 Y dondequiera que no os recibieren, salid de aquella ciudad, y sacudid el polvo de vuestros pies en testimonio contra ellos. 6 Y saliendo, pasaban por todas las aldeas, anunciando el evangelio y sanando por todas partes.
Y el que recibe al justo no porque sea amable, sino en nombre de justo, por su fidelidad, por su integridad en medio de un mundo torcido, ese también participa en la recompensa que solo Dios puede dar.
Marcos 6:10-11,
10 Y les dijo: Dondequiera que entréis en una casa, posad en ella hasta que salgáis de aquel lugar. 11 Y si en algún lugar no os recibieren ni os oyeren, salid de allí, y sacudid el polvo que está debajo de vuestros pies, para testimonio a ellos. De cierto os digo que en el día del juicio, será más tolerable el castigo para los de Sodoma y Gomorra, que para aquella ciudad.
Y luego Jesús desciende hasta lo más pequeño: “Y el que dé siquiera un vaso de agua fría a uno de estos pequeños en nombre de discípulo…” No dice “niño”, dice “pequeño”. El insignificante, el marginado, el que no cuenta.
Todo esto forma un solo cuerpo, un solo mensaje: reconocer a los enviados de Cristo en sus diversas formas —profeta, justo, pequeño discípulo— es reconocer al mismo Cristo. Rechazarlos, es rechazarlo a Él.
No se trata de una cadena de favores. Es una teología del reconocimiento. Una liturgia del recibir.
Mateo 10:39,
39 El que halla su vida, la perderá; y el que pierde su vida por causa de mí, la hallará.
Todo en estos versículos gira en torno a hacer algo por el bien de otro. Pero no de cualquier “otro”: se trata de una cadena viva que fluye desde Aquel que envía, hacia el enviado, y de ahí hasta quienes pierden su vida por causa del evangelio que él vino a anunciar. Esa cadena de envío, de pérdida y de fidelidad llega hasta ti. Y en ese punto, participar del evangelio debe significar más que tu propia familia, tu propia vida, tus propias causas.
No hay cristianos del 70%. No existe un cristianismo compartimentado, que se pueda vivir a ratos, como si fuera una rutina más —comer, dormir, ir a la playa. Es todo o nada.
Volviendo a Lucas, después de anunciar la división que ha venido a traer, Jesús no pide excusas. No negocia términos. Él sabe que su evangelio rompe estructuras, separa lealtades, y deja en pie solo lo que puede resistir la prueba del Reino.
Lucas 14:25-33,
25 Grandes multitudes iban con él; y volviéndose, les dijo: 26 Si alguno viene a mí, y no aborrece a su padre, y madre, y mujer, e hijos, y hermanos, y hermanas, y aun también su propia vida, no puede ser mi discípulo. 27 Y el que no lleva su cruz y viene en pos de mí, no puede ser mi discípulo.
28 Porque ¿quién de vosotros, queriendo edificar una torre, no se sienta primero y calcula los gastos, a ver si tiene lo que necesita para acabarla? 29 No sea que después que haya puesto el cimiento, y no pueda acabarla, todos los que lo vean comiencen a hacer burla de él,
30 diciendo: Este hombre comenzó a edificar, y no pudo acabar. 31 ¿O qué rey, al marchar a la guerra contra otro rey, no se sienta primero y considera si puede hacer frente con diez mil al que viene contra él con veinte mil? 32 Y si no puede, cuando el otro está todavía lejos, le envía una embajada y le pide condiciones de paz.
33 Así, pues, cualquiera de vosotros que no renuncia a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo.
Jesús no suaviza el golpe. No disimula el desafío. Mira a sus discípulos y les dice, sin rodeos: “De cierto os digo, que difícilmente entrará un rico en el Reino de los cielos.”
Y por si quedaba alguna duda, lo repite, esta vez con una imagen que quiebra cualquier intento de racionalizarlo: “Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que un rico entre en el Reino de Dios.”
Los discípulos quedan atónitos. No porque eran ricos —sino porque, como muchos de nosotros, aún pensaban que bendición era sinónimo de éxito, que riqueza significaba el favor de Dios. “¿Quién, pues, podrá ser salvo?”, preguntan.
Y entonces, Jesús, con esa mezcla de ternura y verdad absoluta, los mira y responde:
“Para los hombres esto es imposible; mas para Dios todo es posible”.
Ahí está todo: la salvación no es una hazaña humana, no es un proyecto de acumulación, no es una escalera meritocrática al cielo. Es un milagro. Un regalo. Un acto soberano de Dios.
