Y ella dio a luz un hijo varón, que regirá con vara de hierro
Apocalipsis 19:11,
11 Y vi el cielo abierto; y he aquí un caballo blanco; y el que estaba sentado sobre él, era llamado Fiel y Verdadero, el cual en justicia juzga y pelea.
En ese tiempo, “forjarán sus espadas en rejas de arado”, porque la justicia de Dios eliminará la raíz de los conflictos.
Miqueas 4:3,
3 Y él juzgará entre muchos pueblos, y corregirá a naciones poderosas hasta muy lejos; y martillarán sus espadas para azadones, y sus lanzas para hoces; no alzará espada nación contra nación, ni se ensayarán más para la guerra.
La ley del Reino será una sola para todos: “Una misma ley y un mismo decreto tendréis, tanto para el natural como para el extranjero que habita entre vosotros” (Números 15:16). Bajo el Nuevo Pacto, no habrá privilegios étnicos para pecar con impunidad; todos estarán sujetos a la autoridad justa y misericordiosa del Rey de reyes.
Las demás naciones solo aparecen en relación con Israel. Pero debemos distinguir entre el Israel natural, terrenal y geopolítico y el Israel profético y espiritual:
Romanos 9:6-8,
6 No que la palabra de Dios haya fallado; porque no todos los que descienden de Israel son israelitas, 7 ni por ser descendientes de Abraham, son todos hijos; sino: En Isaac te será llamada descendencia. 8 Esto es: No los que son hijos según la carne son los hijos de Dios, sino que los que son hijos según la promesa son contados como descendientes.
Gálatas 6:16,
16 Y a todos los que anden conforme a esta regla, paz y misericordia sea a ellos, y al Israel de Dios.
Lo mismo sucede con Babilonia: hubo una Babilonia histórica y existe una Babilonia profética (Apocalipsis 17-18).
La dificultad consiste, a que, a diferencia de la Babilonia antigua, el Israel político moderno sí existe, y muchos lo confunden con el Israel de las promesas finales. Pero ambos no pueden coexistir para siempre: el Israel carnal debe dar paso al Israel espiritual, compuesto por el remanente fiel de todas las naciones en Cristo.
Gálatas 4:21-26,
21 Decidme, los que queréis estar bajo la ley: ¿no habéis oído la ley? 22 Porque está escrito que Abraham tuvo dos hijos; uno de la esclava, el otro de la libre. 23 Pero el de la esclava nació según la carne; mas el de la libre, por la promesa. 24 Lo cual es una alegoría, pues estas mujeres son los dos pactos; el uno proviene del monte Sinaí, el cual da hijos para esclavitud; este es Agar. 25 Porque Agar es el monte Sinaí en Arabia, y corresponde a la Jerusalén actual, pues esta, junto con sus hijos, está en esclavitud. 26 Mas la Jerusalén de arriba, la cual es madre de todos nosotros, es libre.
Uno dejará de ser para que el otro se manifieste en plenitud.
Gálatas 4:28-31,
28 Así que, hermanos, nosotros, como Isaac, somos hijos de la promesa. 29 Pero como entonces el que había nacido según la carne perseguía al que había nacido según el Espíritu, así también ahora. 30 Mas ¿qué dice la Escritura? Echa fuera a la esclava y a su hijo, porque no heredará el hijo de la esclava con el hijo de la libre. 31 De manera, hermanos, que no somos hijos de la esclava, sino de la libre.
Un contraste interesante es que, en Apocalipsis, un libro pleno de simbolismo bíblico, es dedicado casi exclusivamente a eventos históricos, presentes y futuros, la evidencia directa de la existencia de Israel está allí. Dios ha revelado en la ley y los profetas dónde se encuentra Israel, y es, en efecto, grande e importante. Su población combinada, en naciones repartidas por gran parte del mundo, asciende aproximadamente a 1.5 billones de personas. Su influencia económica, educativa, cultural, religiosa y política combinada no tiene rival en el mundo entero. ¿Acaso Dios simplemente descarta a Israel en el libro más significativo del fin de los tiempos? No, está ahí, pero proféticamente oculto.
En el libro de Apocalipsis, Israel se menciona por nombre tres veces (Apocalipsis 2:13, 7:4 y 21:12). Sin embargo, su presencia simbólica es clara en Apocalipsis 12: 1,
1Apareció en el cielo una gran señal: una mujer vestida del sol, con la luna debajo de sus pies, y sobre su cabeza una corona de doce estrellas.
La Biblia, en su propia interpretación, nos enseña que el sol, la luna y las estrellas son símbolos y figuras que representan a las doce tribus de Israel, se relaciona con el sueño de José en Génesis, donde el sol, la luna y las once estrellas representan a Jacob, Raquel y las once tribus de Israel, siendo José la doceava.
Génesis 37:9-10,
9 Soñó aun otro sueño, y lo contó a sus hermanos, diciendo: He aquí que he soñado otro sueño, y he aquí que el sol y la luna y once estrellas se inclinaban a mí. 10 Y lo contó a su padre y a sus hermanos; y su padre le reprendió, y le dijo: ¿Qué sueño es este que soñaste? ¿Acaso vendremos yo y tu madre y tus hermanos a postrarnos en tierra ante ti?
Apocalipsis 12:5-6,
5 Y ella dio a luz un hijo varón, que regirá con vara de hierro a todas las naciones; y su hijo fue arrebatado para Dios y para su trono. 6 Y la mujer huyó al desierto, donde tiene lugar preparado por Dios, para que allí la sustenten por mil doscientos sesenta días.
La mujer representa diferentes figuras a lo largo de la historia de la salvación: Eva, madre de todos los vivientes; Israel, que da a luz al Mesías; y la Iglesia, que da a luz a los vencedores (Apocalipsis 12:5). Tras dar a luz, la mujer huye al desierto —un lugar deshabitado, tierra virgen— donde permanece durante 1,260 días o años. Este período simboliza la protección divina concedida en tiempos de persecución y prueba, mostrando cómo Dios guarda a su pueblo frente a las adversidades.
El profeta Miqueas profetiza a la “hija de Sion”, o a la descendencia de la mujer (Israel) quien huye al desierto, luego llevada hasta el cautiverio Babilónico para ser liberada de la mano de sus opresores o enemigos.
Miqueas 4:8-10,
8 Y tú, oh torre del rebaño, fortaleza de la hija de Sion, hasta ti vendrá el señorío primero, el reino de la hija de Jerusalén. 9 Ahora, ¿por qué gritas tanto? ¿No hay rey en ti? ¿Pereció tu consejero, que te ha tomado dolor como de mujer de parto? 10 Duélete y gime, hija de Sion, como mujer que está de parto; porque ahora saldrás de la ciudad y morarás en el campo, y llegarás hasta Babilonia; allí serás librada, allí te redimirá Jehová de la mano de tus enemigos.
El Señor Jesucristo nació de la tribu de Judá, una de las doce tribus de Israel, durante el dominio del cuarto imperio descrito por Daniel: Roma (Daniel 2:40; 7:23).
Hebreos 7:14,
14 Porque manifiesto es que nuestro Señor vino de la tribu de Judá, de la cual nada habló Moisés tocante al sacerdocio.
En los días de Su nacimiento, Herodes el Grande —un idumeo, descendiente de Esaú— gobernaba bajo la autoridad de Roma. Este, influenciado por el espíritu del dragón, intentó destruir al niño Jesús desde Su infancia, ordenando la matanza de los niños en Belén:
Mateo 2:13-16,
16 Herodes entonces, cuando se vio burlado por los magos, se enojó mucho, y mandó matar a todos los niños menores de dos años que había en Belén y en todos sus alrededores, conforme al tiempo que había inquirido de los magos.
La misma Roma pagana, que persiguió con dureza a la naciente iglesia de Jesucristo, intentó destruir el Cuerpo de Cristo, es decir, la iglesia. Más tarde, Roma papal continuó esta obra de opresión contra los creyentes, incluyendo la feroz persecución de la iglesia durante la Reforma protestante.
Hechos 8:1-3,
1 Y Saulo consentía en su muerte. En aquel día hubo una gran persecución contra la iglesia que estaba en Jerusalén; y todos fueron esparcidos por las tierras de Judea y de Samaria, salvo los apóstoles. 2 Y hombres piadosos llevaron a enterrar a Esteban, e hicieron gran llanto sobre él.
3 Y Saulo asolaba la iglesia, y entrando casa por casa, arrastraba a hombres y a mujeres, y los entregaba en la cárcel.
Apocalipsis 12:13,
13 Y cuando vio el dragón que había sido arrojado a la tierra, persiguió a la mujer que había dado a luz al hijo varón.
Jeremías capitulo 30 describe el “tiempo de angustia para Jacob”, un período de aflicción que, al final de esta era, recaerá también sobre las naciones que forman parte del sistema babilónico occidental.
Jeremías 30:7,
7 ¡Ah, cuán grande es aquel día!, tanto, que no hay otro semejante a él; tiempo de angustia para Jacob; pero de ella será librado.
Por ello, entendemos que el hijo varón de Apocalipsis 12:5 simboliza tanto a Cristo como a Sus vencedores a lo largo de toda la dispensación cristiana. El gran dragón rojo de Apocalipsis 12:3-4 representa a Satanás, quien, desde el principio, ha intentado destruir al Hijo y a Su pueblo.
Romanos 8:37,
37 Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó.
1 Juan 5:4-5,
4 Porque todo lo que es nacido de Dios vence al mundo; y esta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe. 5 ¿Quién es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?
A lo largo de la historia, podemos rastrear este mismo intento satánico, usando a sus agentes humanos —desde imperios paganos hasta sistemas religiosos corruptos— para silenciar, perseguir y destruir el testimonio de Jesucristo en la tierra.
Juan 16:2,
2 Os expulsarán de las sinagogas; y aun viene la hora cuando cualquiera que os mate, pensará que rinde servicio a Dios.
Apocalipsis 17:6,
6 Vi a la mujer ebria de la sangre de los santos, y de la sangre de los mártires de Jesús; y cuando la vi, quedé asombrado con gran asombro.
De nuevo, Israel se identifica correctamente como la mujer simbolizada en Apocalipsis 12:1 al compararse los símbolos de esa visión con el sueño de José en Génesis 37:9-10.
Al que venciere… yo le daré autoridad sobre las naciones
Posteriormente, esa misma autoridad será otorgada a la compañía de vencedores, quienes, perseguidos por el dragón, saliendo vencedores, reinarán con Él durante mil años:
Apocalipsis 2:26-27,
26 Al que venciere y guardare mis obras hasta el fin, yo le daré autoridad sobre las naciones,
27 y las regirá con vara de hierro, y serán quebradas como vaso de alfarero; como yo también la he recibido de mi Padre;
Apocalipsis 20:4,
4 Y vi tronos, y se sentaron sobre ellos los que recibieron facultad de juzgar; y vi las almas de los decapitados por causa del testimonio de Jesús y por la palabra de Dios, los que no habían adorado a la bestia ni a su imagen, y que no recibieron la marca en sus frentes ni en sus manos; y vivieron y reinaron con Cristo mil años.
En resumen, Apocalipsis capítulo 12 nos presenta el trasfondo universal del nacimiento, la muerte, la resurrección y la ascensión de Jesucristo, situando estos eventos no solo en la historia humana, sino en el marco del gran conflicto espiritual. La manera más clara de comprender este
capítulo es identificar a sus personajes principales, pero antes conviene volver a los orígenes, a la primera promesa mesiánica en el libro de Génesis.
Después de la caída de Adán y Eva, el Señor Dios le dijo a la serpiente:
Génesis 3:15,
15 Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; esta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar.
Aquí se establece la lucha histórica entre la descendencia de la mujer y la serpiente, y se anuncia proféticamente la victoria final del Mesías. A la mujer se le dijo también que sus dolores de parto aumentarían (Génesis 3:16), y luego se la llamó Eva, “por ser la madre de todos los vivientes” (Génesis 3:20).
Cuando llegamos a Apocalipsis 12:1-6, cualquier lector judío, cristiano o erudito bíblico del siglo I habría reconocido que esta mujer simboliza más que a una persona literal: representa a la Sión celestial (cf. Isaías 26:17-18), la compañía del pueblo de Dios a lo largo de la historia.
En el contexto inmediato del Antiguo Testamento, esta imagen remite al pueblo de Israel, del cual surgiría el Mesías:
Miqueas 5:2-3,
2 Pero tú, Belén Efrata, pequeña para estar entre las familias de Judá, de ti me saldrá el que será Señor en Israel; y sus salidas son desde el principio, desde los días de la eternidad. 3 Pero los dejará hasta el tiempo que dé a luz la que ha de dar a luz; y el resto de sus hermanos se volverá con los hijos de Israel.
Sin embargo, limitar su significado a “el Israel del Antiguo Testamento” sería reducir la visión. Más precisamente, ella representa a la Sión celestial, el verdadero pueblo de Dios, del cual el Israel histórico fue un anticipo y figura.
Hebreos 12:22-23,
22 sino que os habéis acercado al monte de Sion, a la ciudad del Dios vivo, Jerusalén la celestial, a la compañía de muchos millares de ángeles, 23 a la congregación de los primogénitos que están inscritos en los cielos, a Dios el Juez de todos, a los espíritus de los justos hechos perfectos,
Así, la mujer no es solamente el pueblo antiguo de Israel, sino la comunidad de fe que existe desde los patriarcas hasta la iglesia de Cristo, y que será finalmente vindicada.
