Nuestra Herencia
Como hemos visto, este ungimiento en las dos formas, primero en nuestro Señor Jesús, luego en nosotros, es solamente la parte inicial de nuestra “PLENA” herencia en Cristo.
Efesios 4:30,
“Y no contristéis al Espíritu Santo de Dios, con el cual fuisteis sellados para el día de la redención”.
Efesios 1:13-14,
“En El también vosotros, habiendo oído la palabra de verdad, el evangelio de vuestra salvación y habiendo creído en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa, que es las arras de nuestra herencia hasta la redención de la posesión adquirida, para alabanza de su gloria”.
Hechos 19: 1-6,
1Aconteció que entre tanto que Apolos estaba en Corinto, Pablo, después de recorrer las regiones superiores, vino a Éfeso, y hallando a ciertos discípulos, 2 les dijo: ¿Recibisteis el Espíritu Santo cuando creísteis? Y ellos le dijeron: Ni siquiera hemos oído si hay Espíritu Santo. 3 Entonces dijo: ¿En qué, pues, fuisteis bautizados? Ellos dijeron: En el bautismo de Juan. 4 Dijo Pablo: Juan bautizó con bautismo de arrepentimiento, diciendo al pueblo que creyesen en aquel que vendría después de él, esto es, en Jesús el Cristo. 5 Cuando oyeron esto, fueron bautizados en el nombre del Señor Jesús. 6 Y habiéndoles impuesto Pablo las manos, vino sobre ellos el Espíritu Santo; y hablaban en lenguas, y profetizaban.
Esta posesión adquirida, como hemos visto, consiste de nuestros cuerpos, quienes son para el Señor (por medio de la resurrección).
1 Corintios 6:13,
“Pero el cuerpo no es para la fornicación, sino para el Señor, y el Señor para el cuerpo”.
Este hecho está muy claro en otros pasajes bíblicos como en Romanos:
Romanos 8:23,
“gemimos dentro de nosotros mismos esperando la adopción, la redención (Resurrección) de nuestro cuerpo”.
Romanos 13:11,
“Porque ahora está más cerca de nosotros nuestra salvación que cuando creímos”.
Ahora podemos comprender con mayor claridad que, así como Jesús fue hecho en todo sentido el Hijo del Hombre —es decir, el hijo de Adán, como uno de nosotros—, también nosotros participamos de esa misma humanidad. Jesús, aunque sin pecado, vivió en carne como nosotros, y fue ungido por Dios al comenzar su ministerio terrenal. En esa condición plenamente humana, esperó obedientemente el tiempo señalado por el Padre: el momento de su muerte en la cruz y su gloriosa resurrección.
De la misma manera, nosotros también vivimos en nuestra condición humana, en espera del cumplimiento de la promesa divina: nuestra propia resurrección. Aguardamos ese momento con fe, sabiendo que será entonces cuando seremos hechos completos y perfectos en Él, alcanzando la plenitud de una perfección verdadera y eterna, completamente libres del pecado —la misma razón por la cual Él murió y resucitó.
Ese día glorioso será el día de la resurrección de los vencedores, conocido en las Escrituras como la Primera Resurrección. Es en ese día cuando los que han vencido en Cristo serán levantados en gloria, transformados para siempre, y unidos con Él en Su victoria final.
Apocalipsis 20:6,
“Bienaventurado y santo el que tiene parte en la primera resurrección; la segunda muerte no tiene potestad sobre estos, sino que serán sacerdotes de Dios y de Cristo y reinarán con el mil años”.
Estos santos vencedores aparecerán en inmortalidad gloriosa (en cuerpos espirituales) que son eternos e incorruptibles.
1 Corintios 15:35-36, 40-44, 49-53;
35 Pero alguno dirá: ¿Cómo resucitan los muertos? ¿Y con qué clase de cuerpo vienen? 36 ¡Necio! Lo que tú siembras no llega a tener vida si antes no muere;
40 Y hay cuerpos celestiales, y cuerpos terrenales; pero una es la gloria de los celestiales, y otra la de los terrenales. 41 Una es la gloria del sol, otra la gloria de la luna, y otra la gloria de las estrellas, pues una estrella es diferente de otra en gloria.
42 Así también es la resurrección de los muertos. Se siembra en corrupción, resucitará en incorrupción. 43 Se siembra en deshonra, resucitará en gloria; se siembra en debilidad, resucitará en poder. 44 Se siembra cuerpo animal, resucitará cuerpo espiritual. Hay cuerpo animal, y hay cuerpo espiritual.
49 Y así como hemos traído la imagen del terrenal, traeremos también la imagen del celestial. 50 Pero esto digo, hermanos: que la carne y la sangre no pueden heredar el reino de Dios, ni la corrupción hereda la incorrupción.
51 He aquí, os digo un misterio: No todos dormiremos; pero todos seremos transformados, 52 en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la final trompeta; porque se tocará la trompeta, y los muertos serán resucitados incorruptibles, y nosotros seremos transformados. 53 Porque es necesario que esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad.
De esta manera Dios, habiendo perfeccionado y completado “SU TEMPLO MILENIAL”, será manifestado por primera vez sin mancha y sin arruga.
Efesios 5:27,
“a fin de presentársela a si mismo, una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha”.
Así, todos aquellos que hayan vencido en esta vida, recibirán como recompensa el premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús. Este es el propósito al que todos deberíamos aspirar con esfuerzo sincero y perseverancia, manteniendo viva nuestra esperanza en lo que ha sido prometido.
En la era presente, aunque todavía no hemos alcanzado la plenitud de esta herencia, podemos tener la plena seguridad de que nos pertenece en Cristo. Somos como piedras preciosas talladas y preparadas individualmente, semejantes a aquellas que adornaban el Templo de Salomón: cuidadosamente formadas, únicas, y apartadas para un propósito santo. Así permanecemos, aguardando con fe el glorioso día en que todos seremos reunidos al mismo tiempo, transformados en cuerpos nuevos, resucitados en gloria, para estar por siempre con el Señor.
1 Crónicas 22:5,
“…la casa que se ha de edificar a Jehová ha de ser magnifica por excelencia, para renombre y honra en todas las tierras…”.
Isaías 56:7,
7 yo los llevaré a mi santo monte, y los recrearé en mi casa de oración; sus holocaustos y sus sacrificios serán aceptos sobre mi altar; porque mi casa será llamada casa de oración para todos los pueblos.
Esta casa, este templo espiritual, está siendo edificado por la voluntad de Dios, y será conocido como la habitación de Dios en la tierra.
Apocalipsis 21:3,
3 Entonces oí una gran voz que decía desde el trono: He aquí, el tabernáculo de Dios está entre los hombres, y Él habitará entre ellos y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará entre ellos.
No es un templo físico hecho por manos humanas, sino un cuerpo espiritual formado por creyentes, los “vencedores”, que a lo largo de los siglos han sido preparados como piedras vivas para formar una verdadera Iglesia: el Cuerpo de Cristo (1 Pedro 2:5; Efesios 2:20-22).
Desde los días de los patriarcas y profetas, los santos del pasado han sido parte esencial de esta construcción. Aunque vivieron por fe y obtuvieron buen testimonio, murieron sin haber recibido la promesa, porque Dios había preparado algo más grande —y eterno— que una simple franja de tierra en el Medio Oriente. La promesa se extiende a toda la creación, al Reino universal de Dios.
Una Promesa Colectiva: La Unidad del Cuerpo
El autor de Hebreos lo expresa con claridad:
“Y todos éstos, aunque alcanzaron buen testimonio mediante la fe, no recibieron lo prometido; proveyendo Dios alguna cosa mejor para nosotros, para que no fuesen ellos perfeccionados aparte de nosotros.”
— Hebreos 11:39-40
Esto significa que los santos del pasado no pueden ser perfeccionados sin la participación de los creyentes de las generaciones futuras. La perfección del cuerpo solo se alcanzará cuando todos los miembros, pasados y presentes, entren juntos en la plenitud del Reino. Somos un solo cuerpo, con un solo Espíritu, una sola fe, y un solo Dios (Efesios 4:4-6).
Tres Fases del Plan de Dios: Las Unciones del Reino
Dios ha estado desarrollando Su propósito eterno en tres grandes etapas, simbolizadas en las fiestas principales de Israel: Pascua, Pentecostés y Tabernáculos.
La Era de la Pascua (desde Moisés hasta Cristo):
Dios confirió autoridad a Israel para establecer justicia en la tierra, pero su unción —la de la Pascua— era solo el primer nivel: la justificación. No fue suficiente para traer la restauración total.
Éxodo 19:6,
6 Y vosotros me seréis un reino de sacerdotes, y gente santa. Estas son las palabras que dirás a los hijos de Israel.
La Era de Pentecostés (desde Cristo hasta nuestros días):
En Pentecostés, Dios derramó una mayor unción del Espíritu Santo (Hechos 2). Esta segunda unción capacitó a la Iglesia para llevar el mensaje del Evangelio a las naciones. Sin embargo, esta etapa, simbolizada por el reinado de Saúl, también ha fallado en establecer justicia plena en la tierra, debido a la naturaleza incompleta de esta unción.
La Era de los Tabernáculos (la era venidera):
En este tiempo, Dios dará la unción más grande, la plenitud de Su Espíritu, representada por la fiesta de los Tabernáculos. Esta tercera y última unción completará la obra de restauración de todas las cosas, que traerá consigo el jubileo de toda la creación.
Hechos 3:21,
21 a quien dé cierto es necesario que el cielo reciba hasta los tiempos de la restauración de todas las cosas, de que habló Dios por boca de sus santos profetas que han sido desde tiempo antiguo.
Será el cumplimiento del Reino Davídico, el establecimiento del gobierno eterno de Cristo con sus santos.
Daniel 7:18,
18 Después recibirán el reino los santos del Altísimo, y poseerán el reino hasta el siglo, eternamente y para siempre.
La Primera Resurrección y la Finalización del Templo
Este es el tiempo profético de la resurrección de los vencedores: aquellos que vivieron por fe, pero que aún aguardan la manifestación del Reino en gloria. Su resurrección no ocurre de forma separada, sino al mismo tiempo que la transformación de los creyentes vivos:
“Nosotros que vivimos… no precederemos a los que durmieron.”
— 1 Tesalonicenses 4:15
Este momento marca la primera resurrección (Apocalipsis 20:6), cuando los vencedores del pasado y los del presente serán unidos en un solo cuerpo glorificado. Solo entonces el Templo espiritual estará completo, a la estatura de la plenitud de Cristo (Efesios 4:13), y podrá ser plenamente habitado por Su Espíritu.
La Visión Final: Un Reino Eterno
Este Reino no será temporal ni limitado geográficamente. Será un Reino eterno, entregado a los santos del Altísimo, quienes reinarán con justicia sobre toda la creación:
“El reino y el dominio y la majestad de los reinos debajo de todo el cielo, será dado al pueblo de los santos del Altísimo… y todos los dominios le servirán y obedecerán.”
— Daniel 7:27
Estamos en los umbrales de una transición divina. El Templo espiritual está por completarse. Los santos del pasado, junto con los vencedores de hoy, serán unidos por medio de la gloria de Dios en la plenitud de la fiesta de los Tabernáculos completando la nueva creación, engendraos como hijos de Dios, herederos y co-herederos del Reino milenial.
El Templo de Dios: Su Habitación en la Tierra
Propósito milenial: restaurar y perfeccionar a Israel:
Romanos 11:25-27,
25 Porque no quiero, hermanos, que ignoréis este misterio, para que no seáis arrogantes en cuanto a vosotros mismos: que ha acontecido a Israel endurecimiento en parte, hasta que haya entrado la plenitud de los gentiles; 26 y luego todo Israel será salvo, como está escrito:
Vendrá de Sion el Libertador,
Que apartará de Jacob la impiedad.
27 Y este será mi pacto con ellos,
Cuando yo quite sus pecados.
Solo entonces, cuando el cuerpo esté completo, la habitación de Dios será plenamente manifestada en la tierra, luego después de los mil años, la imponente manifestación de la Nueva Jerusalén.
Apocalipsis 21:3-4,
1 Vi un cielo nuevo y una tierra nueva; porque el primer cielo y la primera tierra pasaron, y el mar ya no existía más. 2 Y yo Juan vi la santa ciudad, la nueva Jerusalén, descender del cielo, de Dios, dispuesta como una esposa ataviada para su marido.
3 Y oí una gran voz del cielo que decía: He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y él morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos como su Dios.
4 Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron.
1 Corintios 3:16,
“¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?”
Este es el propósito eterno del Padre: tener una morada gloriosa en la tierra, compuesta de personas transformadas, guiadas por Su Espíritu y llenas de Su gloria.
