Su Fundamento

Los artículos dentro del Arca del Pacto (Parte 1)

Testigos dentro del Arca: ley, provisión y autoridad divina

Comprender el significado espiritual del Arca del Pacto y los objetos que contenía, reconociéndolos como sombras y tipos que encuentran su cumplimiento perfecto en Jesucristo. Este estudio busca fortalecer nuestra fe al ver cómo toda la Escritura apunta a Cristo.

El Arca del Pacto, también llamada Arca del Testimonio, ocupó un lugar central en la historia y en la fe del pueblo de Israel. No era un objeto cualquiera ni un simple símbolo religioso; representaba la presencia misma de Dios en medio de su pueblo.

Dios dio a Moisés instrucciones muy precisas acerca del arca: su diseño, sus dimensiones, los materiales con los que debía construirse y el lugar exacto que debía ocupar dentro del tabernáculo, específicamente en el Lugar Santísimo (cf. Éxodo 25:10–22). Nada fue dejado al azar. Todo estaba cargado de significado.

De la misma manera, el tabernáculo y el arca no solo tuvieron un papel histórico, sino también un profundo valor espiritual que sigue hablándonos hoy. A través de ellos, Dios enseñaba a Israel verdades sobre su carácter, su santidad y su relación con su pueblo.

El arca en la historia de Israel

En varias ocasiones, la Escritura nos muestra al Arca del Pacto guiando al pueblo. En el desierto, iba delante de Israel buscando un lugar de reposo para ellos. 

Números 10:33, 

33 Así partieron del monte de Jehová camino de tres días; y el arca del pacto de Jehová fue delante de ellos camino de tres días, buscándoles lugar de descanso.

Más adelante, bajo el liderazgo de Josué, el arca presidió el cruce del río Jordán, cuando Dios abrió las aguas y permitió que el pueblo pasara en seco hacia la tierra prometida, 

Josué 3:14–17,

14 Y aconteció cuando partió el pueblo de sus tiendas para pasar el Jordán, con los sacerdotes delante del pueblo llevando el arca del pacto, 15 cuando los que llevaban el arca entraron en el Jordán, y los pies de los sacerdotes que llevaban el arca fueron mojados a la orilla del agua (porque el Jordán suele desbordarse por todas sus orillas todo el tiempo de la siega), 16 las aguas que venían de arriba se detuvieron como en un montón bien lejos de la ciudad de Adam, que está al lado de Saretán, y las que descendían al mar del Arabá, al Mar Salado, se acabaron, y fueron divididas; y el pueblo pasó en dirección de Jericó. 17 Mas los sacerdotes que llevaban el arca del pacto de Jehová, estuvieron en seco, firmes en medio del Jordán, hasta que todo el pueblo hubo acabado de pasar el Jordán; y todo Israel pasó en seco.

También estuvo al frente cuando los israelitas marcharon alrededor de Jericó. No fue la fuerza militar lo que derribó los muros, sino la obediencia del pueblo y la presencia de Dios representada por el arca (cf. Josué 6:6–20).

Todo esto nos recuerda que no era el arca en sí la que obraba, sino el Dios que se manifestaba en medio de su pueblo.

Los objetos sagrados dentro del Arca del Pacto

Dentro del Arca del Pacto se encontraban tres objetos específicos, cada uno con un significado profundo:

  • Una vasija (urna) de oro que contenía el maná
  • La vara de Aarón que reverdeció
  • Las tablas del pacto

El autor de Hebreos menciona estos elementos en Hebreos capitulo nueve, y luego aclara que no puede detenerse a explicar cada detalle en ese momento (v. 5). Sin embargo, la misma Escritura nos permite comprender el mensaje que estos objetos transmitían.

Hebreos 9:1–5,

1Ahora bien, aun el primer pacto tenía ordenanzas de culto y un santuario terrenal. 2 Porque el tabernáculo estaba dispuesto así: en la primera parte, llamada el Lugar Santo, estaban el candelabro, la mesa y los panes de la proposición. 3 Tras el segundo velo estaba la parte del tabernáculo llamada el Lugar Santísimo, 4 el cual tenía un incensario de oro y el arca del pacto cubierta de oro por todas partes, en la que estaba una urna de oro que contenía el maná, la vara de Aarón que reverdeció, y las tablas del pacto; 5 y sobre ella los querubines de gloria que cubrían el propiciatorio; de las cuales cosas no se puede ahora hablar en detalle.

Dos aspectos de cada objeto

Cada uno de estos artículos tiene dos dimensiones que debemos considerar:

Un aspecto positivo, que revela la fidelidad, provisión y gracia de Dios.

Un aspecto negativo, que recuerda la incredulidad, rebelión y dureza del corazón del pueblo.

Solo al considerar ambos aspectos podemos entender por qué estos objetos eran tan importantes, no solo como símbolos nacionales de Israel, sino como señales visibles de la relación entre Dios y su pueblo.

Sombras de Cristo dentro del Arca: La vasija de oro que contenía el maná

La vasija de oro con el maná era un recordatorio permanente de la provisión sobrenatural de Dios en el desierto. Dios ordenó que una porción del maná fuera guardada como testimonio para las generaciones futuras. Cuando Israel no tenía alimento, Dios mismo proveyó pan del cielo día tras día.

Éxodo 16:32–34,

32 Y dijo Moisés: Esto es lo que Jehová ha mandado: Llenad un gomer de él, y guardadlo para vuestros descendientes, a fin de que vean el pan que yo os di a comer en el desierto, cuando yo os saqué de la tierra de Egipto. 33Y dijo Moisés a Aarón: Toma una vasija y pon en ella un gomer de maná, y ponlo delante de Jehová, para que sea guardado para vuestros descendientes. 34 Y Aarón lo puso delante del Testimonio para guardarlo, como Jehová lo mandó a Moisés.

En su aspecto positivo, el maná muestra a Dios como proveedor fiel, paciente y constante. Este pan del cielo apunta directamente a Cristo, 

Juan 6:35,

“Yo soy el pan de vida; el que a mí viene, nunca tendrá hambre.”

Sin embargo, el maná también recuerda el lado negativo: a pesar de la provisión diaria, muchos israelitas murmuraron y despreciaron el regalo de Dios:

Números 11:4,

4 Y la gente extranjera que se mezcló con ellos tuvo un vivo deseo, y los hijos de Israel también volvieron a llorar y dijeron: ¡Quién nos diera a comer carne!”

El maná fue una evidencia de la gracia divina, pero también una prueba del corazón del pueblo.

Dios fue plenamente capaz de suplir todas las necesidades diarias de su pueblo durante todo su peregrinar por el desierto. No fue algo momentáneo ni limitado; día tras día, durante años, Dios sostuvo a toda una nación, hasta finalmente llevarla a la tierra prometida de Canaán. Nada les faltó, porque Dios mismo se hizo responsable de su sustento.

Éxodo 16:35,

35 Así comieron los hijos de Israel maná cuarenta años, hasta que llegaron a tierra habitada; maná comieron hasta que llegaron a los límites de la tierra de Canaán.

Esta provisión divina no solo satisfacía el hambre física, sino que también señalaba a una verdad más profunda. El maná apuntaba proféticamente a Cristo, el verdadero pan enviado por Dios para dar vida al mundo.

Jesús lo declaró claramente:

Juan 6:51,

“Yo soy el pan vivo que descendió del cielo; si alguno comiere de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo daré es mi carne, la cual yo daré por la vida del mundo.”

Desde el principio, el maná fue un regalo directo de Dios:

Éxodo 16:4,

“Y Jehová dijo a Moisés: He aquí yo os haré llover pan del cielo; y el pueblo saldrá, y recogerá diariamente la porción de un día…”

Este pan del cielo no solo hablaba de provisión, sino también de compasión y justicia. Dios siempre ha esperado que su pueblo refleje ese mismo corazón hacia otros:

Isaías 58:7, 

7 ¿No es que partas tu pan con el hambriento, y a los pobres errantes albergues en casa; que cuando veas al desnudo, lo cubras, ¿y no te escondas de tu hermano?

Jesús explicó que el maná del desierto no era el regalo final, sino una sombra y figura nada mas de algo mayor:

Juan 6:32–33,

32 Y Jesús les dijo: De cierto, de cierto os digo: No os dio Moisés el pan del cielo, más mi Padre os da el verdadero pan del cielo. 33 Porque el pan de Dios es aquel que descendió del cielo y da vida al mundo.

Y reafirmó que él era el verdadero pan y que también saciaría a los sedientos con agua pura.

Juan 6:35, 

35 Jesús les dijo: Yo soy el pan de vida; el que a mí viene, nunca tendrá hambre; y el que en mí 

cree, no tendrá sed jamás.

Más adelante añadió una promesa eterna:

Juan 6:47–51, 

47 De cierto, de cierto os digo: El que cree en mí, tiene vida eterna. 48 Yo soy el pan de vida. 

49 Vuestros padres comieron el maná en el desierto, y murieron. 50 Este es el pan que desciende del cielo, para que el que de él come, no muera. 51 Yo soy el pan vivo que descendió del cielo; si alguno comiere de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo daré es mi carne, la cual yo daré por la vida del mundo.

Esta verdad se hace aún más personal cuando recordamos las palabras de Jesús en la última cena:

Lucas 22:19, 

19 Y tomó el pan y dio gracias, y lo partió y les dio, diciendo: Esto es mi cuerpo, que por vosotros es dado; haced esto en memoria de mí.

Cristo es ese pan porque Él es la Palabra eterna de Dios:

Juan 1:1, 14; 

1 En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios.”

14 Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros.”

Finalmente, la Escritura nos recuerda que este mismo Cristo es identificado como la Palabra viva y victoriosa de Dios:

Apocalipsis 19:13,

13 Y estaba vestido de una ropa teñida en sangre; y su nombre es: EL VERBO DE DIOS.

Para entender plenamente el significado del maná, necesitamos regresar al Antiguo Testamento, al momento en que Dios lo dio por primera vez a Israel. Allí descubrimos que el maná tiene dos asociaciones claras: una positiva y otra negativa.

El maná como testimonio de la provisión de Dios

Dios ordenó que una porción del maná fuera guardada como recuerdo permanente para las generaciones futuras:

Éxodo 16:32–34, 

32 Y dijo Moisés: Esto es lo que Jehová ha mandado: Llenad un gomer de él, y guardadlo para vuestros descendientes, a fin de que vean el pan que yo os di a comer en el desierto, cuando yo os saqué de la tierra de Egipto. 33 Y dijo Moisés a Aarón: Toma una vasija y pon en ella un gomer de maná, y ponlo delante de Jehová, para que sea guardado para vuestros descendientes. 34 Y Aarón lo puso delante del Testimonio para guardarlo, como Jehová lo mandó a Moisés.

Como vemos en este pasaje, la urna de oro con el maná fue colocada como un testimonio visible de la capacidad de Dios para proveer. La necesidad del pan no fue resuelta por esfuerzo humano, sino suplida divinamente. Dios alimentó a su pueblo cuando no había otra fuente posible de sustento.

El otro lado de la historia: el maná y la murmuración

Sin embargo, el maná también nos recuerda un aspecto doloroso de la historia de Israel. Antes de recibirlo, el pueblo murmuró contra Dios. Creyeron que Él los había sacado de Egipto solo para dejarlos morir de hambre en el desierto.

Éxodo 16:2,

2 Y toda la congregación de los hijos de Israel murmuró contra Moisés y Aarón en el desierto.

En respuesta a estas acusaciones, el Señor habló por medio de Moisés y Aarón:

Éxodo 16:6–7, 8;

6 Entonces dijeron Moisés y Aarón a todos los hijos de Israel: En la tarde sabréis que Jehová os ha sacado de la tierra de Egipto, 7 y a la mañana veréis la gloria de Jehová; porque él ha oído vuestras murmuraciones contra Jehová; porque nosotros, ¿qué somos, para que vosotros murmuréis contra nosotros?

Luego en el siguiente versículo Moisés añadió:

8 Dijo también Moisés: Jehová os dará en la tarde carne para comer, y en la mañana pan hasta saciaros; porque Jehová ha oído vuestras murmuraciones con que habéis murmurado contra él; porque nosotros, ¿qué somos? Vuestras murmuraciones no son contra nosotros, sino contra Jehová.

Por medio de esta provisión sobrenatural, Dios no solo suplió sus necesidades físicas, sino que manifestó su poder y su gloria. Al mismo tiempo, expuso la dureza del corazón del pueblo y su tendencia a quejarse y desconfiar de Su plan.

¿Por qué la urna de oro fue colocada en el arca?

Hay dos razones fundamentales por las cuales la urna de oro con el maná fue colocada dentro del Arca del Pacto:

Como testimonio del cuidado providencial de Dios

La urna recordaba continuamente que Dios es fiel, que sabe lo que su pueblo necesita y que tiene el poder para suplirlo, aun en los momentos más imposibles.

Como testigo de las murmuraciones del pueblo

También servía como un recordatorio permanente de la incredulidad, las quejas y la rebelión que precedieron a la dádiva del maná.

Israel nunca debía olvidar las circunstancias que rodearon este milagro: su temor, su sufrimiento, su falta de fe, y aun así, la paciencia y misericordia de Dios. El maná hablaba tanto de la gracia de Dios como de la fragilidad humana.

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