Sombras de Cristo dentro del Arca
Las tablas del pacto (los Diez Mandamientos)
El tercer objeto que menciona el escritor de Hebreos son las tablas del pacto, es decir, los Diez Mandamientos:
Hebreos 9:4,
“…el arca del pacto… en la que estaban… las tablas del pacto.”
Estas tablas revelan de manera clara la justicia perfecta de Dios, su voluntad santa y su autoridad sobre su pueblo. Al mismo tiempo, nos muestran una verdad profunda: esa justicia solo fue cumplida plenamente en Cristo,
Mateo 5:17,
17 No penséis que he venido para abrogar la ley o los profetas; no he venido para abrogar, sino para cumplir.
Las tablas dadas en el monte Sinaí
Las tablas del pacto fueron dadas a Israel en el monte Sinaí, en un momento solemne y decisivo de su historia (cf. Éxodo 19–20). Fueron escritas por el mismo Dios y entregadas a Moisés como señal del pacto entre Él y su pueblo.
Sin embargo, mientras Moisés permanecía en el monte, el pueblo perdió la paciencia. En lugar de esperar, acudieron a Aarón con una petición reveladora: “Levántate, haznos dioses que vayan delante de nosotros…”
Éxodo 32:1,
1 Viendo el pueblo que Moisés tardaba en descender del monte, se acercaron entonces a Aarón, y le dijeron: Levántate, haznos dioses que vayan delante de nosotros; porque a este Moisés, el varón que nos sacó de la tierra de Egipto, no sabemos qué le haya acontecido.
Es importante notar que no pidieron un nuevo líder, ni un nuevo camino, sino otros dioses. El primer mandamiento: “No tendrás dioses ajenos delante de mí”, fue quebrantado casi de inmediato. Así nació el primer gran pecado nacional de Israel.
La intercesión de Moisés
Cuando Dios vio lo que estaba ocurriendo, ordenó a Moisés que descendiera. El juicio era inminente. Dios incluso le dijo que destruiría al pueblo y haría de Moisés una gran nación,
Éxodo 32:9–10,
9 Dijo más Jehová a Moisés: Yo he visto a este pueblo, que por cierto es pueblo de dura cerviz.
10 Ahora, pues, déjame que se encienda mi ira en ellos, y los consuma; y de ti yo haré una nación grande.
Pero Moisés intercedió. Apeló a la misericordia de Dios y recordó los pactos hechos con Abraham, Isaac y Jacob: “Acuérdate de Abraham, de Isaac y de Israel, tus siervos…”
Éxodo 32:13, 14;
13 Acuérdate de Abraham, de Isaac y de Israel tus siervos, a los cuales has jurado por ti mismo, y les has dicho: Yo multiplicaré vuestra descendencia como las estrellas del cielo; y daré a vuestra descendencia toda esta tierra de que he hablado, y la tomarán por heredad para siempre.
Y la Escritura dice en el siguiente versículo:
“Entonces Jehová se arrepintió del mal que dijo que había de hacer a su pueblo.”
Dios escuchó la intercesión y detuvo una destrucción total.
Las tablas quebradas y restauradas
Al descender del monte y ver la idolatría del pueblo, Moisés rompió las tablas originales,
Éxodo 32:19,
19 Y aconteció que cuando él llegó al campamento, y vio el becerro y las danzas, ardió la ira de Moisés, y arrojó las tablas de sus manos, y las quebró al pie del monte.
Ese acto visible reflejaba una realidad espiritual: el pacto había sido quebrantado por el pecado del pueblo, demostrando claramente la incapacidad humana de guardar la ley de Dios.
Antes de morir, Moisés recordó este evento a la nueva generación de Israel. Relató cómo Dios escribió las tablas por segunda vez y cómo estas fueron colocadas dentro del Arca del Pacto:
“Y escribió en las tablas, conforme a la primera escritura, los diez mandamientos…
y me las dio Jehová.
Y volví y descendí del monte, y puse las tablas en el arca que había hecho.”
Deuteronomio 10:4–5,
4 Y escribió en las tablas conforme a la primera escritura, los diez mandamientos que Jehová os había hablado en el monte de en medio del fuego, el día de la asamblea; y me las dio Jehová.
5 Y volví y descendí del monte, y puse las tablas en el arca que había hecho; y allí están, como Jehová me mandó.
Las segundas tablas de la ley fueron guardadas dentro del arca como un recordatorio permanente. No solo proclamaban la autoridad y la santidad de Dios, sino que también dejaban en evidencia cuán rápido el pueblo se apartó de su ley perfecta. Estas tablas permanecían allí como testimonio en contra de la humanidad, señalando una verdad universal: todos hemos pecado y estamos cortos de la gloria de Dios, que se revela plenamente en Jesucristo, siendo él la gloria de Dios.
La ley, en su perfección, establece un estándar tan alto que nadie, absolutamente nadie, puede alcanzarlo por sus propios medios. Por eso, nadie puede acercarse ni llegar a la gloria representada en el Arca. La ley de Dios se convierte así en el límite que separa a la humanidad de Dios en su condición pecaminosa, no porque la ley sea defectuosa, sino porque revela nuestra incapacidad y nuestra necesidad urgente de redención. Nos recuerda a los querubines y una espada encendida que guardaba el camino del árbol de la vida.
Deuteronomio 31:26,
26 Tomad este libro de la ley, y ponedlo al lado del arca del pacto de Jehová vuestro Dios, y esté allí por testigo contra ti.
Génesis 3:24,
24 Expulsó, pues, al hombre; y al oriente del huerto del Edén puso querubines, y una espada encendida que giraba en todas direcciones, para guardar el camino del árbol de la vida.
Una manifestación majestuosa de Dios como Rey, Legislador y Protector de su pueblo la vemos en Deuteronomio capitulo 33. El lenguaje es poético y cargado de símbolos, especialmente la diestra (mano derecha), que en la Escritura representa poder, autoridad, favor y acción soberana.
Deuteronomio 33:1-3,
1 La siguiente es la bendición que Moisés, hombre de Dios, le dio al pueblo de Israel antes de morir:
2El Señor vino desde el monte Sinaí y se nos apareció en el monte Seir; resplandeció desde el monte Parán y llegó desde Meriba-cades con llamas de fuego en la mano derecha.
3 Él ama verdaderamente a su pueblo, todos sus santos están en sus manos.
“con llamas de fuego en la mano derecha”. (v. 2)
Cuando el texto afirma que a la diestra de Dios estaba la ley de fuego, está recordando la entrega de la Ley en el monte Sinaí. Allí, Dios descendió en fuego, mostrando su santidad absoluta, su poder irresistible y su carácter purificador y consumidor.
El fuego no solo habla de juicio, sino también de purificación. La ley procede de la mano derecha de Dios porque no es una invención humana, sino una expresión directa de su voluntad soberana. Esa ley es santa, justa y buena, pero también es ardiente: revela el pecado, demanda obediencia perfecta y consume todo lo que no es conforme a la santidad divina.
En este sentido, el fuego en la mano derecha de Dios representa una ley viva, poderosa, que ilumina, purifica, pero también confronta y juzga.
“Él ama verdaderamente a su pueblo, todos sus santos están en sus manos (v. 3)
Aquí ocurre algo profundamente revelador. El mismo Dios que sostiene una ley de fuego en su mano derecha es también el Dios que ama a su pueblo y sostiene a sus santos en esa misma mano, purificando sus vidas por el fuego de su palabra. Sus santos están en su mano y allí está el fuego purificador de su ley.
Estar en la mano de Dios significa pertenecerle, estar bajo su cuidado, su autoridad y su protección. Aunque la ley es santa y demandante, Dios no abandona a los suyos. Los santos, los que han sido apartados para Él, no están bajo el fuego para ser destruidos, sino purificados, sostenidos por la mano que gobierna.
Esto muestra una tensión sagrada:
En la diestra de Dios está la ley que exige perfección.
En esa misma diestra están los santos que dependen completamente de su gracia.
Jeremías 23:29,
¿No es mi palabra como fuego, dice Jehová, y como martillo que quebranta la piedra?
Tres artículos, un mismo mensaje
Así, los tres objetos dentro del arca comunicaban una verdad profunda:
Cada uno representaba un aspecto positivo del amor, la paciencia y el cuidado de Dios.
Pero cada uno también servía como un recordatorio sobrio de la tendencia humana: la murmuración, la rebeldía, el deseo desordenado y la idolatría.
Cristo: el cumplimiento perfecto
Estos tres elementos nos apuntan claramente a Cristo. Y cuando miramos su vida, vemos paralelos evidentes con la experiencia de Israel.
Israel fue tentado poco después de cruzar el Mar Rojo y de ser constituido como pueblo de Dios al pie del Sinaí. Jesús, por su parte, enfrentó la tentación después de su bautismo, tras ayunar cuarenta días y cuarenta noches en el desierto.
Satanás intentó tentarlo de manera similar:
Mateo 4:3,
3 Y vino a él el tentador, y le dijo: Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan.
Tal como Israel fue probado por la falta de pan y murmuró, Satanás intentó llevar a Jesús a dudar de la provisión y del plan de Dios. Pero Jesús respondió con fidelidad absoluta:
Mateo 4:4,
4 No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.
A diferencia de Israel, Cristo no falló
El Hijo del Hombre
Jesús se refirió a sí mismo repetidamente como el Hijo del Hombre, o hijo de Adán, identificándose plenamente con la humanidad. Como verdadero hombre, descendiente de Adán, fue expuesto a la tentación. Pero donde Adán cayó y donde Israel falló, Cristo venció.
Él cargó en su propio cuerpo la muerte que pasó a todos los hombres y la destruyó por medio de su resurrección.
Romanos 5:12,
12 Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron.
1 Corintios 15:21–22,
21 Porque por cuanto la muerte entró por un hombre, también por un hombre la resurrección de los muertos. 22 Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados.
Los israelitas (los hebreos y extranjeros entre ellos), murmuraron y se quejaron por falta de pan. Cuando el hambre apareció, su confianza en Dios se debilitó y el desierto se convirtió en un lugar de queja en lugar de dependencia.
Cristo también fue confrontado con esa misma tentación. Pero, a diferencia de Israel, Él resistió, y no solo como un individuo piadoso, sino como el Redentor de Israel y de toda la humanidad. Donde Israel falló, Cristo venció.
Por eso, ya no necesitamos quedarnos anclados en el aspecto negativo de la urna de oro con el maná, como símbolo de murmuración. En Cristo, vemos el cumplimiento perfecto de la provisión de Dios.
¿Cómo nos da Cristo hoy nuestro pan de cada día?
Jesús nos enseñó a depender del Padre con confianza diaria:
Mateo 6:10–11,
10 Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra. 11 El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy.
Esa provisión está ligada a una relación correcta con Dios y con los demás:
Mateo 6:14–15,
14 Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; 15 mas si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas.
Jesús reafirmó que el Padre responde a quienes confían en Él:
“Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis…
Si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos,
¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará buenas cosas a los que le pidan?”
Mateo 7:7–11,
7 Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá. 8 Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá. 9 ¿Qué hombre hay de vosotros, que si su hijo le pide pan, le dará una piedra? 10 ¿O si le pide un pescado, le dará una serpiente?
11 Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará buenas cosas a los que le pidan?
El apóstol Pablo también nos recuerda que la provisión de Dios va acompañada de una vida transformada:
Filipenses 4:9,
9 Y el Dios de paz estará con vosotros.
Y Jesús mismo prometió responder a la oración hecha conforme a su nombre: “Y todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, lo haré.”
Juan 14:13–14,
13 Y todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. 14 Si algo pidiereis en mi nombre, yo lo haré.
