Su Fundamento

El Fuego de Su Palabra y Gloria (Parte 2)

La Infalibilidad del Propósito Divino

La Gloria de Dios es tan densa que el pecado no puede coexistir con ella (2 Crónicas 5:11-14). Por tanto, el fuego es el acto de amor más extremo de Dios: la eliminación de todo lo que nos hace daño.

14 Y no podían los sacerdotes estar allí para ministrar, por causa de la nube; porque la gloria de Jehová había llenado la casa de Dios.

2 Crónicas 7:1-3,

1 Cuando Salomón acabó de orar, descendió fuego de los cielos, y consumió el holocausto y las víctimas; y la gloria de Jehová llenó la casa. 2 Y no podían entrar los sacerdotes en la casa de Jehová, porque la gloria de Jehová había llenado la casa de Jehová. 3 Cuando vieron todos los hijos de Israel descender el fuego y la gloria de Jehová sobre la casa, se postraron sobre sus rostros en el pavimento y adoraron, y alabaron a Jehová, diciendo: Porque él es bueno, y su misericordia es para siempre.

Isaías 55:11 garantiza el éxito de esta misión: Así será mi palabra… no volverá a mí vacía.

11 así será mi palabra que sale de mi boca; no volverá a mí vacía, sino que hará lo que yo quiero, y será prosperada en aquello para que la envié.

El Salvador del Mundo

Cristo es la Palabra hecha carne. Si Dios envió a Su Palabra al mundo, y Su Palabra NO vuelve vacía, el resultado es inevitable: la salvación del mundo.

Juan 12:32,

32 Y yo, si fuere levantado de la tierra, a todos atraeré a mí mismo.

La paradoja del Reino: Entre la gloria y el sacrificio

Si bien el pueblo mantenía la firme y acertada esperanza de un Mesías que gobernaría con absoluta justicia (Isaías 9:7), su mirada estaba nublada ante una realidad difícil de procesar: el camino hacia ese trono no pasaba por la conquista militar, sino por la entrega absoluta en el valle del sufrimiento y la muerte (Isaías 53:3-5).

Jesús, plenamente consciente de que esta verdad resultaba inconcebible, e incluso escandalosa para la mentalidad de su época, manejó su identidad con suma prudencia. Entendía que una proclamación prematura no solo entorpecería su misión redentora, sino que alimentaría las expectativas políticas erróneas de las multitudes. Por esta razón, pidió a sus discípulos guardar silencio sobre su identidad, protegiendo así el verdadero propósito de su venida hasta que el tiempo del sacrificio se cumpliera.

Mateo 16:20,

20 Entonces mandó a sus discípulos que a nadie dijesen que él era Jesús el Cristo.

La doble naturaleza del Mesías: Soberanía y Sacrificio

La reacción de Pedro ante las palabras de Jesús, como analizaremos más adelante, es la prueba definitiva de este conflicto de expectativas. Sin embargo, antes de entrar en ese diálogo, detengámonos en la definición que el propio Cristo da sobre su vocación y lo que implica, en esencia, ser el Salvador.

En Marcos 8:31, Jesús revela que su llamado es una paradoja donde conviven la gloria y el dolor:

31 Y comenzó a enseñarles que le era necesario al Hijo del Hombre padecer mucho, y ser desechado por los ancianos, por los principales sacerdotes y por los escribas, y ser muerto, y resucitar después de tres días.

Soberanía, en su primera venida al identificarse como el “Hijo del Hombre” o “Hijo de Adán”, descendiente de la tribu de Juda. Vemos también que Jesús reclama para sí la visión del profeta Daniel, quien describió a una figura celestial recibiendo el dominio eterno sobre todas las naciones:

Daniel 7:13-14,

13 Miraba yo en la visión de la noche, y he aquí con las nubes del cielo venía uno como un hijo de hombre, que vino hasta el Anciano de días, y le hicieron acercarse delante de él. 14 Y le fue dado dominio, gloria y reino, para que todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieran; su dominio es dominio eterno, que nunca pasará, y su reino uno que no será destruido.

El sufrimiento, al mismo tiempo, nos enseña que este camino está marcado por el rechazo absoluto y la muerte.

El texto de Marcos es tajante al establecer un orden divino: el padecimiento no es un accidente, sino el prerrequisito. Solo tras ser entregado a las autoridades y ejecutado, Jesús puede vencer a la muerte para ser coronado como Rey de reyes y Señor de señores. Es el patrón del “descenso antes del ascenso” que Pablo describe magistralmente al hablar de la humillación y posterior exaltación de Cristo:

Filipenses 2:5-11,

5 Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, 6 el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, 7 sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; 8 y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. 

9 Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, 10 para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; 11 y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre.

El “Deber” Divino: El precio de la libertad

Jesús no presentó su padecimiento como una posibilidad, sino como una necesidad ineludible. Al enseñar abiertamente sobre el camino que lo llevaría de la humillación a la gloria, fue enfático en que debía sufrir.

Marcos 8:32,

32 Esto les decía claramente. Entonces Pedro le tomó aparte y comenzó a reconvenirle.

Esta insistencia no era un rasgo de fatalismo, sino el cumplimiento de un propósito redentor. Como el mismo Jesús aclararía más adelante, su entrega no era un fracaso, sino un rescate: su muerte era el único medio establecido para pagar la deuda de nuestro pecado y comprar nuestra libertad,

Marcos 10:45,

45 Porque el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos.

Juan 3:17,

17 Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él.

La misión de Cristo: “Vino para salvar a los pecadores”

1 Timoteo 1:15,

15 Palabra fiel y digna de ser recibida por todos: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero.

La Misión Expandida: El Espíritu y el Testimonio

La promesa de recibir poder mediante la venida del Espíritu Santo no fue un anuncio aislado, sino un eco constante en las enseñanzas de Jesús. Desde la intimidad con sus discípulos hasta sus últimas instrucciones antes de ascender al cielo, el Maestro preparó a los suyos para una tarea sobrenatural.

Esta misión se despliega en círculos centrados que abarcan el mundo entero:

“Recibirán poder cuando el Espíritu Santo venga sobre ustedes”. Sin este bautismo de fuego, el testimonio humano sería insuficiente.

Jesús diseñó una ruta de expansión clara: comenzando en Jerusalén, extendiéndose a toda Judea y Samaria, hasta alcanzar lo último de la tierra:

Hechos 1:8,

8 pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra.

Esta instrucción, repetida con diversos matices (“Id por todo el mundo”, “Haced discípulos a todas las naciones”), vincula indisolublemente dos realidades: el testimonio del Espíritu, que fue prometido, y el testimonio de los apóstoles, que fue predicho y enviado.

El Espíritu de Verdad: El Puente entre la Resurrección y el Mundo

La venida del Espíritu Santo posee una importancia vital, pues es el agente que actualiza la victoria de Cristo en nosotros: si la Resurrección es el fundamento de nuestra salvación, el Espíritu es quien la hace efectiva en el tiempo.

A lo largo de toda la era del Nuevo Testamento, es la obra del Espíritu la que introduce la verdad de la vida de Jesús en la historia humana. Por esta razón, Jesús lo llama el “Espíritu de Verdad”. Su misión no es hablar de sí mismo, sino actuar como el testigo definitivo:

Juan 15:26,

26 Pero cuando venga el Consolador, a quien yo os enviaré del Padre, el Espíritu de verdad, el cual procede del Padre, él dará testimonio acerca de mí.

“Él dará testimonio acerca de mí” (Juan 15:26b).

El Espíritu no solo informa sobre un hecho pasado, sino que da testimonio vivo, transformando la Resurrección de un dato histórico en una verdad transformadora para cada generación.

El Espíritu como guía infalible en la Mente y el Corazón

Existe una segunda dimensión en el testimonio del Espíritu: su obra directa sobre el intelecto y la voluntad de los apóstoles. Esta influencia sobrenatural es la que les permitió enseñar y, de manera crucial, escribir sobre Jesús con una precisión absoluta.

Como el Espíritu de Verdad posee un conocimiento pleno del misterio de Cristo, pudo guiar a los discípulos hacia la verdad completa, cumpliendo así la promesa que Jesús les hiciera en la Última Cena. Pero su obra no se limitó al intelecto; el Espíritu también encendió en ellos una valentía inquebrantable para proclamar el Evangelio con una convicción que solo Dios puede infundir.

Juan 16:13,

13 Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad; porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oyere, y os hará saber las cosas que habrán de venir.

Esta labor no era nueva en la historia de la salvación. De hecho, el Espíritu Santo fue el hilo conductor que unió los dos Testamentos, en el pasado inspiró a los profetas antiguos para vislumbrar el plan de Dios.

En el presente, como bien señala el apóstol Pedro, era el mismo “Espíritu de Cristo” que habitaba en los profetas el que preanunciaba tanto los sufrimientos del Mesías como las glorias que vendrían después,

1 Pedro 1:11,

11 escudriñando qué persona y qué tiempo indicaba el Espíritu de Cristo que estaba en ellos, el cual anunciaba de antemano los sufrimientos de Cristo, y las glorias que vendrían tras ellos.

1 Juan 4:14,

14 Y nosotros hemos visto y testificamos que el Padre ha enviado al Hijo, el Salvador del mundo.

El alcance de la gracia

Hebreos 2:9,

9 Pero vemos a aquel que fue hecho un poco menor que los ángeles, a Jesús, coronado de gloria y de honra, a causa del padecimiento de la muerte, para que por la gracia de Dios gustase la muerte por todos.

Desde la entrega total de Jesucristo, hasta Su intercesión perpetua, todo apunta a un Dios que es Salvador de todos los hombres, especialmente de los que creen. Al final, el Reino será de Jehová, y Su fuego habrá logrado lo que Su amor planeó desde el principio: ser “todo en todos”.

1 Corintios 15:28,

28 Y cuando todo haya sido sometido a Él, entonces también el Hijo mismo se sujetará a aquel que sujetó a Él todas las cosas, para que Dios sea todo en todos.

Efesios 5:2,

2 Y andad en amor, como también Cristo nos amó, y se entregó a sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios en olor fragante.

Hebreos 7:22-25,

22 Por tanto, Jesús es hecho fiador de un mejor pacto.

23 Y los otros sacerdotes llegaron a ser muchos, debido a que por la muerte no podían continuar; 24 mas este, por cuanto permanece para siempre, tiene un sacerdocio inmutable; 25 por lo cual puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos.

1 Timoteo 4:10,

10 Que por esto mismo trabajamos y sufrimos oprobios, porque esperamos en el Dios viviente, que es el Salvador de todos los hombres, mayormente de los que creen.

La Gloria Renovadora: Del Juicio a la Nueva Creación

El fuego de Dios no es una fuerza destructiva sin sentido; Su fuego es Su Palabra. En el centro de este misterio hallamos a Jesús, quien es la Palabra encarnada, y a Cristo, quien es el resplandor de Su Gloria:

Hebreos 1:3,

3 Él es el resplandor de su gloria y la expresión exacta de su naturaleza, y sostiene todas las cosas por la palabra de su poder. Después de llevar a cabo la purificación de los pecados, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas,

Comprender que el “Día del Señor” irrumpirá de forma inesperada, como un ladrón en la noche (2 Pedro 3:10), no es un llamado al miedo, sino a una vigilancia activa. La disolución de los stoicheia, esos elementos y sistemas del mundo que hoy parecen inamovibles, nos recuerda una verdad fundamental: nuestra verdadera ciudadanía no reside en lo que el fuego puede fundir, sino en el Reino eterno que permanece.

Al discernir correctamente entre el juicio venidero y el carácter redentor de nuestro Señor, transformamos la incertidumbre en una esperanza cimentada sobre la Roca. Sabemos con certeza que, tras el estruendo de lo viejo, Dios hace nuevas todas las cosas:

Apocalipsis 21:5,

5 Y el que estaba sentado en el trono dijo: He aquí, yo hago nuevas todas las cosas. Y me dijo: Escribe; porque estas palabras son fieles y verdaderas.

Esta Gloria tiene un propósito eterno:

Redimir lo que se había perdido, restaurar lo que el pecado quebró, llenar toda la tierra con el conocimiento de Su presencia.

Isaías 55:11,

11 así será mi palabra que sale de mi boca; no volverá a mí vacía, sino que hará lo que yo quiero, y será prosperada en aquello para que la envié.

Porque nada de lo que Dios envía vuelve a Él vacío. Y esa Palabra enviada al mundo, la que cumple toda promesa y transforma toda realidad, tiene un nombre: Jesucristo, el Salvador del mundo.

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