Su Fundamento

El Valor de la Vida a la Luz del Tiempo (Parte 1)

Salmos 90:12,

“Enséñanos de tal modo a contar nuestros días, que traigamos al corazón sabiduría”

Esta oración, pronunciada por Moisés, no es una simple reflexión poética, sino una súplica nacida de una comprensión profunda de la condición humana frente a la eternidad de Dios. Moisés había visto generaciones nacer y morir en el desierto; había sido testigo de la fragilidad del hombre y de la fidelidad inmutable del Señor. Por eso, cuando clama para que Dios nos enseñe a contar nuestros días, está pidiendo algo más que conciencia del tiempo: está pidiendo un corazón transformado por la eternidad.

Desde nuestra juventud solemos vivir como si el tiempo fuese ilimitado. La fuerza física, los sueños y la falta de experiencia nos hacen pensar que la vida siempre estará delante de nosotros. Sin embargo, la Escritura nos confronta con una verdad ineludible: nuestros días están contados, no por el azar, sino por la soberanía de Dios (Salmos 139:16). Aprender a contar nuestros días correctamente no nos conduce a la desesperanza, sino a una vida centrada en lo eterno.

Job 14:5 (JBS),

1 El hombre nacido de mujer, corto de días, y harto de sinsabores;

2 que sale como una flor abierta y es cortado; y huye como la sombra, y no permanece.

3 ¿Y sobre éste abres tus ojos, y me traes a juicio contigo?

4 ¿Quién hará limpio de inmundo? Nadie.

5 Si sus días están determinados, y el número de sus meses está cerca de ti; tú le pusiste términos, de los cuales no pasará.

Salmos 139:16 (JBS),

16 Tus ojos vieron mi cuerpo aun imperfecto, y en tu libro todos mis miembros estaban escritos; que fueron luego formados, sin faltar uno de ellos.

Contar los días: sabiduría que nace del temor de Dios

La Biblia nunca separa la sabiduría del temor de Jehová. No se trata de un temor o miedo paralizante, sino de una vida vivida bajo la conciencia constante de quién es Dios y quiénes somos nosotros delante de Él.

Salmos 111:10, 

10 El principio de la sabiduría es el temor de Jehová;

Buen entendimiento tienen todos los que practican sus mandamientos;

Su alabanza permanece para siempre.

Proverbios 9:10,

10 El temor de Jehová es el principio de la sabiduría,

Y el conocimiento del Santísimo es la inteligencia.

Cuando una persona aprende a contar sus días, comienza a valorar cada momento como una oportunidad para glorificar a Dios. Esto transforma la manera en que se toman decisiones, se establecen prioridades y se enfrentan las dificultades. El tiempo deja de ser algo que se gasta y pasa a ser algo que se administra con responsabilidad espiritual, 

Efesios 5:15–17,

15 Mirad, pues, con diligencia cómo andéis, no como necios sino como sabios, 

16 aprovechando bien el tiempo, porque los días son malos. 17 Por tanto, no seáis insensatos, sino entendidos de cuál sea la voluntad del Señor.

La recompensa de una vida vivida con reverencia

Dios no es indiferente a la manera en que vivimos. La Escritura afirma claramente que hay recompensa para quienes caminan en humildad y temor:

Proverbios 22:4,

4 Riquezas, honra y vida

Son la remuneración de la humildad y del temor de Jehová.

Esta promesa no debe entenderse de forma superficial o materialista. La verdadera riqueza incluye paz interior, estabilidad espiritual, propósito y una herencia que trasciende esta vida. El Salmo 112 describe al hombre que teme a Jehová como alguien firme, generoso, confiado y recordado eternamente. No es una vida sin problemas, sino una vida sostenida por Dios en medio de ellos.

Salmos 112:7 (RVA),

7 De malas noticias no tendrá temor; su corazón está firme, confiado en Jehová.

La brevedad de la vida: una llamada a la dependencia

El apóstol Santiago nos recuerda una verdad que el ser humano moderno suele ignorar por la influencia de una sociedad que corre apresuradamente a su ruina:

Santiago 4:14,

14 ¿Qué es vuestra vida?

Ciertamente es un vapor que se aparece por un poco de tiempo, y luego se desvanece”.

La vida es breve, frágil e incierta. No tenemos control sobre el mañana. Por eso, el creyente aprende a vivir con una actitud de dependencia diaria del Señor:

Santiago 4:15,

13 ¡Vamos ahora! los que decís: Hoy y mañana iremos a tal ciudad, y estaremos allá un año, y traficaremos, y ganaremos; 14 cuando no sabéis lo que será mañana. Porque ¿qué es vuestra vida? Ciertamente es neblina que se aparece por un poco de tiempo, y luego se desvanece. 15 En lugar de lo cual deberíais decir: Si el Señor quiere, viviremos y haremos esto o aquello.

Esta actitud no limita la planificación, sino que la somete a la voluntad soberana de Dios. Contar nuestros días implica reconocer su perfecta voluntad y que cada aliento proviene de Él, 

Job 12:10,

10 En su mano está el alma de todo viviente,

Y el hálito de todo el género humano.

Responsabilidad eterna y juicio divino

Si la vida fuese simplemente un accidente cósmico sin consecuencias eternas, no habría razón para contar nuestros días. Pero la Biblia enseña con claridad que todo proviene de Dios, y que todo es de él y para él,

Romanos 11:36,

36 Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos. Amén.

 daremos cuenta a Dios:

¿Por qué debemos contar nuestros días? Porque un día traerá todo a juicio,

Eclesiastés 12:14,

14 Porque Dios traerá toda obra a juicio, juntamente con toda cosa encubierta, sea buena o sea mala.

Este juicio no es arbitrario, sino justo, santo y perfectamente informado: “Ha establecido un día en el cual juzgará al mundo con justicia”.

Hechos 17:31,

31 por cuanto ha establecido un día en el cual juzgará al mundo con justicia, por aquel varón a quien designó, dando fe a todos con haberle levantado de los muertos.

Cada pensamiento, palabra y acción tiene peso eterno. Esta verdad no debe producir terror en el creyente, sino sobriedad espiritual, 

1 Pedro 1:17,

17 Y si invocáis por Padre a aquel que sin acepción de personas juzga según la obra de cada uno, conducíos en temor todo el tiempo de vuestra peregrinación;

Mateo 12:36-37,

36 Y yo les digo que en el día del juicio todos tendrán que dar cuenta de cualquier palabra inútil que hayan pronunciado. 37 Pues por tus propias palabras serás juzgado, y declarado inocente o culpable.

La seguridad del creyente en Cristo

Aquí resplandece la gracia del evangelio. Para el cristiano, el juicio por el pecado ya ocurrió en la cruz. Cristo tomó nuestro lugar y cargó nuestra culpa:

2 Corintios 5:21 (LBLA),

21 Al que no conoció pecado, le hizo pecado por nosotros, para que fuéramos hechos justicia de Dios en Él.

Por esta razón, no hay condenación para los que están en Cristo Jesús (cf. Romanos 8:1). El creyente no comparecerá ante el Gran Trono Blanco, reservado para los que rechazaron a Cristo, sino ante el tribunal de Cristo, donde se evaluará la fidelidad y las obras realizadas para Su gloria.

Apocalipsis 20:4,

4 También vi tronos, y se sentaron sobre ellos, y se les concedió autoridad para juzgar. Y vi las almas de los que habían sido decapitados por causa del testimonio de Jesús y de la palabra de Dios, y a los que no habían adorado a la bestia ni a su imagen, ni habían recibido la marca sobre su frente ni sobre su mano; y volvieron a la vida y reinaron con Cristo por mil años.

El grupo restante o “los demás muertos” no se levanta en esta primera resurrección, si no hasta después de los mil años. Hay una gran diferencia entre la primera resurrección y la segunda.

5 Los demás muertos no volvieron a la vida hasta que se cumplieron los mil años. Esta es la primera resurrección. 

6 Bienaventurado y santo es el que tiene parte en la primera resurrección; la muerte segunda no tiene poder sobre estos, sino que serán sacerdotes de Dios y de Cristo, y reinarán con Él por mil años.

En contraste, los verdaderos hijos del Reino recibirán su recompensa, la inmortalidad, en la primera resurrección, al final de la Era Pentecostal. Este acontecimiento tendrá lugar mil años antes del juicio del Gran Trono Blanco. Como posibles vencedores, anhelamos participar en la primera resurrección y del cumplimiento pleno de la Fiesta de los Tabernáculos, cuando seamos transformados a la imagen del Hijo de Dios glorificado.

A este glorioso estado se refirió Jesús cuando dijo: “Entonces los justos resplandecerán como el sol” (Mateo 13:43). Él mismo ilustró esta verdad mediante su propia experiencia en el Monte de la Transfiguración, donde “su rostro resplandeció como el sol” (Mateo 17:2)

Además, no todos los creyentes en Cristo son necesariamente considerados dignos de participar en la primera resurrección. Esta enseñanza no implica la pérdida de la salvación, sino que establece una clara distinción entre la salvación por gracia y la recompensa otorgada a los vencedores. La Escritura muestra que la primera resurrección está reservada para aquellos que han perseverado fielmente y han alcanzado un grado de madurez espiritual conforme al propósito de Dios.

Apocalipsis 20:4–6 afirma que la primera resurrección es bienaventurada y santa, y que quienes participan en ella reinan con Cristo.

La biblia también señala que “los que fueren tenidos por dignos de alcanzar aquel siglo y la resurrección de entre los muertos” participarán de esa condición gloriosa, indicando que no se trata de una experiencia automática para todos.

Lucas 20:35,

35 mas los que fueren tenidos por dignos de alcanzar aquel siglo y la resurrección de entre los muertos, ni se casan, ni se dan en casamiento.

El apóstol Pablo aborda este principio desde una perspectiva personal y doctrinal. Aunque era plenamente salvo y llamado por Cristo, no se consideraba aún como alguien que hubiese alcanzado la meta final del llamamiento superior. Su testimonio no refleja inseguridad respecto a su salvación, sino una profunda conciencia del proceso continuo de santificación y del esfuerzo requerido para alcanzar el premio prometido.

1 Corintios 9:24–27,

24 ¿No sabéis que los que corren en el estadio, todos a la verdad corren, pero uno solo se lleva el premio? Corred de tal manera que lo obtengáis. 25 Todo aquel que lucha, de todo se abstiene; ellos, a la verdad, para recibir una corona corruptible, pero nosotros, una incorruptible. 

26 Así que, yo de esta manera corro, no como a la ventura; de esta manera peleo, no como quien golpea el aire, 27 sino que golpeo mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre, no sea que habiendo sido heraldo para otros, yo mismo venga a ser eliminado.

La expresión de Pablo: “no sea que habiendo sido heraldo para otros, yo mismo venga a ser eliminado”, debe interpretarse dentro de su contexto inmediato y del conjunto de la enseñanza. El apóstol no está expresando temor a perder su salvación, sino a quedar descalificado o no aprobado para recibir el premio y las recompensas asociadas al llamamiento superior.

La palabra griega traducida como “eliminado” es adókimos, que significa reprobado, no aprobado, descalificado, especialmente en un contexto de competencia atlética. Pablo acaba de utilizar la metáfora de una carrera (1 Corintios 9:24–27), donde todos corren, pero solo quienes se disciplinan correctamente son aprobados para recibir el premio. En este sentido, un atleta puede participar legítimamente en la competencia y, aun así, ser descalificado por no cumplir las reglas, sin dejar de ser atleta.

Doctrinalmente, Pablo distingue entre: salvación, que es un acto consumado por la gracia de Dios y aprobación para el galardón.

Romanos 8:1,

1 Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu.

Efesios 2:8–9,

8 Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; 9 no por obras, para que nadie se gloríe.

La aprobación para el galardón, que depende de la fidelidad, madurez espiritual, disciplina y perseverancia del creyente, en otras palabras, ser un perdonador. 

Esta distinción se confirma cuando el mismo Pablo afirma con plena seguridad su salvación en otros pasajes. Sería incoherente que, por un lado, enseñara la seguridad de la salvación y, por otro, expresara duda sobre la suya propia.

Romanos 8:38–39,

38 Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, 39 ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro.

2 Timoteo 1:12,

12 Por lo cual asimismo padezco esto; pero no me avergüenzo, porque yo sé a quién he creído, y estoy seguro que es poderoso para guardar mi depósito para aquel día.

Además, 1 Corintios 3:15 enseña que un creyente puede sufrir pérdida de recompensa, “si bien él mismo será salvo, aunque así como por fuego”. Esto demuestra que la pérdida o eliminación a la que Pablo se refiere no es la condenación, ni la pérdida de salvación. 

Por lo tanto, cuando Pablo dice que teme ser “eliminado”, está expresando su preocupación de no ser hallado digno del premio, del reconocimiento y de las responsabilidades futuras en el reino como parte de los vencedores, no de perder la salvación que ya poseía en Cristo. Su exhortación apunta a la disciplina espiritual, la responsabilidad ministerial y la fidelidad hasta el fin, no a la inseguridad respecto a la vida eterna.

Pablo compara la vida cristiana con una carrera, señalando que, aunque todos participan en ella, no todos reciben el premio (1 Corintios 9:24).

De igual manera, en la carta a Timoteo, a quien consideraba su verdadero hijo en la fe, el apóstol confirma que la corona de justicia es otorgada a aquellos que han peleado la buena batalla, han terminado la carrera y han guardado la fe. Esta recompensa está reservada para quienes perseveran hasta el fin, aguardando fielmente la manifestación del Señor. Pablo aclara que dicha corona no es exclusiva para él, sino que será concedida a todos los que aman su venida; es decir, a ese grupo de creyentes vencedores dentro de la iglesia que no se conformaron a este mundo, sino que permanecieron firmes y fieles hasta el final.

2 Timoteo 4:7–8,

7 He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe.

8 Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no solo a mí, sino también a todos los que aman su venida.

A la luz de lo expuesto anteriormente, representa el punto culminante del testimonio del apóstol Pablo. En sus escritos anteriores, particularmente en Filipenses 3:12–14, Pablo declara que aún no había alcanzado la meta y que continuaba prosiguiendo hacia el premio del supremo llamamiento. Sin embargo, en esta última epístola, escrita al final de su ministerio y cercana a su martirio, Pablo afirma con plena convicción que ha completado la carrera que Dios le había encomendado.

Cuando Pablo declara: “He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe”, está confirmando que ha perseverado fielmente hasta el final, cumpliendo con los requisitos espirituales del llamamiento superior. Esta afirmación no se refiere a la obtención de la salvación la cual había sido asegurada desde su encuentro con Cristo, sino a la culminación exitosa de su caminar cristiano bajo obediencia y fidelidad.

Como resultado de haber terminado la carrera, Pablo puede declarar con certeza: “Por lo demás, me está guardada la corona de justicia”. El uso del tiempo verbal indica que la recompensa ya está reservada, pendiente únicamente del día en que el Señor, como juez justo, la otorgará. Esto confirma la enseñanza previa de que las coronas y galardones no se reciben automáticamente por el solo hecho de ser salvo, sino que están reservados para aquellos que perseveran y vencen.

Además, Pablo aclara que esta corona “no solo” le será dada a él, “sino también a todos los que aman su venida”. Esta expresión define un grupo específico dentro del cuerpo de Cristo: creyentes que han vivido con una esperanza activa, aguardando al Señor, sin conformarse a este mundo, y permaneciendo fieles hasta el fin. De este modo, Pablo se incluye finalmente entre aquellos vencedores que alcanzan el premio del supremo llamamiento, confirmando que aquello que antes perseguía, ahora lo ha alcanzado.

En conjunto, este pasaje armoniza perfectamente con la enseñanza bíblica presentada anteriormente: la vida cristiana es una carrera que debe ser corrida con perseverancia, y aunque todos los creyentes participan en ella, solo quienes la completan fielmente reciben el galardón reservado para los vencedores.

Filipenses 3:14,

14 prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús.

El uso que Pablo hace de la expresión “supremo llamamiento”, implica la existencia de un llamamiento de mayor excelencia, distinto del llamamiento general a la salvación. Esto armoniza con otros pasajes que distinguen entre creyentes salvos y creyentes vencedores.

Apocalipsis 2:7, 11, 17, 26–28; 3:5, 12, 21 recalca repetidamente que las promesas especiales están dirigidas “al que venciere”.

Apocalipsis 2:7, 11, 17, 26–28;

7 El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias. Al que venciere, le daré a comer del árbol de la vida, el cual está en medio del paraíso de Dios.

11 El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias. El que venciere, no sufrirá daño de la segunda muerte.

17 El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias. Al que venciere, daré a comer del maná escondido, y le daré una piedrecita blanca, y en la piedrecita escrito un nombre nuevo, el cual ninguno conoce sino aquel que lo recibe.

26 Al que venciere y guardare mis obras hasta el fin, yo le daré autoridad sobre las naciones, 

27 y las regirá con vara de hierro, y serán quebradas como vaso de alfarero; como yo también la he recibido de mi Padre; 28 y le daré la estrella de la mañana.

De igual manera, Hebreos 12:14 exhorta a procurar la santidad, “sin la cual nadie verá al Señor”, subrayando la responsabilidad del creyente en su caminar espiritual.

En conjunto, estos textos muestran que dentro del plan redentor de Dios existe una diferencia doctrinal clara entre: la salvación eterna, que es un don gratuito de la gracia, y las recompensas y posiciones de gloria, que están relacionadas con la fidelidad, la obediencia y la perseverancia,

Mateo 25:21,

21 Y su señor le dijo: Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor.

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