Su Fundamento

Caín, Ocultismo y El culto de Hollywood – Parte 2

La continuidad cultural: del templo pagano a la cultura mediática

Si lo observamos desde una perspectiva simbólica y cultural, resulta difícil no notar que nuestra sociedad contemporánea repite muchos patrones antiguos, aunque ahora adopten formas distintas y nombres más sofisticados.

La industria del entretenimiento, en especial el cine y la música popular, ha construido un universo donde el cuerpo humano, la sensualidad, la violencia y la muerte ocupan un lugar central. Todo se presenta de manera atractiva, envuelto en imágenes cuidadosamente diseñadas para seducir y generar deseo.

En ese contexto, Hollywood, cuyo nombre puede leerse literalmente como “Holy Wood” o “madera sagrada”, funciona casi como una versión moderna de los antiguos cultos a la madera y la piedra: una forma de adoración basada no en lo espiritual, sino en lo estético y lo carnal, centrada en la imagen, el impacto emocional y la gratificación inmediata.

No se trata de templos ni de altares visibles, pero el mecanismo es similar. Cambian los símbolos y los escenarios, pero la lógica permanece: captar la atención, moldear aspiraciones y ofrecer objetos de devoción que, aunque efímeros, ocupan un lugar central en la vida cultural de nuestro tiempo. Hollywood ha perfeccionado el arte ancestral de fabricar ídolos mudos y multitudes ensimismadas. Nada nuevo, solo más brillante.

El comportamiento de los fieles no difiere tanto del de los devotos de los antiguos cultos. Frente a sus ídolos de pantalla, muchos pierden la compostura: gritan, lloran, se empujan, se dejan arrastrar por la emoción. El ambiente se desborda y, en algunos casos, deriva en verdaderos tumultos que evocan las bacanales paganas, con su mezcla de desorden, éxtasis, irracionalidad y una sutil pero palpable furia colectiva. Es difícil no recordar el episodio bíblico en el que Elías confronta a los profetas de Baal.

Ante estas figuras humanas, la reacción es casi reverencial, como si una auténtica “manifestación” hubiera descendido frente a ellos. En los grandes eventos, estrenos, alfombras rojas, conciertos, el fervor se intensifica: gritos, lágrimas, exaltación compartida. Todo adquiere un tono cercano al ritual, un frenesí colectivo que recuerda a las grandes asambleas descritas en la Escritura, donde la emoción de la multitud domina el espacio y la razón queda en segundo plano.

Al igual que muchas religiones antiguas, la egipcia, la babilónica o la griega, lo que podríamos llamar la “religión de Hollywood” no presenta un mensaje revelado ni una misión claramente definida. Simplemente está ahí: omnipresente, influyente y, en muchos casos, silenciosa. No tiene mandamientos escritos ni dogmas grabados en piedra. Sus normas funcionan de otra manera: son implícitas, se aprenden por imitación y se entienden solo si se participa del sistema. Nunca se proclaman abiertamente, pero moldean conductas, valores y aspiraciones desde dentro de la sociedad.

Desde mi perspectiva, este entorno ha normalizado prácticas profundamente problemáticas, especialmente en lo sexual, y ha tolerado o encubierto comportamientos que dañan gravemente a los más vulnerables. No hay un libro sagrado ni profetas claramente identificables, ni una guía moral coherente. Todo se sostiene sobre la ilusión, la imagen y el espectáculo.

La Escritura lo plantea con claridad cuando advierte sobre la fragilidad de los fundamentos:

Salmo 11:3–4,

3 Si fueren destruidos los fundamentos,

¿Qué ha de hacer el justo?

4 Jehová está en su santo templo;

Jehová tiene en el cielo su trono;

Sus ojos ven, sus párpados examinan a los hijos de los hombres.

En ese sentido simbólico, Hollywood puede entenderse como un Baal moderno. No es un templo antiguo, pero cumple una función similar: a través de rituales mediáticos, narrativas repetidas, símbolos e ídolos contemporáneos, ha permeado prácticamente todas las culturas del mundo. No pide fe en una divinidad trascendente, sino devoción a la apariencia, a la sensualidad y al espectáculo.

De forma gradual y casi imperceptible, ha levantado un altar global donde el cuerpo, el deseo y la violencia se presentan como algo sagrado, mientras las multitudes admiran figuras que, en el fondo, carecen de profundidad espiritual.

El apóstol Juan lo expresa con una advertencia muy directa:

1 Juan 2:15–16,

15 No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él.

16 Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo.

Así como en la antigüedad los templos y altares reunían multitudes para rendir culto a dioses invisibles, hoy los cines, las pantallas y las alfombras rojas cumplen una función parecida. Marcan lo que debe admirarse, modelan aspiraciones y señalan quiénes merecen ser exaltados. Hollywood no dicta leyes con palabras, lo hace con imágenes, sueños y espejismos. Y como muchas religiones del pasado, su poder radica en lograr adhesión sin necesidad de comprensión.

En la práctica, nuestra sociedad se ha postrado ante nuevos ídolos de madera y piedra, solo que ahora los llamamos Hollywood, Netflix, Disney, Amazon Prime, Hulu, HBO, Paramount y tantos otros. Esta es la “madera santa” de nuestro tiempo: un altar donde se lleva al extremo la adoración del cuerpo humano, la juventud, la belleza y la sexualidad, elevándolos al rango de divinidades modernas.

Los dioses sexuales de nuestro tiempo no surgen por revelación ni por virtud moral. Nacen del artificio, de la imagen cuidadosamente construida y del brillo mediático. Hollywood convierte a ciertas figuras en “estrellas”, y esas estrellas terminan marcando deseos, conductas y aspiraciones colectivas. No enseñan con palabras, sino con presencia constante y repetición.

La arboleda y la adoración bajo los troncos sagrados

En la antigüedad, los llamados troncos o postes sagrados se levantaban en honor a diosas como Asera o Astarté. Estos cultos solían celebrarse en arboledas, lugares llenos de vegetación, asociados con la fertilidad, la sexualidad y los ciclos de la vida. No eran espacios neutrales: allí se practicaban rituales específicos que mezclaban lo religioso con lo carnal.

La Biblia menciona repetidamente este tipo de adoración. En el libro de Jueces, por ejemplo, se relata cómo Israel abandonó a su Dios para servir a los baales y a las imágenes de Asera, símbolos de madera que representaban a una deidad femenina:

Jueces 3:7,

7 Hicieron, pues, los hijos de Israel lo malo ante los ojos de Jehová, y olvidaron a Jehová su Dios, y sirvieron a los baales y a las imágenes de Asera.

Isaías también denuncia este tipo de prácticas, describiendo sacrificios e incienso ofrecidos en huertos, actos que provocaban abiertamente la ira de Dios,

Isaías 65:3 (NVI),

3 Es un pueblo que en mi propia cara constantemente me provoca; que ofrece sacrificios en los jardines y quema incienso sobre ladrillos;

Por eso, en Éxodo se ordena de forma tajante derribar altares, destruir estatuas y cortar las imágenes de Asera: no se trataba solo de ídolos físicos, sino de todo un sistema de valores que se infiltraba en la vida del pueblo.

De la arboleda antigua a la pantalla moderna

Aquellas arboledas, asociadas a ritos ocultos y encuentros ilícitos, encuentran hoy un eco simbólico en la exaltación constante del cuerpo y el espectáculo. Incluso el nombre Astarté, que algunos relacionan simbólicamente con la idea de “estrella”, resulta sugerente. Nuestra cultura rinde culto a las “estrellas” de Hollywood, figuras elevadas a la categoría de ídolos sexuales que atraen multitudes con la misma fascinación que los antiguos dioses.

En este paralelismo, sexo, ocultismo y violencia se convierten en los nuevos Baales: principios no declarados, pero omnipresentes. No se predican desde un púlpito ni se escriben en un libro sagrado, pero se transmiten de manera eficaz a través de imágenes, historias y emociones.

Estas antiguas “maderas sagradas” eran los escenarios donde se celebraban ritos sexuales y ciclos de fertilidad. De ahí surge, en clave simbólica, la idea de la “Madera Santa”, una asociación que muchos ven reflejada en el propio nombre de Hollywood.

Astarot en la historia bíblica

La figura de Astarot aparece varias veces en la Biblia, especialmente en momentos de crisis espiritual en Israel. Tras la muerte de Josué, el pueblo se apartó de Yahvé y comenzó a servir a Baal y a Astarot,

Jueces 2:13,

13 Y dejaron a Jehová, y adoraron a Baal y a Astarot.

Lo mismo ocurrió después del juez Jair, cuando Israel volvió a seguir a múltiples dioses extranjeros, abandonando nuevamente a Jehová,

Jueces 10:6,

6 Pero los hijos de Israel volvieron a hacer lo malo ante los ojos de Jehová, y sirvieron a los baales y a Astarot, a los dioses de Siria, a los dioses de Sidón, a los dioses de Moab, a los dioses de los hijos de Amón y a los dioses de los filisteos; y dejaron a Jehová, y no le sirvieron.

Durante el tiempo de Samuel, el pueblo se arrepintió y quitó a Baal y a Astarot para servir solo a Jehová,

1 Samuel 7:4,

4 Entonces los hijos de Israel quitaron a los baales y a Astarot, y sirvieron solo a Jehová.

Sin embargo, tras la muerte del rey Saúl, los filisteos colocaron sus armas en el templo de Astarot, como una señal de victoria y dominación espiritual,

1 Samuel 31:10,

10 Y pusieron sus armas en el templo de Astarot, y colgaron su cuerpo en el muro de Bet-sán.

Más adelante, ya en los últimos años del rey Salomón, Astoret vuelve a aparecer cuando el propio rey se deja arrastrar por cultos extranjeros, apartándose de Dios. Cada mención marca un retroceso, una pérdida de rumbo.

1 Reyes 11:5,

5 Porque Salomón siguió a Astoret, diosa de los sidonios, y a Milcom, ídolo abominable de los amonitas.

Altares modernos

Desde esta perspectiva simbólica, cada película puede verse como un altar y cada escena de pasión o violencia como un rito. Esta combinación recuerda, de forma profunda, la historia de Caín y Abel: la violencia primigenia, el poder asociado al derramamiento de sangre y la necesidad humana de justificar el deseo y la transgresión mediante rituales.

No es una comparación literal, sino una lectura cultural y espiritual. Pero invita a reflexionar sobre qué adoramos, qué celebramos y qué valores absorbemos casi sin darnos cuenta, mientras las luces se encienden y las pantallas capturan nuestra atención.

El poder de Hollywood no proviene de la verdad, sino de la ilusión; de la promesa de eternidad a través de la fama, del cuerpo y de la violencia; de la convicción de que mirar, imitar y desear es ya participar en lo sagrado.

Y así, como advertían los profetas, el mundo se arrodilla ante dioses vacíos: figuras brillantes, perfectas, que no aman ni perdonan, que no ven ni escuchan, pero que gobiernan los sueños y las pasiones de millones. Este es el juicio silencioso de nuestro tiempo: la adoración de la Madera Santa, donde lo que es malo se confunde con bueno, fugaz se confunde con eterno, y donde la multitud olvida que los verdaderos dioses no son aquellos que brillan, sino aquellos que transforman el espíritu y las vidas.

Cada película es un altar; cada escena de pasión o sangre, un rito. Esta mezcla recuerda, simbólicamente, la historia de Caín y Abel: la violencia original, el poder que surge del derramamiento de sangre, y los rituales que se establecen para justificar el deseo y la transgresión.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

Time limit is exhausted. Please reload CAPTCHA.