Su Fundamento

El Cuerpo de Cristo – Parte 1

“He aquí, Yo, y los hijos que me ha dado Dios”.

Jesús es la máxima y definitiva revelación de Dios a la humanidad. Por más grandiosas, instructivas y esclarecedoras que hayan sido las numerosas formas en que Dios se reveló en el Antiguo Testamento —ya sea a través de sueños, profecías o fenómenos sobrenaturales— Jesús es incomparablemente superior.

Él es la expresión perfecta de la verdad divina. En Jesús, escuchamos la voz misma de Dios dirigiéndose a la humanidad. Como dice Hebreos 1:1-2: “Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo, y por quien asimismo hizo el universo.”

Más aún, Jesús es el agente a través de quien Dios creó todas las cosas, y es el destinado a heredarlas todas (Colosenses 1:16-17). Él es el resplandor de la gloria de Dios y la representación exacta de su ser (Hebreos 1:3). Si has visto a Jesús, has visto a Dios, como Él mismo afirmó en Juan 14:9: “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre.”

Jesús sostiene y dirige todo el universo hacia el propósito que Dios ha establecido, y lo hace en virtud de su poder infinito (Hebreos 1:3). En Él, todas las cosas subsisten y encuentran su cohesión.

El Cuerpo del Mesías 

Juan 14:20,

20 Aquel día vosotros conoceréis que yo soy en mi Padre, y vosotros en mí, y yo en vosotros. (Biblia del Jubileo)

“Ser y Estar” son dos cosas muy desiguales. Puedo ser, pero no estoy o puedo estar y no ser.

La biblia del Jubileo es la única versión en español (que yo conozco) que hace honor a la traducción bíblica correcta de este versículo. Las otras versiones en español tradujeron: YO ESTOY, en vez de YO SOY… sería como decir: Yo estoy en mi casa.

¿Pienso, luego existo o existo porque pienso? (Cogito ergo sum) es una de las frases más famosas del filósofo francés René Descartes, la cual aparece reflejada en su obra Discurso del método (1637).

ἐγώegṓ, eg-o’; un pronombre primario de la primera persona yo (sólo expresado cuando es enfático): yo.

Cuando dice: no os dejare huérfanos, vendré a vosotros… dice: Yo en el padre y el padre en mí, uno solo somos…  yo soy el padre.

Jesús dijo, “en aquel día vosotros conoceréis” …

Isaías profetiza y lo declara diciendo de esta forma: “Y se llamará su nombre…” no escribió: “se llama su nombre”, pero “se llamará” hablando del venidero future Rey y Padre.

Isaías 9:6,

Porque un niño nos ha nacido, un hijo nos ha sido dado,y la soberanía reposará sobre sus hombros;y se llamará su nombre Admirable Consejero, Dios Poderoso,Padre Eterno, Príncipe de Paz.

La persona de Cristo tal como se presenta en el Evangelio de Juan es de hecho de un carácter excepcionalmente elevado: Juan afirma que Jesús es el Logos (Palabra) hecho carne (Juan 1:14). 

Dice que esta Palabra es eterna, que siempre ha estado “con” Dios (pros ton theon) y de hecho comparte el ser mismo de Dios (Juan 1:1). 

Genesis 1:27,

27 Creó, pues, Dios al hombre a imagen suya, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra lo creó.

Juan describe a Jesús como el Dios único (monogenes theos) en Juan 1:18., Nadie ha visto jamás a Dios; el unigénito Dios, que está en el seno del Padre, Él le ha dado a conocer.

Representa a Jesús cuando dice que Él es el camino, la verdad y la vida; que la vida misma y la salvación del hombre dependen de su relación con Él (¡una afirmación nada menos que una blasfemia para un simple ser creado, o simplemente el hijo de José, como muchos afirman!), y esto culmina en la confesión de Tomás acerca de Jesús como su “Señor y Dios”.

Juan 20:28,

28 Entonces Tomás respondió y le dijo: ¡Señor mío, y Dios mío!

Jesús utiliza con frecuencia la frase específica ego eimi de Sí mismo en el Evangelio de Juan, y varias veces lo hace de manera elocuente, sin proporcionar ninguna instrucción inmediatamente identificable. El registro que hace Juan de estos dichos también es significativo, ya que proporciona escenarios bastante obvios para estos dichos, enfatizando su importancia.

La frase específica ego eimi aparece veinticuatro veces en el Evangelio de Juan. Algunos de estos ejemplos serían Juan 6:35, “Yo soy el pan vivo” (ego eimi ho artos tes zoes  o Juan 10:11, “Yo soy el buen pastor”ego eimi ho poimen ho kalos ). 

En Juan 4:26, Jesús le dice a la mujer junto al pozo: “Yo soy el que te habla” (ego eimi, ho lalon soi , lo que recuerda a Isaías 52:6 – Por tanto, mi pueblo conocerá mi nombre; así que en aquel día comprenderán que yo soy el que dice: Heme aquí (ego eimi autos ho lalon). 

En Juan 6:20, 20 Mas él les dijo: Yo soy; no temáis.

Parece ser una autoidentificación bastante directa para los atemorizados discípulos en la barca.  Y en Juan 9:9, Unos decían: Él es; y otros: A él se parece. Él decía: Yo soy.

Encontramos al hombre que había sido sanado de su ceguera insistiendo en que él era efectivamente el hombre de quien hablaban. Este último ejemplo es similar a los dichos tal como los pronuncia Jesús, en el sentido de que la frase viene al final de la frase y busca su afirmación en otra parte.

Hechos 10: 37-38,  

Vosotros sabéis lo que se divulgo por toda Judea, comenzando desde Galilea, después del bautismo que predico Juan: como Dios ungió con el Espíritu Santo y con poder a Jesús de Nazaret, y como este anduvo haciendo bienes y sanando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él”.

Sabemos muy poco —por no decir casi nada— sobre la vida de Jesús durante su infancia y juventud. Los evangelios apenas mencionan esos años, y fuera del episodio en el templo, cuando con tan solo doce años sorprendió a los maestros de la ley con su sabiduría, todo lo demás es un silencio profundo. No sabemos a cuántas personas, además de aquellos doctores, Jesús compartió las enseñanzas de su Padre, ese Padre que lo había engendrado de manera única.

Sin embargo, hay algo que sí parece evidente: Jesús no comenzó su ministerio público, el anuncio del Reino y la revelación del Padre, hasta que el Espíritu de Dios —o mejor dicho, hasta que Dios mismo, por medio de su Espíritu— habitó en Él de forma plena y total. Este momento crucial ocurrió alrededor de los 30 años, marcando el verdadero inicio de su misión transformadora en el mundo.

Juan 14:10,

“¿No crees que yo soy en el padre, y el padre en mí? Las palabras que yo os hablo, no las hablo por mi propia cuenta, sino que el padre que esta mora en mí, el hace todas las cosas”.

Lo que hemos leído, presenta un hecho muy importante y a la vez poco entendido, que por el derramamiento de su sangre y por medio de su poder limpiador, muchos han venido a ser “perfectos”, a lo que a mancha de pecado se refiere; pero nunca han venido a ser verdaderamente “ungidos” o llenos del Espíritu Santo.

Este era el caso en Samaria, donde multitudes habían creído en Cristo, después de la predicación de Felipe.

Hechos 8:12,  

“Pero cuando creyeron a Felipe que anunciaba el evangelio del Reino de Dios y el nombre de Jesucristo, se bautizaban hombres y mujeres”. 

Pero, aunque la mitad de la ciudad se había convertido, la palabra nos enseña que, en ninguno de ellos, había hecho morada el Espíritu Santo.

versículos 14-17

14Cuando los apóstoles que estaban en Jerusalén oyeron que Samaria había recibido la palabra de Dios, enviaron allá a Pedro y a Juan; 15 los cuales, habiendo venido, oraron por ellos para que recibiesen el Espíritu Santo; 16 porque aún no había descendido sobre ninguno de ellos, sino que solamente habían sido bautizados en el nombre de Jesús. 17 Entonces les imponían las manos, y recibían el Espíritu Santo”.

Aun los doce apóstoles, y los setenta, aunque habían amado al Señor y lo habían seguido sinceramente, y también habían recibido su palabra… dice: 

Juan 17:8,  

“Porque las palabras que me diste, les he dado, y ellos las recibieron”.

Y ellos estaban limpios de verdad.

Juan 13:10, 

Y vosotros limpios estáis, aunque no todos”.

Juan 15:3, 

“Ya vosotros estáis limpiados por la palabra que os he hablado”.

Y vemos también que sus nombres estaban escritos en el cielo.

Lucas 10:20,  

“Sino regocijaos de que vuestros nombres están en los cielos”.

Antes y Después de Pentecostés

Aquellos hombres habían predicado en el nombre de Jesucristo, habiendo sido llamados por Él con autoridad divina para dicha tarea. En su ministerio, sanaron enfermos, expulsaron espíritus inmundos y realizaron numerosas señales y maravillas, en una continuidad espiritual con los grandes profetas del Antiguo Testamento. No obstante, aunque el Espíritu de Dios obraba poderosamente en ellos, todavía no habían participado de la plenitud del Espíritu.

Era necesario que entendieran una verdad más profunda y fundamental: que Cristo no solo deseaba capacitarlos externamente mediante el Espíritu, sino habitar en ellos internamente en toda Su plenitud. Esta experiencia, que las Escrituras describen como el “bautismo con el Espíritu Santo”, implicaba más que poder para el servicio; significaba que ellos mismos se convertirían en el templo del Dios viviente, en una morada espiritual en la que Cristo mismo residiría por medio del Espíritu.

Juan 14:17,  

“el Espíritu de verdad, al cual el mundo no puede ver ni recibir, porque no le ve, ni le conoce; pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros y estará en vosotros”. 

Este regalo o don y experiencia única fue a lo que Jesús se refirió como: “PROMESA DEL PADRE”.

Hechos 1:4-5,  

4 Y estando juntos, les mandó que no se fueran de Jerusalén, sino que esperasen la promesa del Padre, la cual, les dijo, oísteis de mí. 5 Porque Juan ciertamente bautizó con agua, mas vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo dentro de no muchos días.

Vemos que por primera vez fue dado al hombre en el día de Pentecostés, así como Jesús les prometió.

Mateo 3:11,  

“Yo a la verdad os bautizo en agua para arrepentimiento; pero el que viene tras mí, cuyo calzado yo no soy digno de llevar, es más poderoso que yo; él os bautizara en Espíritu Santo y fuego”.

Juan 7:37-39, 

37 En el último y gran día de la fiesta, Jesús se puso en pie y alzo la voz, diciendo: Si alguno tiene sed, venga a mí y beba.

38 El que cree en mí, como dice la escritura, de su interior correrán ríos de agua viva.

39 Esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyesen en él; pues aún no había venido el Espíritu Santo, porque Jesús no había sido aun glorificado”.

Hechos 1:4-8, 

Y estando juntos, les mandó que no se fueran de Jerusalén, sino que esperasen la promesa del Padre, la cual, les dijo, oísteis de mí. Porque Juan ciertamente bautizó con agua, mas vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo dentro de no muchos días.

Hechos 2:1-8, 13-18, 36-37;

1Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos unánimes juntos. Y de repente vino del cielo un estruendo como de un viento recio que soplaba, el cual llenó toda la casa donde estaban sentados; y se les aparecieron lenguas repartidas, como de fuego, asentándose sobre cada uno de ellos. Y fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen.Moraban entonces en Jerusalén judíos, varones piadosos, de todas las naciones bajo el cielo. Y hecho este estruendo, se juntó la multitud; y estaban confusos, porque cada uno les oía hablar en su propia lengua. Y estaban atónitos y maravillados, diciendo: Mirad, ¿no son galileos todos estos que hablan? ¿Cómo, pues, les oímos nosotros hablar cada uno en nuestra lengua en la que hemos nacido?

13 Pero otros se burlaban y decían: Están borrachos.

14 Entonces Pedro, poniéndose en pie con los once, alzó la voz y les habló diciendo: Varones judíos, y todos los que habitáis en Jerusalén, esto os sea notorio, y oíd mis palabras. 15 Porque estos no están ebrios, como vosotros suponéis, puesto que es la hora tercera del día. 16 Mas esto es lo dicho por el profeta Joel:

17 Y en los postreros días, dice Dios,

Derramaré de mi Espíritu sobre toda carne,

Y vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán;

Vuestros jóvenes verán visiones,

Y vuestros ancianos soñarán sueños;

18 Y de cierto sobre mis siervos y sobre mis siervas en aquellos días

Derramaré de mi Espíritu, y profetizarán.

36 Sepa, pues, ciertísimamente toda la casa de Israel, que a este Jesús a quien vosotros crucificasteis, Dios le ha hecho Señor y Cristo.

37 Al oír esto, se compungieron de corazón, y dijeron a Pedro y a los otros apóstoles: Varones hermanos, ¿qué haremos? 38 Pedro les dijo: Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo.

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