Su Fundamento

El valor de la vida a la luz del tiempo (Parte 2)

Apocalipsis 22:12,

12 He aquí yo vengo pronto, y mi galardón conmigo, para recompensar a cada uno según sea su obra.

Filipenses 3:12–14 sintetiza esta verdad doctrinal al describir la actitud adecuada del creyente que, aun siendo salvo, reconoce que su caminar no ha concluido y persevera con diligencia hacia la meta del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús. La salvación, por tanto, no se presenta como un punto de llegada definitivo, sino como un proceso dinámico orientado a la plenitud. 

En este marco se comprende la figura de la cebada, símbolo de los primeros frutos de la cosecha: una porción inicial y consagrada, aunque no la totalidad. Este grupo representa a los vencedores, participantes de la primera resurrección, llamados a reinar con Cristo durante la era milenial, como anticipo y garantía de la consumación final del propósito divino.

El creyente y el juicio: una distinción doctrinal necesaria

Entre muchos creyentes persiste la idea de que los cristianos comparecerán ante el Gran Trono Blanco para ser juzgados, ya sea para salvación o condenación. Esta noción, aunque extendida, no se sostiene a la luz del testimonio completo de las Escrituras y conduce a confusión respecto a la obra consumada de Cristo y a la naturaleza de los juicios divinos.

La Palabra de Dios afirma con claridad que el destino eterno del creyente ha sido resuelto de manera definitiva en la cruz. La justificación no es progresiva ni condicional al juicio final, sino un acto legal consumado por la fe en Cristo:

Romanos 8:1,

1 Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús.

Jesús mismo declaró que el creyente no entra en juicio condenatorio: “El que oye mi palabra y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, más ha pasado de muerte a vida”

Estas declaraciones excluyen al creyente del juicio del Gran Trono Blanco, descrito en Apocalipsis 20:11–15, cuyo propósito no es evaluar obras para recompensa, sino ejecutar sentencia final sobre aquellos que no se hallan inscritos en el libro de la vida.

El tribunal de Cristo: Evaluación, no Condenación

El Nuevo Testamento sí enseña que el creyente comparecerá ante un tribunal, pero este no es el Gran Trono Blanco, sino el tribunal de Cristo (bēma). Su propósito no es determinar salvación, sino evaluar la fidelidad del creyente en su vida y servicio:

2 Corintios 5:10,

 10Porque es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o sea malo

Aquí, el término “malo” no se refiere a pecado condenatorio, sino a obras sin valor eterno, realizadas desde motivaciones carnales o sin obediencia a la voluntad de Dios,  

Romanos 14:10–12,

10 Pero tú, ¿por qué juzgas a tu hermano? O tú también, ¿por qué menosprecias a tu hermano? Porque todos compareceremos ante el tribunal de Cristo. 11 Porque escrito está:

Vivo yo, dice el Señor, que ante mí se doblará toda rodilla,

Y toda lengua confesará a Dios.

12 De manera que cada uno de nosotros dará a Dios cuenta de sí.

Pablo amplía esta enseñanza al usar la metáfora de una edificación espiritual: “La obra de cada uno se hará manifiesta; porque el día la declarará…”

Este pasaje es crucial para cristianos maduros, pues demuestra que la salvación y la recompensa no son sinónimos. El creyente puede ser salvo y, sin embargo, perder recompensa por una vida vivida sin plena fidelidad.

Pablo amplía esta enseñanza al usar la metáfora de una edificación espiritual:

1 Corintios 3:11-15,

11 Porque nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo. 12 Y si sobre este fundamento alguno edificare oro, plata, piedras preciosas, madera, heno, hojarasca, 

13 la obra de cada uno se hará manifiesta; porque el día la declarará, pues por el fuego será revelada; y la obra de cada uno cuál sea, el fuego la probará. 14 Si permaneciere la obra de alguno que sobreedificó, recibirá recompensa. 15 Si la obra de alguno se quemare, él sufrirá pérdida, si bien él mismo será salvo, aunque, así como por fuego.

La ley como instrumento de justicia

Romanos 7:1,

7 ¿Acaso ignoráis, hermanos (pues hablo con los que conocen la ley), que la ley se enseñorea del hombre entre tanto que este vive?

El Gran Trono Blanco: juicio final y definitivo

El juicio del Gran Trono Blanco ocurre después del Reino Milenial y tiene un carácter completamente distinto:

Este juicio no incluye a los redimidos, pues sus nombres ya están escritos en el libro de la vida desde antes. Es un juicio de sentencia, no de evaluación formativa.

El creyente no vive bajo la sombra del juicio condenatorio, sino bajo la luz de la gracia redentora. Sin embargo, esta gracia no elimina la responsabilidad, sino que la eleva. Vivimos sabiendo que un día estaremos delante de Cristo para rendir cuentas de cómo administramos el tiempo, los dones y la verdad que nos fue confiada.

Romanos 14:12,

12 De manera que cada uno de nosotros dará a Dios cuenta de sí.

Esta verdad, correctamente entendida, no produce temor servil, sino una santa sobriedad y un profundo anhelo de agradar al Señor.

Apocalipsis 20:11-12, 

11 Y vi un gran trono blanco y al que estaba sentado en él, de cuya presencia huyeron la tierra y el cielo, y no se halló lugar para ellos. 12 Y vi a los muertos, grandes y pequeños, de pie delante del trono, y los libros fueron abiertos; y otro libro fue abierto, que es el libro de la vida, y los muertos fueron juzgados por lo que estaba escrito en los libros, según sus obras. 

Armonización entre juicio, resurrección y galardones

La Escritura presenta el juicio divino no como un evento único y uniforme, sino como un proceso con propósitos y alcances distintos, según el grupo y el momento en el plan redentor de Dios. En este marco, es fundamental distinguir entre el juicio para condenación, el juicio para manifestación, y el juicio para recompensa.

En el juicio del Gran Trono Blanco (Apocalipsis 20:11–15), comparecen los muertos, tanto justos como injustos, conforme a lo que está escrito en los libros. Para los injustos, este juicio confirma su condición de condenación; para los justos, cuyos nombres están inscritos en el libro de la vida, este juicio no determina su salvación, sino que manifiesta públicamente su posición delante de Dios. La salvación, en este caso, no está en disputa, pues ya ha sido asegurada por la sangre del Cordero.

Por tanto, la participación en la resurrección y el juicio no elimina la responsabilidad individual del creyente respecto a las recompensas. La vida cristiana no solo implica ser salvo, sino también correr la carrera de tal manera que se obtenga el premio (1 Corintios 9:24), el premio, es la corona de la vida en la primera resurrección. 

Malaquías 3:16,

16 Entonces los que temían a Jehová hablaron cada uno a su compañero; y Jehová escuchó y oyó, y fue escrito libro de memoria delante de él para los que temen a Jehová, y para los que piensan en su nombre.

Apocalipsis 13:8,

8 Y la adoraron todos los moradores de la tierra cuyos nombres no estaban escritos en el libro de la vida del Cordero que fue inmolado desde el principio del mundo.

Filipenses 4:3,

3 Asimismo te ruego también a ti, compañero fiel, que ayudes a estas que combatieron juntamente conmigo en el evangelio, con Clemente también y los demás colaboradores míos, cuyos nombres están en el libro de la vida.

Los libros y el libro de la vida

Apocalipsis 20:13-15,

13 Y el mar entregó los muertos que estaban en él, y la Muerte y el Hades entregaron a los muertos que estaban en ellos; y fueron juzgados, cada uno según sus obras. 14 Y la Muerte y el Hades fueron arrojados al lago de fuego. Esta es la muerte segunda: el lago de fuego. 15 Y el que no se encontraba inscrito en el libro de la vida fue arrojado al lago de fuego.

La ley como instrumento de justicia

Romanos 7:1,

7 ¿Acaso ignoráis, hermanos (pues hablo con los que conocen la ley), que la ley se enseñorea del hombre entre tanto que este vive?

El lago de fuego es la segunda muerte, pero esta muerte no tiene potestad alguna sobre el creyente fiel en Jesucristo, quien ha pasado de muerte a vida. La segunda muerte actúa únicamente sobre aquellos que no han nacido de nuevo por la palabra de Dios y cuyos pecados permanecen vigentes delante de Él, al no haber sido cubiertos por la obra redentora de Cristo. He aquí el poder de la ley de Dios, le señala al hombre que es pecador, que está bajo condenación de la ley y necesita justificación en Jesús.

Esto nos enseña que cómo vivimos importa, aun cuando nuestra salvación esté segura.

Ejemplos de hombres que supieron vivir con sabiduría

David entendió profundamente la fragilidad humana. Sus pecados fueron reales, pero su corazón siempre regresó a Dios. Él mismo escribió:

Salmos 39:4,

4 Hazme saber, Jehová, mi fin,

Y cuánta sea la medida de mis días;

Sepa yo cuán frágil soy.

El testimonio de su muerte muestra una vida bien contada:

1 Crónicas 29:26-28,

26 Así reinó David hijo de Isaí sobre todo Israel. 27 El tiempo que reinó sobre Israel fue cuarenta años. Siete años reinó en Hebrón, y treinta y tres reinó en Jerusalén. 28 Y murió en buena vejez, lleno de días, de riquezas y de gloria; y reinó en su lugar Salomón su hijo.

Moisés, por su parte, vivió plenamente hasta el final, porque su fuerza no dependía solo del cuerpo, sino de su comunión con Dios,

Isaías 40:31,

31 pero los que esperan a Jehová tendrán nuevas fuerzas; levantarán alas como las águilas; correrán, y no se cansarán; caminarán, y no se fatigarán.

Deuteronomio 34:7,

7 Era Moisés de edad de ciento veinte años cuando murió; sus ojos nunca se oscurecieron, ni perdió su vigor.

El propósito de Dios en todas las etapas de la vida

Muchos de los siervos de Dios han aprendido el secreto de numerar sus días. Sin importar la diferencia entre tiempos buenos y tiempos malos, todos los momentos de la vida son temporales y pasajeros. Si tiene problemas en su vida, pasaran; y si todo parece perfecto en su vida, también pasará. La vida es una mezcla de gozo y dolor, solamente conociendo la voluntad de Dios es que podemos soportar las dificultades, sabiendo que tienen un propósito.

La madurez espiritual nos lleva a comprender que todo proviene de Dios y todo tiene un propósito, incluso el sufrimiento: “A los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien”.

Romanos 8:28,

28 Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados.

Hechos 17:24-28,

24 El Dios que hizo el mundo y todas las cosas que en él hay, siendo Señor del cielo y de la tierra, no habita en templos hechos por manos humanas, 25 ni es honrado por manos de hombres, como si necesitase de algo; pues él es quien da a todos vida y aliento y todas las cosas. 

26 Y de una sangre ha hecho todo el linaje de los hombres, para que habiten sobre toda la faz de la tierra; y les ha prefijado el orden de los tiempos, y los límites de su habitación; 27 para que busquen a Dios, si en alguna manera, palpando, puedan hallarle, aunque ciertamente no está lejos de cada uno de nosotros. 28 Porque en él vivimos, y nos movemos, y somos; como algunos de vuestros propios poetas también han dicho: Porque linaje suyo somos.

Dios está formando en nosotros la imagen de Cristo. Cada prueba, cada espera y cada pérdida tienen un propósito eterno: “Hasta que Cristo sea formado en vosotros”.

Gálatas 4:19,

19 Hijitos míos, por quienes vuelvo a sufrir dolores de parto, hasta que Cristo sea formado en vosotros,

La soberbia humana y la respuesta correcta ante Dios

La arrogancia del hombre moderno es trágica, nuestra nación está llena de gente que son dioses en ellos mismos. El gobierno y las Iglesias retan al Todopoderoso cada día. Job recibió una respuesta de parte de Dios que contestan muchas preguntas. Job capitulo 38. 

La respuesta de Job es una reflexión acerca de lo que el conocía, como el hombre se compara con Dios.

El hombre moderno exalta su razón, su intelecto, su poder y su independencia, olvidando que es criatura y no Creador. Dios confrontó a Job no para humillarlo, sino para llevarlo a una visión correcta de sí mismo.

La respuesta de Job es el modelo de sabiduría: “He aquí que yo soy vil… mi mano pongo sobre mi boca”

Job 40:1-5,

1 Además respondió Jehová a Job, y dijo:

2 ¿Es sabiduría contender con el Omnipotente?

El que disputa con Dios, responda a esto.

3 Entonces respondió Job a Jehová, y dijo:

4 He aquí que yo soy vil; ¿qué te responderé?

Mi mano pongo sobre mi boca.

5 Una vez hablé, mas no responderé;

Aun dos veces, mas no volveré a hablar.

Solo cuando el hombre reconoce su pequeñez puede comenzar a vivir correctamente delante de Dios. Contar nuestros días es vivir con los ojos puestos en la eternidad, con un corazón humilde y una fe activa. Es entender que la vida no se mide por su duración, sino por su entrega a Dios.

Romanos 11:33-36,

33 ¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán incomprensibles son sus juicios, e inescrutables sus caminos!

34 Porque ¿quién entendió el intento del Señor? ¿O quién fue su consejero?

35 ¿O quién le dio a él primero, para que le sea pagado?

36 Porque de él, y por él, y en él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos. Amén.

Que el Señor nos conceda corazones sabios, vidas rendidas y días bien contados, para la gloria de Su nombre.

El tiempo como don sagrado y mayordomía divina

Uno de los grandes errores del pensamiento moderno es considerar el tiempo como algo que nos pertenece. La Escritura, en cambio, presenta el tiempo como un don confiado por Dios al ser humano, del cual un día daremos cuenta. Cada amanecer es una gracia renovada, y cada noche un recordatorio silencioso de que un día más ha sido entregado a nuestras manos.

Salmos 118:24,

24 Este es el día que hizo Jehová; nos gozaremos y alegraremos en él.

La urgencia espiritual de vivir con propósito

El reconocimiento de la brevedad de la vida produce en el corazón del creyente una santa urgencia. No se trata de ansiedad, sino de propósito. Jesús mismo habló repetidamente de la necesidad de trabajar mientras hay tiempo:

Juan 9:4,

4 Me es necesario hacer las obras del que me envió, entre tanto que el día dura; la noche viene, cuando nadie puede trabajar.

Contar nuestros días nos libra de la procrastinación espiritual. Nos mueve a perdonar hoy, a obedecer hoy, a servir hoy. La Escritura advierte contra el engaño de posponer la obediencia, pues el mañana no nos pertenece,

 Proverbios 27:1,

1 No te jactes del día de mañana;

Porque no sabes qué dará de sí el día.

El sufrimiento y el tiempo

Una de las áreas donde más necesitamos sabiduría para contar nuestros días es en el sufrimiento. Desde la perspectiva humana, el dolor parece inútil y el tiempo de prueba interminable. Pero la revelación bíblica nos muestra que Dios utiliza el tiempo de aflicción como instrumento de formación espiritual.

2 Corintios 4:17,

17 Porque esta leve tribulación momentánea produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria;

Cuando contamos nuestros días a la luz de la eternidad, comprendemos que ninguna lágrima es desperdiciada, ningún sufrimiento es en vano y ningún tiempo oscuro carece de propósito. El creyente aprende a esperar en Dios, sabiendo que Él gobierna tanto los tiempos de abundancia como los tiempos de escasez.

Salmos 56:8,

8 Mis huidas has contado tú; pon mis lágrimas en tu odre, ciertamente en tu libro.

Apocalipsis 21:4,

4 Y limpiará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y la muerte no será más; y no habrá más llanto, ni clamor, ni dolor, porque las primeras cosas son pasadas.

El paso del tiempo y la formación del carácter

Dios no trabaja con prisa, pero tampoco con retraso. Él usa el proceso del tiempo para moldear el carácter de Sus hijos. Muchas de las virtudes cristianas más profundas, paciencia, mansedumbre, perseverancia, solo se desarrollan a través del tiempo y de la prueba.

Santiago 1:3,

3 sabiendo que la prueba de vuestra fe obra paciencia.

Contar nuestros días nos ayuda a someternos al proceso de Dios sin frustración, confiando en que Aquel que comenzó la buena obra la perfeccionará hasta el día de Jesucristo.

Filipenses 1:6,

6 Confiando de esto: que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesús el Cristo;

La vejez, la muerte y la esperanza gloriosa

La cultura contemporánea teme la vejez y evita hablar de la muerte. La Biblia, sin embargo, trata ambos temas con sobriedad y esperanza. Para el creyente, el paso de los años no es una pérdida, sino una preparación.

2 Corintios 4:16,

16 Por tanto, no desmayamos; antes, aunque este nuestro hombre exterior se va desgastando, el interior no obstante se renueva de día en día.

La eternidad como marco interpretativo de la vida

El mayor error del ser humano es interpretar la vida únicamente desde el presente. La Biblia insiste en que la eternidad es el marco correcto para comprender el tiempo:

2 Corintios 4:18,

18 no mirando nosotros las cosas que se ven, sino las que no se ven; pues las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas.

Contar nuestros días nos libera del apego desordenado a este mundo y nos orienta hacia la patria celestial. Esto no nos vuelve indiferentes a la realidad presente, sino más fieles, más compasivos y más comprometidos con la obra de Dios.

Hebreos 11:13–16,

13 Conforme a la fe murieron todos estos sin haber recibido lo prometido, sino mirándolo de lejos, y creyéndolo, y saludándolo, y confesando que eran extranjeros y peregrinos sobre la tierra. 14 Porque los que esto dicen, claramente dan a entender que buscan una patria; 

15 pues si hubiesen estado pensando en aquella de donde salieron, ciertamente tenían tiempo de volver. 16 Pero anhelaban una mejor, esto es, celestial; por lo cual Dios no se avergüenza de llamarse Dios de ellos; porque les ha preparado una ciudad.

La humildad como fruto de una vida bien contada

Finalmente, una vida correctamente contada produce humildad. El creyente reconoce que todo lo que es y todo lo que tiene proviene de Dios. Esta fue la lección final de Job:

Job 42:5,

25 De oídas te había oído; mas ahora mis ojos te ven.

La sabiduría no consiste en saber mucho, sino en vivir correctamente delante de Dios, reconociendo Su grandeza y nuestra total dependencia.

Contar nuestros días no es un ejercicio intelectual, sino una disciplina espiritual. Es vivir cada día con gratitud, obediencia y esperanza. Es caminar sabiendo que cada momento es una oportunidad para glorificar a Dios y prepararnos para la eternidad.

“Enséñanos, Señor, a contar nuestros días, para que traigamos al corazón sabiduría”.

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