Un libro presente, pero poco leído
Éxodo 17:14,
14 Y Jehová dijo a Moisés: Escribe esto para memoria en un libro, y di a Josué que raeré del todo la memoria de Amalec de debajo del cielo.
En este momento, Dios no solo está dando instrucciones militares o históricas; está estableciendo un acto de memoria sagrada. Al pedirle a Moisés que “escriba esto para memoria en un libro”, Dios reconoce la fuerza del registro escrito como vehículo de identidad, advertencia y enseñanza. Lo que antes se transmitía de boca en boca, de generación en generación, ahora debía ser preservado, para que cada lector futuro pueda ver la fidelidad, la justicia y la dirección divina en la historia de su pueblo.
Hoy tenemos la bendición de leer este mismo registro en la Biblia, con una claridad que Moisés solo podía soñar. No necesitamos depender únicamente de la tradición oral; tenemos acceso directo a las palabras que Dios quiso que se conservaran. Este privilegio nos acerca a la intención de Dios, que su pueblo recuerde, reflexione y actúe conforme a su voluntad.
Hay algo profundamente humano en la instrucción de escribirlo, refleja nuestra necesidad de no olvidar, de dejar un testimonio tangible de lo que Dios ha hecho. Amalec representa la injusticia persistente, y Dios declara que su memoria será borrada. Hoy, leer esto nos invita a un examen personal: ¿qué memorias de injusticia, dolor o rencor necesitamos confrontar y entregar a Dios? Así como Él conserva su justicia en la historia, nos invita a que nuestra vida también sea escrita en el “libro” de la fe, dejando que la memoria de sus obras guíe nuestra memoria y nuestras acciones.
La belleza de tener la Biblia hoy en día es que podemos ver la continuidad, Dios llama a escribir, y nosotros podemos leer. Podemos tocar con la mirada la historia sagrada, comprender su justicia y su misericordia, y dejar que esas palabras “escritas para memoria” iluminen nuestra vida cotidiana. No es un texto olvidado, es un recordatorio vivo de que Dios participa en la historia humana y nos invita a ser testigos conscientes de su obra.
Al leer Éxodo 17:14, sentimos que la Escritura nos toma de la mano y nos dice: “Recuerda, aprende, deja que mi historia viva en ti, y permite que tu memoria también sea un lugar de luz y de justicia”.
Hubo un tiempo en que casi todas las familias poseían al menos una Biblia en su hogar. En muchos casos, ese libro permanecía cerrado, acumulando polvo, más como un objeto simbólico que como una fuente viva de fe y conocimiento. Para muchos, “recibir la Palabra” se reducía a asistir a la iglesia o a la escuela bíblica los domingos, delegando la lectura y el discernimiento a terceros.
Esta práctica produjo una paradoja: la Biblia estaba presente, pero su mensaje unificado era desconocido. Se leía en fragmentos, se citaba de forma aislada, pero raramente se comprendía como una obra coherente, con un hilo teológico continuo de principio a fin.
Aun reconociendo las limitaciones textuales propias de toda traducción, durante años he utilizado la versión King James, una obra monumental de más de 1.600 páginas, como base de estudio y Reina Valera 1960. Al presente uso la NASB, La Biblia de las Américas y varias otras traducciones en español. Sin embargo, más importante que la versión es la comprensión del mensaje unificado de la Escritura.
La narrativa bíblica encubierta: Teología, redención y responsabilidad nacional
Existen pasajes bíblicos que rara vez son expuestos desde los púlpitos contemporáneos. No porque sean oscuros o ambiguos, sino porque ponen en evidencia la fragilidad de ciertas construcciones escatológicas modernas. La omisión sistemática de estos textos no es accidental: su lectura honesta desmontaría esquemas teológicos populares que han sido repetidos durante décadas sin un análisis canónico riguroso.
Cuando los profetas describen “esta tierra” y a “este pueblo”, no se refiere a sociedades extrañas, ignorantes o antiguas. Al contrario, se refieren a pueblos con historia, leyes, memoria colectiva y responsabilidad moral. La Escritura es clara en afirmar que el juicio de Dios recae precisamente sobre quienes conocen la verdad y deciden ignorarla,
Amós 3:1–2,
1 Oíd esta palabra que ha hablado Jehová contra vosotros, hijos de Israel, contra toda la familia que hice subir de la tierra de Egipto. Dice así: 2 A vosotros solamente he conocido de todas las familias de la tierra; por tanto, os castigaré por todas vuestras maldades.
Isaías 1:2–4,
2 Oíd, cielos, y escucha tú, tierra; porque habla Jehová: Crie hijos, y los engrandecí, y ellos se rebelaron contra mí. 3 El buey conoce a su dueño, y el asno el pesebre de su señor; Israel no entiende, mi pueblo no tiene conocimiento.
4 ¡Oh gente pecadora, pueblo cargado de maldad, generación de malignos, hijos depravados! Dejaron a Jehová, provocaron a ira al Santo de Israel, se volvieron atrás.
Incluso fuera del ámbito estrictamente religioso, esta conciencia histórica estaba presente. Thomas Jefferson, al relatar la vida de George Washington en una carta dirigida al Dr. Walter Jones, concluyó con estas palabras reveladoras: “Sentí, junto con mis compatriotas, que con su muerte un gran hombre había caído hoy en Israel”.
Este lenguaje no era casual ni meramente poético. Refleja una cosmovisión bíblica nacional, hoy prácticamente desaparecida del discurso público y en las iglesias.
El disimulo de lo evidente
Los líderes religiosos contemporáneos han realizado, consciente o inconscientemente, un trabajo eficaz: ocultar verdades bíblicas que están a plena vista. El resultado ha sido una lectura fragmentada de la Escritura, centrada casi exclusivamente en la experiencia individual, desligada de su dimensión histórica, nacional y de los pactos de Dios con su pueblo.
Surge entonces una pregunta fundamental:
Si alguien te viera leyendo la Biblia y te preguntara de qué se trata, ¿qué responderías?
Después de más de cuarenta años de lectura, estudio y reflexión, esta sería una respuesta honesta y bíblicamente fundamentada:
La Biblia como una historia familiar: Abraham y su descendencia
En Génesis 12:1–3, Dios llama a Abram (más tarde Abraham) y le revela que, a través de él, se desplegaría un plan eterno concebido antes de la fundación del mundo, un pacto incondicional que tiene implicaciones universales:
Efesios 1:4,
4 según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él,
1 Pedro 1:20,
20 ya destinado desde antes de la fundación del mundo, pero manifestado en los postreros tiempos por amor de vosotros,
“Y serán benditas en ti todas las familias de la tierra” (Génesis 12:3).
Génesis 12:1–3,
1 Pero Jehová había dicho a Abram: Vete de tu tierra y de tu parentela, y de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré. 2 Y haré de ti una nación grande, y te bendeciré, y engrandeceré tu nombre, y serás bendición. 3 Bendeciré a los que te bendijeren, y a los que te maldijeren maldeciré; y serán benditas en ti todas las familias de la tierra.
Este pasaje no introduce un tema nuevo, sino que hace visible un propósito eterno, concebido antes de la fundación del mundo. A partir de aquí, la Escritura se desarrolla como la historia del linaje de Abraham, entendido no solo de forma étnica, sino espiritual por un pacto incondicional y teológico.
Génesis 17:7,
7 Y estableceré mi pacto contigo y con tu descendencia después de ti, por todas sus generaciones, por pacto eterno, de ser Dios tuyo y de toda tu descendencia después de ti.
En Génesis 17:7, Dios le dice a Abraham que establecerá un pacto con él y con su descendencia, generación tras generación. No se trata de algo temporal o limitado a una sola persona, sino de un pacto eterno.
Lo que Dios está haciendo aquí es comprometerse de manera profunda: promete ser el Dios de Abraham, pero también el Dios de todos los que vendrán después de él. Es una relación que se extiende en el tiempo, que no se rompe con el paso de los años ni con el cambio de generaciones.
En otras palabras, donde esté la descendencia de Abraham, allí estará también el Dios de Abraham.
No es casualidad que Abraham sea mencionado 66 veces en el Nuevo Testamento. Jesús mismo afirma:
Juan 8:56,
56 Vuestro padre Abraham se regocijó esperando ver mi día; y lo vio y se alegró.
Pablo explica que las promesas no fueron hechas a “descendencias” en plural, sino a uno solo:
“Y a tu simiente, la cual es Cristo”.
Gálatas 3:16 (LBLA),
16 Ahora bien, las promesas fueron hechas a Abraham y a su descendencia (simiente). No dice: y a las descendencias, como refiriéndose a muchas, sino más bien a una: y a tu descendencia, es decir, Cristo.
Por tanto, la Biblia no es una colección desordenada de libros religiosos, sino una historia redentora coherente, centrada en una promesa, un pueblo y un Salvador.
Un solo pueblo a lo largo de la historia
Contrario a lecturas fragmentarias, la Escritura presenta a Dios actuando siempre con un solo pueblo, ampliado a lo largo del tiempo, pero nunca reemplazado.
Pablo lo expresa con claridad:
Romanos 2:28–29,
28 Pues no es judío el que lo es exteriormente, ni es la circuncisión la que se hace exteriormente en la carne; 29 sino que es judío el que lo es en lo interior, y la circuncisión es la del corazón, en espíritu, no en letra; la alabanza del cual no viene de los hombres, sino de Dios.
Y también:
Efesios 3:6,
6 a saber, que los gentiles son coherederos y miembros del mismo cuerpo, participando igualmente de la promesa en Cristo Jesús mediante el evangelio,
La imagen del olivo en Romanos 11 es decisiva, los gentiles no sustituyen a Israel étnico, sino que son injertados en el pacto existente. Esta continuidad es fundamental para comprender la Biblia como un todo coherente. Para eso, debemos entender el pacto con Abraham.
La historia de dos hermanos, dos linajes y dos ciudades
La Biblia también es, de principio a fin, la historia de dos hermanos. Estos hermanos no son simbólicos ni genéricos: son Jacob y Esaú. Desde los primeros capítulos de Génesis, la Escritura presenta un patrón recurrente: dos hermanos, dos caminos, dos linajes.
Genesis 25:23,
23 y le respondió Jehová: Dos naciones hay en tu seno, Y dos pueblos serán divididos desde tus entrañas; El un pueblo será más fuerte que el otro pueblo, Y el mayor servirá al menor.
Romanos 9:10-12,
10 Y no solo esto, sino que también Rebeca, cuando concibió mellizos de uno, nuestro padre Isaac 11 (porque cuando aún los mellizos no habían nacido, y no habían hecho nada, ni bueno ni malo, para que el propósito de Dios conforme a su elección permaneciera, no por las obras, sino por aquel que llama), 12 se le dijo a ella: El mayor servirá al menor.
Este conflicto no se limita a Génesis, sino que atraviesa toda la Escritura como vemos en diferentes pasajes de la biblia:
Caín y Abel (Génesis capitulo 4)
Ismael e Isaac (Génesis capitulo 21)
Génesis 25–27: la primogenitura y la bendición
Judá y sus hermanos (Génesis 37–50)
Abdías (libro completo)
Malaquías 1:2–4: “A Jacob amé, y a Esaú aborrecí”
2 Yo os he amado, dice Jehová; y dijisteis: ¿En qué nos amaste? ¿No era Esaú hermano de Jacob? dice Jehová. Y amé a Jacob, 3 y a Esaú aborrecí, y convertí sus montes en desolación, y abandoné su heredad para los chacales del desierto. 4 Cuando Edom dijere: Nos hemos empobrecido, pero volveremos a edificar lo arruinado; así ha dicho Jehová de los ejércitos: Ellos edificarán, y yo destruiré; y les llamarán territorio de impiedad, y pueblo contra el cual Jehová está indignado para siempre.
El apóstol Pablo en Romanos capitulo 9 nos presenta el tema de la elección y su propósito divino. En este pasaje de la carta a los creyentes en Roma, el autor aborda el tema de la soberanía de Dios en la elección. Usando el ejemplo de Jacob y Esaú, figuras del Antiguo Testamento, Pablo explica que el propósito de Dios no depende de las obras humanas ni de méritos previos, sino de Su voluntad y llamado.
Romanos 9:11-16,
11 (pues no habían aún nacido, ni habían hecho aún ni bien ni mal, para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, no por las obras sino por el que llama), 12 se le dijo: El mayor servirá al menor. 13 Como está escrito: A Jacob amé, mas a Esaú aborrecí.
14 ¿Qué, pues, diremos? ¿Que hay injusticia en Dios? En ninguna manera. 15 Pues a Moisés dice: Tendré misericordia del que yo tenga misericordia, y me compadeceré del que yo me compadezca. 16 Así que no depende del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia.
Antes de que los hijos de Isaac nacieran, Dios declaró que “el mayor servirá al menor”, mostrando que Su elección no se basa en acciones buenas o malas, sino en Su designio soberano. Al citar también las palabras dichas a Moisés acerca de la misericordia divina, Pablo responde a una posible objeción: ¿Que hay injusticia en Dios? Su respuesta es enfática: En ninguna manera. 15 Pues a Moisés dice: Tendré misericordia del que yo tenga misericordia, y me compadeceré del que yo me compadezca
El pasaje enfatiza que la salvación y el favor de Dios no dependen del esfuerzo humano, sino de la misericordia y el propósito soberano de Dios.
13 Como está escrito: A Jacob amé, mas a Esaú aborrecí.
En el libro de Epístola a los Hebreos 12:16–17, el apóstol Pablo de Tarso nos presenta una advertencia muy seria acerca del espíritu de Esaú:
16 no sea que haya algún fornicario, o profano, como Esaú, que por una sola comida vendió su primogenitura. 17 Porque ya sabéis que aun después, deseando heredar la bendición, fue desechado, y no hubo oportunidad para el arrepentimiento, aunque la procuró con lágrimas.
La Escritura presenta a Esaú (Edom) como alguien que despreció la primogenitura, pero que posteriormente intenta recuperarla por medios carnales, políticos y coercitivos. El profeta Abdías es explícito: Edom se alegró de la caída de su hermano y participó activamente en su opresión (Abdías 1:10–14).
10 Por tu violencia en contra de tu hermano Jacob te cubrirá vergüenza, y serás talado para siempre.
Desde esta perspectiva, la historia humana no es neutral: es la prolongación del conflicto por el derecho de primogenitura, es decir, por la autoridad, la herencia y el gobierno.
La Escritura presenta a Jacob y Esaú no solo como individuos históricos, sino como prototipos teológicos de dos linajes en conflicto: el de la promesa y el de la primogenitura despreciada. Este conflicto reaparece de forma recurrente a lo largo del canon.
Israel bajo opresión
En el presente, nos encontramos en una condición de esclavitud estructural, dominado por sistemas económicos, políticos y religiosos que operan en oposición al reino de Dios. Apocalipsis identifica estos sistemas bajo la figura del Misterio Babilonia La Grande, no como una sola entidad geográfica, sino como una estructura recurrente de poder que reflejan el espíritu de Edom. Este dominio no es meramente militar, sino sistémico, y busca establecer un reino falso, anticristiano, frecuentemente identificado por muchos como un “Nuevo Orden Mundial”.
Sin embargo, la Escritura es clara en cuanto a su desenlace: Aunque Edom diga: “Nos hemos empobrecido, pero volveremos a edificar”, Jehová de los ejércitos dice: ellos edificarán, y yo destruiré.
Malaquías 1:4,
4 Cuando Edom dijere: Nos hemos empobrecido, pero volveremos a edificar lo arruinado; así ha dicho Jehová de los ejércitos: Ellos edificarán, y yo destruiré; y les llamarán territorio de impiedad, y pueblo contra el cual Jehová está indignado para siempre.
El fracaso de este sistema muy claro hoy en día, no es una posibilidad; es una certeza profética.
