En efecto, nos convertimos en israelitas espirituales (como se discutió anteriormente) porque las promesas del pacto fueron entregadas a través de los patriarcas Abraham, Isaac y Jacob, quien fue renombrado como Israel. Estas promesas, sin embargo, no se limitaron a la descendencia física, sino que alcanzaron su cumplimiento pleno y definitivo en Jesús, quien es la verdadera simiente prometida de Abraham (este aspecto se profundizará más adelante). Es crucial entender que, aunque la simiente prometida se refiere a Cristo, no se trata de una simiente física, sino espiritual.
Gálatas 3:16,
Ahora bien, a Abraham fueron hechas las promesas, y a su simiente. No dice: Y a las simientes, como si hablase de muchos, sino como de uno: Y a tu simiente, la cual es Cristo.
Este aspecto es fundamental: la promesa hecha a Abraham no se cumplió en términos de una descendencia meramente biológica, sino a través de una nueva creación, espiritual, que trasciende los límites de la carne.
2 Corintios 5:17,
17 De manera que si alguno está en Cristo, son nueva creación; las cosas viejas pasaron; he aquí todo es hecho nuevo.
Como bien se señala en las Escrituras, “la carne y el espíritu” son conceptos que contrastan profundamente, y este contraste revela una verdad esencial. Para ser parte de las promesas de Dios, no es suficiente con una conexión biológica; debemos experimentar un nuevo nacimiento, un renacer espiritual que nos es otorgado a través del Espíritu Santo.
1 Corintios 15:50,
50 Pero esto digo, hermanos: que la carne y la sangre no pueden heredar el reino de Dios, ni la corrupción hereda la incorrupción.
Juan 3:6,
6 Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es.
Esto se hace especialmente claro cuando reflexionamos sobre el propio nacimiento de Jesús: Él, siendo plenamente Dios y plenamente hombre, vino al mundo mediante el nacimiento virginal, siendo concebido por el Espíritu Santo. Este acto divino no solo marca el inicio de su vida terrenal, sino que también señala el principio de una obra redentora que es espiritual por naturaleza. Jesús, al ser concebido del Espíritu, nos muestra que la verdadera simiente de la promesa es espiritual y solo puede ser comprendida a través de una nueva vida en el Espíritu, un renacer de lo alto que se recibe únicamente mediante la fe en Él.
Es importante destacar a aquellos que aún intentan vivir bajo el antiguo pacto, el pacto dado en el Sinaí, guiados por la “letra de la ley”. Estos individuos pueden aparentar una obediencia exterior a la ley, cumpliendo con rituales y mandamientos superficiales, pero sus corazones permanecen incircuncisos, carentes de fe y arrepentimiento genuinos. Este contraste entre la apariencia exterior y la condición interna del corazón es esencial para comprender el alcance de la nueva vida en Cristo.
2 Corintios 3:5-6,
5 no que seamos suficientes en nosotros mismos para pensar que cosa alguna procede de nosotros, sino que nuestra suficiencia es de Dios, 6 el cual también nos hizo suficientes como ministros de un nuevo pacto, no de la letra, sino del Espíritu; porque la letra mata, pero el Espíritu da vida.
Recuerde que, en la parte anterior, discutimos cómo la circuncisión de la carne (específicamente, en los genitales) simbolizaba el corte del pecado en la carne misma. Este acto, en su contexto original, era una señal física de un cambio interior, un acto simbólico de separar al pueblo de Dios de su pecado. Sin embargo, como señalamos en esa sección, la verdadera circuncisión no es de la carne, sino del corazón, lo cual solo puede ocurrir a través de la obra del Espíritu Santo. Para profundizar más en este tema, recomiendo la lectura de Romanos 7:1-12, donde Pablo explica cómo la ley, aunque santa y justa, no tiene el poder para transformar el corazón humano por sí misma.
En resumen, aquellos que insisten en operar bajo la antigua ley, bajo el pacto del Sinaí, continúan siendo esclavos de la letra, es decir, de un cumplimiento externo de la ley que no transforma internamente. Al rechazar a Cristo como el Mesías prometido, siguen estando sin Él, incapaces de recibir la gracia transformadora del Espíritu Santo que se derrama a través del nuevo pacto. Y lo que es aún más crucial, aquellos que no han creído en la obra consumada de Jesús en la cruz tampoco pueden experimentar la muerte efectiva de su carne. En otras palabras, no pueden ser crucificados con Cristo, como se nos enseña en Gálatas 2:20.
Gálatas 2:20-21,
20 Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí. 21 No desecho la gracia de Dios; pues si por la ley fuese la justicia, entonces por demás murió Cristo.
Este es el misterio de la vida cristiana: solo al identificarnos con la muerte de Cristo en la cruz podemos experimentar una verdadera resurrección espiritual, liberándonos del dominio del pecado y muerte.
A continuación, avanzaremos en la carta a los romanos, donde Pablo expone más acerca de la promesa hecha a Abraham y cómo esta promesa se extiende a nosotros a través de la fe, permitiéndonos ser herederos de ella.
Romanos 4:13-20,
13 Porque no por la ley fue dada a Abraham o a su descendencia la promesa de que sería heredero del mundo, sino por la justicia de la fe. 14 Porque si los que son de la ley son los herederos, vana resulta la fe, y anulada la promesa. 15 Pues la ley produce ira; pero donde no hay ley, tampoco hay transgresión.16 Por tanto, es por fe, para que sea por gracia, a fin de que la promesa sea firme para toda su descendencia; no solamente para la que es de la ley, sino también para la que es de la fe de Abraham, el cual es padre de todos nosotros 17 (como está escrito: Te he puesto por padre de muchas gentes) delante de Dios, a quien creyó, el cual da vida a los muertos, y llama las cosas que no son, como si fuesen. 18 Él creyó en esperanza contra esperanza, para llegar a ser padre de muchas gentes, conforme a lo que se le había dicho: Así será tu descendencia. 19 Y no se debilitó en la fe al considerar su cuerpo, que estaba ya como muerto (siendo de casi cien años), o la esterilidad de la matriz de Sara. 20 Tampoco dudó, por incredulidad, de la promesa de Dios, sino que se fortaleció en fe, dando gloria a Dios,
La Justificación por la Fe en Jesús
La única manera en que alguien puede ser declarado justo ante Dios es a través de la fe en Jesús. Pablo deja claro que la promesa de Dios no se hereda por el mero esfuerzo de obedecer la ley dada en el Sinaí. De hecho, es la fe, la misma fe que tuvo Abraham, lo que nos convierte en herederos de esa promesa. Por esta razón, Pablo llama a Abraham “padre de todos nosotros” (v. 16), ya que él es el padre de todos los que creen. Este título de paternidad no se refiere a una descendencia física, sino a una descendencia espiritual, es decir, a todos aquellos que son justificados por la fe (v. 18). La simiente de Abraham no es solo biológica, sino espiritualmente extendida a todos los que siguen su ejemplo de fe.
Es importante recordar que el pacto hecho con Abraham precede al pacto dado en el Sinaí. El pacto del Sinaí fue un pacto temporal, orientado a una nación específica bajo circunstancias concretas. Este pacto fue necesario para guiar al pueblo de Israel, pero era un pacto que apuntaba hacia algo mayor y más duradero: la venida del Mesías y la instauración del nuevo pacto, que es eterno. Más adelante, exploraré con más detalle cómo la ley del Sinaí se cumplió en Cristo y cómo el antiguo pacto preparaba el camino para este nuevo pacto.
Es crucial entender que no estoy abogando por desobedecer o despreciar los Diez Mandamientos, ya que estos siguen siendo fundamentales para la obediencia bajo el nuevo pacto. Los Diez Mandamientos son la base moral sobre la cual se edifica nuestra vida cristiana, pero debemos reconocer que el nuevo pacto nos coloca bajo una ley superior: la ley del Espíritu. Esto no significa que debamos abandonar la ley moral, sino que estamos llamados a vivir según una dimensión más profunda de esa ley, una que va más allá de la obediencia externa y se centra en la transformación interna del corazón.
Como Jesús nos enseñó, debemos adorar y obedecer “en Espíritu y en verdad” (Juan 4:21-24). Esta adoración no se limita a cumplir los mandamientos escritos en piedra o en papel, sino que se extiende a una relación viva con Dios, una relación que exige que el Espíritu Santo transforme nuestro corazón y nos guíe en la verdad. En este contexto, no es solo la obediencia externa lo que cuenta, sino un caminar íntimo con Jehová, donde Él escribe Su ley en los corazones de Sus seguidores. Esto se predijo en los libros de Ezequiel, cuando Dios prometió darles un corazón nuevo.
Ezequiel 11:19-20,
19 Y les daré un corazón, y un espíritu nuevo pondré dentro de ellos; y quitaré el corazón de piedra de en medio de su carne, y les daré un corazón de carne, 20 para que anden en mis ordenanzas, y guarden mis decretos y los cumplan, y me sean por pueblo, y yo sea a ellos por Dios.
Ezequiel 36:25-27,
25 Esparciré sobre vosotros agua limpia, y seréis limpiados de todas vuestras inmundicias; y de todos vuestros ídolos os limpiaré. 26 Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. 27 Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos, y guardéis mis preceptos, y los pongáis por obra.
Es en este corazón transformado por el Espíritu que encontramos la verdadera obediencia.
Este contraste entre la carne y el espíritu es fundamental para comprender cómo el antiguo pacto prepara el terreno para el nuevo. La carne representa la incapacidad humana para cumplir perfectamente con la ley, mientras que el espíritu representa la capacidad transformadora que nos da el Espíritu Santo para vivir conforme a la voluntad de Dios de una manera que va más allá de la letra de la ley. Solo cuando vivimos bajo la ley del Espíritu es que realmente cumplimos con los mandamientos de Dios, porque Él los escribe en lo más profundo de nuestros corazones, llevándonos a vivir una vida de obediencia que fluye de un amor profundo y genuino hacia Él.
He profundizado en la relación entre la fe en Jesús, la justificación y la transición del antiguo al nuevo pacto, subrayando el contraste entre la obediencia externa (la “letra” de la ley) y la obediencia transformada por el Espíritu. También he destacado la centralidad de la ley del Espíritu y el papel vital que juega el nuevo nacimiento en este proceso.
La Obra de Jesús y del Espíritu Santo en la Filiación y Adopción como Hijos de Jehová
En nuestro próximo pasaje de Romanos, descubriremos una conexión asombrosa entre la obra de Jesús y la del Espíritu Santo, y cómo ambas se entrelazan en la doctrina de la filiación/adopción como hijos de Jehová. Es vital comprender que el Espíritu Santo no es una persona separada de Dios, sino que es el Espíritu de Jesús mismo, y, por lo tanto, también es el Espíritu del Padre. Esto significa que el Espíritu no solo es un agente de acción, sino que está íntimamente unido a la obra redentora de Cristo y refleja la unidad perfecta entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. La presencia del Espíritu es la manifestación continua de la obra de Jesús en nosotros y la garantía de que hemos sido reconciliados con Dios.
Comencé a leer desde el versículo 12 (por razones de brevedad), pero los animo profundamente a leer los primeros 11 versículos de Romanos 8, ya que incluyen una visión crucial que expande lo que hemos discutido sobre la ley y el pacto. En estos versículos, Pablo ofrece un contraste vital entre la ley de la carne y la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús. El apóstol explica cómo la ley del Espíritu nos libera de la condena que la ley de la carne impone, permitiéndonos vivir una vida que es conforme a la voluntad de Dios, no a través de esfuerzos humanos, sino mediante el poder transformador del Espíritu Santo.
Pablo revela también que aquellos que viven según el Espíritu son guiados por Él y se convierten en “hijos de Dios”.
Romanos 8:14,
14 Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, estos son hijos de Dios.
Esta filiación no es una adopción legal en el sentido humano, sino una transformación profunda que ocurre en el interior del creyente. El Espíritu Santo actúa en nosotros como el sello de nuestra adopción divina, llevándonos a una relación más íntima con Jehová, en la que podemos clamar con confianza: “¡Abba, Padre!”.
Romanos 8:15,
15 Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre!
La adopción como hijos de Dios es un aspecto esencial de la obra de Cristo y del Espíritu. Jesús vino para que pudiéramos ser reconciliados con el Padre y adoptados en Su familia. A través de Su sacrificio, Él nos abrió el camino para que el Espíritu Santo habite en nosotros, haciéndonos participantes de una nueva vida, una vida que refleja la naturaleza misma de nuestro Padre celestial.
Convertirse en israelita requiere tres pasos. Primero, debes ser justificado por la fe en la sangre del Cordero. Esta es tu experiencia de la Pascua.
En segundo lugar, debes estar lleno del Espíritu, cuya evidencia definitiva no es el don de lenguas, sino escuchar (obedecer) su voz. Esta es tu experiencia de Pentecostés.
En tercer lugar, debes recibir la plenitud del Espíritu al cumplir la Fiesta de los Tabernáculos. Esto es lo que Pablo llama “la manifestación de los hijos de Dios” (Rom. 8:19). Es nuestra verdadera herencia, la verdadera Tierra Prometida. En otras palabras, debes convertirte en un vencedor.
Este es el resultado de la obra redentora que tanto Jesús como el Espíritu realizan en nosotros, permitiéndonos vivir como hijos y no como esclavos del pecado y la muerte.
Romanos 8:12-17,
12 Así que, hermanos, deudores somos, no a la carne, para que vivamos conforme a la carne; 13 porque si vivís conforme a la carne, moriréis; mas si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis. 14 Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, estos son hijos de Dios. 15 Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre! 16 El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios. 17 Y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, si es que padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados.
La Filiación Espiritual a Través del Espíritu Santo y la Obra de Jesús
¿Recuerdas que, anteriormente, en nuestros pasajes de Juan, discutimos cómo debemos nacer de nuevo del Espíritu Santo para ser hijos de Dios? Este concepto se alinea perfectamente con lo que estamos viendo ahora. Pablo deja claro en Romanos que es únicamente a través de la morada del Espíritu y nuestra obediencia a Él que podemos vencer la carne y el pecado (Romanos 8:12-14). Solo entonces podemos ser verdaderamente considerados hijos de Dios, nacidos del Espíritu. Esta es la única forma en que podemos experimentar la vida espiritual: el Espíritu Santo nos da vida y nos capacita para vivir de acuerdo con la voluntad de Dios.
El “espíritu de adopción” del que habla Pablo en Romanos 8:15 es una ilustración poderosa de cómo somos reconciliados con el Padre a través del sacrificio de Jesucristo. Es a través de la obra de Jesús en la cruz y la presencia del Espíritu Santo en nosotros que podemos llamarlo “Abba, Padre”. Este clamor, lleno de intimidad y amor, es un testimonio de nuestra transformación y de nuestra adopción como hijos. Es una obra doble: Cristo nos reconcilia con el Padre, y el Espíritu en nosotros nos da la certeza de que somos Su familia.
La filiación se recibe en tres etapas: nacimiento, bar mitzvá y adopción. Cuando somos justificados por la fe, alcanzamos el Nivel Uno de la Filiación.
El tercer nivel de filiación se denomina “la adopción” en Romanos 8:15, 9:4 y Gálatas 4:5. La palabra griega es Huiothesia, “la colocación de los hijos”. Se refiere a una antigua ceremonia en la que el padre anunciaba en público cuál de sus hijos recibiría la primogenitura. A ese hijo se le otorgaba plena autoridad legal sobre los bienes del padre. Esta es la forma más elevada de filiación y es lo que Pablo llama Huiothesia. Quienes experimenten la Fiesta de los Tabernáculos serán la forma en que el Padre anunciará a los Hijos y los presentará al mundo.
Así fue como José recibió la túnica de diversos colores como primogenitura. Así fue como su hijo, Efraín, recibió el nombre de “Israel” en Génesis 48:16. Efraín no nació con este nombre, a pesar de ser nieto de Jacob-Israel. Recibió este nombre porque se le llamó así y por ser hijo de José.
Cuando Jacob-Israel bendijo a sus hijos, dio la función sacerdotal a Leví, el linaje mesiánico a Judá y la primogenitura a José (1 Crónicas 5:1, 2).
En su primera venida, Jesús nació de María, quien pertenecía a la familia de David (Lucas 2:4). El rey David había sido judaíta para cumplir la profecía. La muerte de Jesús en la cruz fue parte del llamado del Mesías de Judá.
Sin embargo, en la segunda venida de Jesús, Él viene a través de José como el heredero de la primogenitura. Al hacerlo, Él viene como el verdadero poseedor del nombre Israel. Gobernará con y a través de sus hijos, quienes también recibirán ese nombre.
Además, es a través de Jesús que obtenemos una herencia en el reino de Dios. No solo somos adoptados como hijos, sino que somos llamados “coherederos con Cristo” (Romanos 8:17). Esto significa que, en Cristo, recibimos la misma herencia que Él. Todo lo que le pertenece a Él, ahora nos pertenece a nosotros, en virtud de nuestra unión con Él. El Espíritu Santo que mora dentro de nosotros da testimonio de esta verdad, confirmando nuestra identidad como hijos de Dios y coherederos con Cristo.
Así como la justificación vino por medio de Jesús, hijo de Judá, también la gloria de la filiación viene por medio de Jesús, hijo de José. Por esta razón, leemos en Apocalipsis 19:13: « Y estaba vestido con una túnica teñida en sangre ». La túnica de José estaba teñida en sangre.
Génesis 37:31,
31 Entonces tomaron la túnica de José y mataron un macho cabrío, y empaparon la túnica en la sangre;
Para ser ciudadano de la Nueva Jerusalén, basta con ser justificado por la fe. Pero para recibir la plena filiación, es necesario adentrarse en la promesa plena de Dios, en la Fiesta de los Tabernáculos.
Ahora que hemos establecido quiénes son considerados herederos, pasemos a nuestro pasaje final de Romanos, donde Pablo aborda a aquellos que no califican para ser parte de este linaje divino. Aunque es posible que creas que ya hemos tocado este tema antes, mi objetivo es mostrarte, de manera exhaustiva, lo que las Escrituras enseñan sobre este asunto. Mi esperanza es que, al estudiar estos pasajes, no quede lugar para aceptar los engaños que se han infiltrado en la enseñanza cristiana a lo largo de los siglos, especialmente en lo que respecta a quiénes son realmente el pueblo de Jehová.
Es importante que entendamos que no todos los que se llaman “cristianos” o “pueblo de Dios” califican para ser herederos del reino. La Escritura es clara en cuanto a los requisitos: aquellos que no nacen del Espíritu, aquellos que viven según la carne y no conforme al Espíritu, no pueden ser considerados hijos de Dios ni herederos del reino. Esta es una de las realidades más difíciles de aceptar, pero es fundamental para comprender el plan de salvación de Dios tal como se presenta en las Escrituras.
He profundizado en la relación entre la obra de Jesús, la adopción espiritual y el testimonio del Espíritu Santo. También he expandido la idea de la herencia en Cristo, explicando el significado de ser “coherederos con Cristo” y cómo esto se conecta con la verdadera filiación. Finalmente, he ampliado la discusión sobre los que no califican para ser parte del pueblo de Jehová, resaltando la importancia de entender correctamente quiénes son los verdaderos hijos de Dios según las Escrituras.