Jesús no es simplemente un mensajero de Dios; Él es la palabra viva de Dios. Por lo tanto, vivir en desobediencia es vivir en rebelión contra el mismo Dios. Y, como nos dice el pasaje, “todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado” (Juan 8:34). El pecado se convierte en el señor de la vida de quien lo practica, y esa persona, por lo tanto, se convierte en esclava del pecado.
Este versículo tiene profundas implicaciones: vivir en pecado significa estar bajo el control de algo que no es Dios, y como resultado, esa persona no puede permanecer en la casa o el reino de Dios. Jesús les dice a los judíos que el esclavo no queda en la casa para siempre, pero el hijo sí queda para siempre (Juan 8:35). Aquí, Jesús está estableciendo una diferencia fundamental: mientras el pecado puede hacer que una persona sea excluida del reino, el hijo (quien es libre del pecado) tiene una permanencia eterna en la casa de Dios. Esto resalta el privilegio y seguridad que los hijos de Dios tienen en Cristo. Ellos son adoptados en Su familia y, por medio de Su sacrificio, liberados del pecado.
En este contexto, observe cómo Jesús les dice: “La verdad os hará libres” (Juan 8:32), y luego añade: “El Hijo os hará libres” (Juan 8:36). Este es un momento crucial en el evangelio de Juan, ya que Jesús mismo es la verdad a la que se refiere. En Juan 14:6, Jesús declara: “Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie viene al Padre sino por mí.” La verdad no es solo una doctrina o una enseñanza abstracta; es una persona. Jesús es la encarnación de la verdad de Dios, y es Él quien nos libera del pecado y de la muerte eterna.
Por lo tanto, el “ser libre” no es solo una cuestión de conocimiento intelectual, sino una cuestión de experiencia personal en Cristo. Solo en Él encontramos la verdadera libertad, que es la libertad del pecado y la condenación, que a su vez nos permite entrar en el reino de Dios. La relación con Jesús, el Hijo, es la clave para la liberación eterna.
Juan 14:6,
6 Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí.
Santiago 1:18,
18 Por su propia voluntad nos hizo nacer mediante la palabra de verdad, para que fuéramos como los primeros y mejores frutos de su creación.
Por lo tanto, debido a que estos judíos rechazan a Jesús, negando sus enseñanzas, y además buscan matarlo, sus afirmaciones de ser hijos de Abraham son reconocidas como falsas. En Juan 8:37, Jesús les dice: “Sé que sois descendientes de Abraham; pero procuráis matarme, porque mi palabra no haya cabida en vosotros.” Este versículo resalta una contradicción fundamental: aunque ellos sean descendientes físicos de Abraham, su actitud y acciones muestran que no son sus verdaderos hijos espirituales. Ser descendiente de Abraham, por naturaleza, no garantiza ser un hijo de Abraham en el sentido que Jesús está transmitiendo aquí.
Cuando Jesús afirma que su palabra no tiene cabida en ellos, está señalando que, a pesar de su linaje, ellos no están viviendo de acuerdo con las promesas y bendiciones que Dios dio a Abraham. En la Escritura, los hijos de Abraham son aquellos que, por fe, siguen los pasos de la obediencia que Abraham mostró al creer y confiar en las promesas de Dios. Romanos 4:11 dice que Abraham es el padre de todos los que creen, no solo de aquellos que descienden físicamente de él. La fe de Abraham y su obediencia a Dios fueron lo que lo identificaron como el verdadero hijo de Dios, y lo que lo convirtió en el padre espiritual de todos los que creen, ya sean judíos o gentiles.
Jesús los reprende porque, aunque son descendientes de Abraham por sangre, sus corazones y sus vidas no reflejan la fe y obediencia de Abraham. En este contexto, es importante hacer una distinción clara entre ser descendiente y ser hijo. Un descendiente es alguien que tiene la línea de sangre o el linaje, pero ser hijo implica algo mucho más profundo: una relación íntima y de obediencia a la voluntad de Dios. Abraham no solo fue un hombre de fe, sino que su fe fue puesta en práctica en la obediencia a Dios, como lo muestra en el episodio del sacrificio de Isaac (Génesis 22). Jesús está diciendo que aquellos que realmente son hijos de Abraham seguirían el ejemplo de fe y obediencia de su padre, pero estos judíos no lo estaban haciendo.
Aunque los herederos de la promesa vienen a través de Isaac (Génesis 17:19), el concepto de ser hijo de Abraham va más allá de la descendencia física. La verdadera herencia no está en la carne ni en la sangre, sino en la fe. Jesús está desafiando su entendimiento de la herencia espiritual, que no depende del linaje, sino de la fidelidad y la fe en Dios. En Gálatas 3:7, Pablo dice: “Sabed, por tanto, que los que son de fe, estos son hijos de Abraham.” Por lo tanto, el ser parte del pueblo de Dios y heredar las promesas de Abraham no depende de ser descendiente físico, sino de tener la fe que Abraham tuvo.
Génesis 21:12,
12 Pero Dios dijo a Abraham: «No te angusties por el muchacho ni por tu esclava. Hazle caso a Sara, pues tu descendencia se establecerá por medio de Isaac.
El primer hijo de Abraham fue Ismael a través de Agar, la sierva egipcia de su esposa Sara (Génesis 16:1–4).
El segundo hijo de Abraham fue Isaac a través de Sara, su esposa (Génesis 21:1–3). Isaac era el hijo que Dios le había prometido a Abraham (Génesis 15:4–5).
Después de que Sara murió, Abraham tuvo seis hijos a través de Cetura, otra concubina:
Genesis 25-1-6,
1 Abraham tomó otra mujer, cuyo nombre era Cetura, 2 la cual le dio a luz a Zimram, Jocsán, Medán, Madián, Isbac y Súa. 3 Y Jocsán engendró a Seba y a Dedán; e hijos de Dedán fueron Asurim, Letusim y Leumim. 4 E hijos de Madián: Efa, Efer, Hanoc, Abida y Elda. Todos estos fueron hijos de Cetura. 5 Y Abraham dio todo cuanto tenía a Isaac. 6 Pero a los hijos de sus concubinas dio Abraham dones, y los envió lejos de Isaac su hijo, mientras él vivía, hacia el oriente, a la tierra oriental.
En su discurso con los fariseos y otros líderes religiosos, Jesús señala una verdad impactante que va más allá de la comprensión humana, una afirmación que probablemente ofendería a muchas personas hoy en día: les dice que no son hijos de Dios, sino hijos de su padre, el diablo. En Juan 8:44, Jesús les responde con contundencia: “Vosotros sois de vuestro padre el diablo, y los deseos de vuestro padre queréis hacer. Él ha sido homicida desde el principio, y no ha permanecido en la verdad, porque no hay verdad en él. Cuando habla mentira, de su propio carácter habla, porque es mentiroso y el padre de mentira.”
Este es un mensaje fuerte y directo, y hay varios aspectos que debemos desglosar para entenderlo correctamente. Primero, Jesús no está hablando en términos de linaje físico, sino en términos espirituales y de relación. Aunque los fariseos eran descendientes de Abraham, en términos espirituales, su comportamiento y sus corazones revelaban una conexión mucho más profunda con Satanás que con Dios.
El contexto de esta afirmación
Jesús está señalando que la vida de estos líderes religiosos está caracterizada por un rechazo de la verdad y una falta de obediencia a las palabras de Dios. A pesar de que se consideraban guardadores de la ley y personas justas, su falta de aceptación hacia Jesús y su continuo rechazo de la revelación divina les mostraba que, en realidad, estaban bajo el influjo de Satanás, el “padre de mentira”. La contradicción de sus vidas era tal que, mientras se decían devotos de Dios, actuaban de manera completamente opuesta a la verdad y la justicia que Él enseña.
La naturaleza del diablo
Jesús explica por qué los fariseos son hijos del diablo: “Él ha sido homicida desde el principio”. Este es un recordatorio de que Satanás, desde el principio de la creación, ha estado trabajando para distorsionar la verdad, sembrar el pecado y la muerte. La mentira y el engaño son las herramientas que él usa para mantener a las personas en esclavitud, apartándolas de la verdad de Dios.
Además, Jesús dice que Satanás no ha permanecido en la verdad, porque en él no hay verdad. Esto pone en evidencia que la fuente de la mentira y el engaño es Satanás mismo, y todo aquel que rechaza la verdad de Dios y vive en falsedad está alineado con su naturaleza. Este rechazo de la verdad se manifiesta en la mentira, el orgullo y el rechazo del plan de salvación que Jesús vino a traer.
¿Por qué esta afirmación ofende?
Esta declaración de Jesús es profundamente ofensiva porque toca un tema sensible: los fariseos se consideraban los más cercanos a Dios. Eran los líderes religiosos, los guardianes de la ley, y se veían a sí mismos como el pueblo elegido y los defensores de la verdad de Dios. Sin embargo, Jesús les revela que, en lugar de estar bajo la paternidad de Dios, estaban siendo manipulados por las mentiras de Satanás, y actuaban en su nombre al rechazar la verdadera revelación de Dios en la persona de Cristo.
Hoy en día, este tipo de afirmación sería igualmente controvertida. Las personas tienden a rechazar la idea de que alguien esté bajo la influencia de Satanás, especialmente aquellos que se consideran justos o religiosos. Sin embargo, Jesús está enseñando que la verdadera filiación con Dios no depende de la afiliación religiosa ni del comportamiento exterior, sino de la respuesta interna a la verdad revelada en Cristo.
Aplicación para nosotros
La enseñanza aquí es que, para ser hijos de Dios, debemos recibir Su verdad con un corazón dispuesto y obedecerle en todo. No basta con ser parte de una tradición religiosa o afirmar tener un linaje espiritual. Lo que cuenta es la respuesta personal a la palabra de Jesús, el reconocimiento de Su divinidad y la obediencia a Su voluntad. Si vivimos en desobediencia, rechazando la verdad de Dios y persiguiendo nuestras propias pasiones y deseos, estamos mostrando una alineación con el mismo espíritu de rebelión que caracterizó a los fariseos y, en última instancia, a Satanás.
Juan 8:43-44,
43 ¿Por qué no entendéis mi lenguaje? Porque no podéis escuchar mi palabra. 44 Vosotros sois de vuestro padre el diablo, y los deseos de vuestro padre queréis hacer. Él ha sido homicida desde el principio, y no ha permanecido en la verdad, porque no hay verdad en él. Cuando habla mentira, de suyo habla; porque es mentiroso, y padre de mentira.
Debemos comprender que, aunque muchos afirmen conocer a Jehová (el Padre invisible), si rechazan al Hijo (Jesús, visible), están cometiendo un error fundamental. Este rechazo no solo es una negación de la revelación de Dios en la persona de Jesucristo, sino que también los coloca fuera de la verdadera filiación con Dios. Como resultado, no pueden ser considerados parte del pueblo de Dios ni herederos de las promesas del pacto.
En este contexto, podemos ver que, al rechazar a Jesús, estos individuos se alinean con el espíritu del Anticristo, que es aquel que niega a Cristo como el Hijo de Dios. La Escritura es clara en 1 Juan 2:22, donde se dice: “¿Quién es el mentiroso, sino el que niega que Jesús es el Cristo? Este es el anticristo, el que niega al Padre y al Hijo”. Este espíritu del Anticristo no solo está presente en aquellos que rechazan de manera explícita la identidad de Jesús, sino también en aquellos que, con una religión externa y sin una verdadera relación con Él, niegan la revelación completa de Dios en Cristo.
Este rechazo y la negación de la divinidad de Cristo y Su papel como el mediador del pacto nos lleva a la sinagoga de Satanás, mencionada en Apocalipsis 2:9, donde Jesús se refiere a ciertos grupos que afirman ser el pueblo de Dios pero que, en realidad, son esclavos de la mentira y de las doctrinas de Satanás. Este pasaje no se refiere solo a aquellos que se oponen activamente al cristianismo, sino también a aquellos que, con una fachada de religiosidad, han rechazado la plena revelación de Dios en Cristo.
La forma externa de religión
La religión exterior, sin el corazón transformado por la verdad de Cristo, es inútil. Jesús lo explicó claramente en Mateo 15:8, cuando dijo: “Este pueblo de labios me honra, pero su corazón está lejos de mí”. Los líderes religiosos de su tiempo, aunque practicaban rigurosamente la ley, no aceptaban la revelación de Dios en Cristo y, por tanto, estaban viviendo una falsa religión.
En este sentido, podemos ver cómo el espíritu del Anticristo actúa en aquellas religiones o sistemas que pretenden adorar a Dios, pero que niegan a Jesucristo como el Hijo de Dios. Al hacerlo, niegan la única vía de salvación y se apartan del pacto verdadero. Este es un tema central en el evangelio de Juan, donde Jesús mismo afirma que nadie puede llegar al Padre sino a través de Él (Juan 14:6). Aquellos que rechazan a Cristo, incluso si se afilian a una forma religiosa, no están bajo el pacto de salvación de Dios.
La verdadera identidad del pueblo de Dios
La Escritura es clara en cuanto a la identidad del pueblo de Dios: no es el linaje físico ni la adherencia a un sistema religioso externo lo que nos hace hijos de Dios, sino la fe en Jesucristo. En Gálatas 3:29, Pablo dice: “Y si vosotros sois de Cristo, ciertamente sois la simiente de Abraham, y herederos según la promesa”. La adhesión al pacto de Dios y la herencia de las promesas dependen de ser en Cristo, ya no en una herencia genética ni en una tradición religiosa. La verdadera simiente de Abraham no es simplemente la descendencia biológica, sino los que creen en Cristo y han sido nacidos de nuevo a través del Espíritu Santo.
Por lo tanto, rechazar al Hijo es rechazar el pacto de salvación, y aquellos que lo hacen, aunque se vean a sí mismos como parte del pueblo de Dios, no pueden reclamar las promesas del pacto. Apocalipsis 3:9 refuerza este punto al decir: “He aquí, yo haré que vengan y se postren a tus pies, y reconozcan que yo te he amado”. Aquellos que pertenecen a Cristo son los verdaderos hijos de Dios, y la verdadera iglesia de Dios no está definida por el linaje o la religión exterior, sino por la fe en Cristo.
Esto subraya que la auténtica filiación con Dios no se basa en la sangre o la religión, sino en la fe en Jesucristo como el Hijo de Dios. El rechazo de Cristo coloca a cualquier grupo, incluso a aquellos que se consideran religiosos, fuera de las promesas del pacto. Este es un tema crucial para comprender la verdadera identidad del pueblo de Dios en la era del Nuevo Pacto.
1 Juan 4:3,
3 Y todo espíritu que no confiesa que Jesucristo ha venido en carne, no es de Dios; y este es el espíritu del anticristo, el cual vosotros habéis oído que viene, y que ahora ya está en el mundo.
1 Juan 2:22,
22 ¿Quién es el mentiroso, sino el que niega que Jesús es el Cristo? Este es anticristo, el que niega al Padre y al Hijo.
2 Juan 1:7,
7 Porque muchos engañadores han salido por el mundo, que no confiesan que Jesucristo ha venido en carne. Quien esto hace es el engañador y el anticristo.
Claro, al abordar el tema de quién es un verdadero judío desde la perspectiva del apóstol Pablo, encontramos pasajes clave en su carta a los Romanos que desafían las concepciones tradicionales sobre la filiación espiritual y la relación con el pueblo de Dios.
En Romanos, Pablo presenta una visión más profunda y radical de la identidad del pueblo de Dios, más allá de la ascendencia genética o la observancia externa de la ley. Vamos a ver algunos pasajes clave que ayudan a entender lo que significa ser un “verdadero judío” desde la perspectiva del Nuevo Pacto en Cristo.
1. Romanos 2:28-29: La verdadera circuncisión
Pablo dice:
“Porque no es judío el que lo es exteriormente, ni es la circuncisión la que es exterior en la carne; sino que es judío el que lo es en lo interior, y la circuncisión es la del corazón, en espíritu, no en letra; lo cual no recibe alabanza de los hombres, sino de Dios”. (Romanos 2:28-29)
Aquí, Pablo redefine lo que significa ser un verdadero judío. Ser judío no se define por la descendencia genética ni por las prácticas externas como la circuncisión física. En lugar de eso, ser un verdadero judío es una cuestión del corazón, es ser una persona transformada internamente por el Espíritu Santo. La verdadera circuncisión, en este contexto, es la del corazón, un acto espiritual que implica la renuncia al pecado y la obediencia a Dios a través de la fe en Cristo. Este es un concepto que también se conecta con la promesa que Dios hizo a su pueblo en el Antiguo Testamento de que les daría un corazón nuevo (Ezequiel 36:26).
2. Romanos 9:6-8: La verdadera descendencia de Abraham
Pablo explica:
“No que la palabra de Dios haya fallado; porque no todos los que descienden de Israel son israelitas, ni por ser descendientes de Abraham son todos hijos suyos; sino: En Isaac te será llamada descendencia. Es decir, no los que son hijos según la carne son los hijos de Dios; sino que los que son hijos según la promesa son contados como descendientes”. (Romanos 9:6-8)
En este pasaje, Pablo aclara que la verdadera descendencia de Abraham no se determina por la carne, sino por la promesa. No todos los que son descendientes biológicos de Abraham son realmente parte del pueblo de Dios. Isaac, no Ismael, fue el hijo de la promesa, y así, solo los que tienen fe como la de Abraham (fe en Dios y en Su promesa) son los verdaderos descendientes de Abraham. Pablo está apuntando a un concepto que se desarrolla a lo largo de sus cartas: la verdadera descendencia de Abraham no es física, sino espiritual. Los que creen en Jesús, el Mesías prometido, son los verdaderos hijos de la promesa, como lo dice en Gálatas 3:29: “Y si vosotros sois de Cristo, ciertamente sois la simiente de Abraham, y herederos según la promesa”.
3. Romanos 4:11-12: Abraham como el padre de todos los que creen
Pablo también señala que Abraham es el padre espiritual de todos los que tienen fe, no solo de los judíos que siguen la ley. En Romanos 4:11-12, dice:
“Y recibió la señal de la circuncisión, como sello de la justicia de la fe que ya tenía, estando aún incircunciso; para que fuera padre de todos los que creen, aunque no estén circuncidados, a fin de que también a ellos les sea contada la justicia; y padre de la circuncisión, para los que no son sólo de la circuncisión, sino que también andan en las pisadas de la fe que tuvo nuestro padre Abraham antes de ser circuncidado”. (Romanos 4:11-12)
Este pasaje establece claramente que Abraham es el padre de todos los que creen, tanto de los judíos como de los gentiles. La circuncisión es mencionada como una señal externa de la fe que ya tenía Abraham, pero la verdadera justicia de Dios se recibe a través de la fe, no de las obras de la ley. Así, los gentiles que creen en Cristo son considerados parte de la descendencia de Abraham, al igual que los judíos que tienen fe en Jesús.
4. Romanos 11:16-24: La raíz y las ramas
En este pasaje, Pablo usa la analogía del olivo cultivado para describir la relación entre Israel y los gentiles en el plan de salvación de Dios:
“Si las primeras frutas son santas, también lo es la masa; y si la raíz es santa, también lo son las ramas. Pero si algunas de las ramas fueron quebradas, y tú, siendo olivo silvestre, has sido injertado en lugar de ellas, y has llegado a ser parte participante de la raíz y de la rica savia del olivo, no te jactes contra las ramas…” (Romanos 11:16-18)
Este pasaje ilustra cómo los “gentiles”, al creer en Cristo, son injertados en el pueblo de Dios, compartiendo la misma raíz de fe que los judíos, y cómo la fe, no la ascendencia física, es lo que determina la pertenencia al pueblo de Dios. El pueblo de Dios es compuesto por aquellos que tienen fe en Jesús, tanto judíos como gentiles, y son partícipes del pacto de gracia a través de Cristo.
Pablo, en su carta a los Romanos, expone con claridad que la verdadera identidad de un judío no se basa en la ascendencia genética ni en la observancia de la ley o ritos externos como la circuncisión, sino en la fe en Jesucristo. En Cristo, los creyentes, tanto judíos como gentiles, se convierten en hijos de Dios y herederos de las promesas del pacto. La fe en Cristo es lo que define verdaderamente al pueblo de Dios, y esta es la base para ser considerado un verdadero descendiente de Abraham.
Romanos 2:28,
28 Porque no es judío el que lo es exteriormente, ni es la circuncisión la que se hace exteriormente en la carne; 29 sino que es judío el que lo es en lo interior, y la circuncisión es la del corazón, en espíritu, no en letra; la alabanza del cual no viene de los hombres, sino de Dios.
¡Exacto! El pasaje que estás mencionando, junto con los anteriores, resalta un principio fundamental del Nuevo Pacto: la verdadera pertenencia al pueblo de Dios siempre ha dependido, no de la descendencia física ni de las prácticas externas como la circuncisión física, sino de la circuncisión del corazón. Esta es una transformación interna que ocurre cuando una persona pone su fe en Jesucristo, y recibe al Espíritu Santo. Es importante destacar que esto no es una novedad del Nuevo Testamento, sino que ya se encontraba profetizado en el Antiguo Testamento.
La circuncisión del corazón
En el Antiguo Testamento, Dios ya anticipó este cambio de enfoque hacia una transformación interna y espiritual. En Deuteronomio 30:6, Dios promete:
“Y circuncidará Jehová tu Dios tu corazón y el corazón de tu descendencia, para que ames a Jehová tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma, a fin de que vivas.” (Deuteronomio 30:6)
Este versículo muestra que la circuncisión del corazón siempre fue el verdadero propósito de la ley. No se trataba solo de un acto físico, sino de una transformación profunda del interior de la persona, que solo podría cumplirse a través de la fe en Jesucristo. Así que, desde el principio, la pertenencia al pueblo de Dios siempre ha sido una cuestión de fe y obediencia interna, no de una identidad física o genética.
La verdad sobre el linaje físico
Pablo deja claro en varios pasajes que el linaje físico (ser descendiente de Abraham, Isaac o Jacob) ya no tiene el mismo significado que tenía bajo el Antiguo Pacto. En Romanos 9:6-8, Pablo dice:
“No que la palabra de Dios haya fallado; porque no todos los que descienden de Israel son israelitas, ni por ser descendientes de Abraham son todos hijos suyos”. (Romanos 9:6)
Esto es una clarificación radical: ser parte del pueblo de Dios no depende de la ascendencia biológica, sino de la fe. Los descendientes de Abraham son aquellos que, como él, creen en las promesas de Dios. Por tanto, incluso los gentiles que ponen su fe en Cristo se convierten en parte de ese pueblo, herederos de las promesas.
Romanos 4:16-17,
16 Por tanto, es por fe, para que sea por gracia, a fin de que la promesa sea firme para toda su descendencia; no solamente para la que es de la ley, sino también para la que es de la fe de Abraham, el cual es padre de todos nosotros 17 (como está escrito: Te he puesto por padre de muchas gentes) delante de Dios, a quien creyó, el cual da vida a los muertos, y llama las cosas que no son, como si fuesen.
La unidad en Cristo: Judíos y gentiles en un solo cuerpo
Lo más importante es que, como bien mencionas, en Cristo ya no hay distinción entre judío y gentil. En Cristo, todos somos unidos en un solo cuerpo, el Cuerpo de Cristo, y eso trasciende cualquier distinción física o étnica. Como Pablo escribe en Gálatas 3:28:
“Ya no hay judío ni griego, no hay esclavo ni libre, no hay varón ni mujer, porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús.” (Gálatas 3:28)
Este versículo muestra la unidad espiritual que existe entre todos los creyentes, independientemente de su origen étnico, social o de género. La identidad del pueblo de Dios ahora está determinada solo por estar en Cristo. Esta es una realidad trascendental del Nuevo Pacto: todos los que creen en Cristo son un solo pueblo, sin importar su raza o nacionalidad.
La verdadera herencia en Cristo
Finalmente, la herencia del pueblo de Dios ya no está relacionada con un territorio físico (como la tierra prometida a Israel en el Antiguo Testamento), ni con la descendencia física. El Nuevo Pacto introduce una herencia espiritual mucho más grande: la vida eterna en Cristo, el Reino de Dios y todas las bendiciones espirituales en los lugares celestiales (Efesios 1:3).
Por lo tanto, la filiación de los creyentes se basa en su unión con Cristo y no en su identidad genética o cultural. La circuncisión del corazón, que solo ocurre por medio de la fe en Jesucristo, es lo que nos hace parte del pueblo de Dios y nos da acceso a todas las promesas del pacto eterno.
Conclusión
El cristianismo nos enseña que, en Cristo, todas las distinciones externas desaparecen, y todos los que creen forman un solo pueblo. No es la humanidad ni el linaje lo que define la verdadera pertenencia al pueblo de Dios, sino la fe en Cristo y la transformación interna a través del Espíritu Santo. La verdadera circuncisión es del corazón, y todos los que nacen de nuevo en el Espíritu son hijos de Dios, herederos del Reino de Dios, sin importar su origen físico o su cultura.
Gálatas 3:28-29,
28 No hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay hombre ni[a] mujer; porque todos sois uno en Cristo Jesús. 29 Y si sois de Cristo, entonces sois descendencia[b] de Abraham, herederos según la promesa.