El objetivo de convertirse en “Dios” es el centro de muchas religiones no cristianas.
5 Pues Dios sabe que el día que de él comáis, serán abiertos vuestros ojos y seréis como Dios, conociendo el bien y el mal.
— Genesis 3:5 (RV1960)
El origen del mal moral
La Biblia afirma de manera clara y consistente que Dios no es la fuente de la maldad que opera en el corazón humano o en el mundo espiritual. Aunque Dios permite el mal como parte de Su soberanía, Él no lo origina, no lo produce, no lo desea ni lo aprueba.
A continuación, se presenta una explicación bíblica extensa que demuestra este fundamento:
Dios es absolutamente santo y moralmente perfecto
La santidad de Dios es el fundamento principal para afirmar que el mal moral no procede de Él.
3 Y el uno al otro daba voces, diciendo: Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria.
— Isaías 6:3 (RV1960)
5 Este es el mensaje que hemos oído de él, y os anunciamos: Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas en él.
— 1 Juan 1:5 (RV1960)
Bueno y recto es Jehová; por tanto, él enseñará a los pecadores el camino.
— Salmo 25:8 (RV1960)
Él es la Roca, cuya obra es perfecta, porque todos sus caminos son rectitud; Dios de verdad, y sin ninguna iniquidad en él; es justo y recto.
— Deuteronomio 32:4 (RV1960)
La teología no nos conduce aquí a la claridad absoluta, sino a una reverente humildad ante un Dios que es infinitamente más grande que nuestras explicaciones, que guía la historia hacia su propósito final, y que en su misterio combina soberanía, justicia, libertad y redención de un modo que solo Él puede sostener y comprender plenamente.
Dios no tienta ni induce al mal. Tendremos que meditar un poco más en el origen y propósito del mal y por qué existe.
El Nuevo Testamento explica explícitamente que Dios no es la fuente del mal moral, ni siquiera de forma indirecta:
“Dios no puede ser tentado por el mal, ni Él tienta a nadie.”
— Santiago 1:13 (RV1960)
Esto significa:
Dios no desea que pequemos.
Dios no crea pensamientos pecaminosos.
Dios no induce a nadie a hacer el mal.
Dios no origina la corrupción moral interna.
El mal moral, entonces, surge del corazón de los hombres:
“Cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido.”
— Santiago 1:14 (RV1960)
La maldad proviene del abuso de esa libertad que Dios nos ha dado, no del carácter de Dios.
El mal moral y la decadencia comenzó en una criatura, no en el Creador, aunque sí sujetó a la criatura en vanidad para tener misericordia de todos.
Dios tampoco es el origen de la maldad humana.
31 Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera. Y fue la tarde y la mañana el día sexto.
— Génesis 1:31(RVR60)
Nada de lo “hecho” por Dios incluía maldad moral.
La entrada del pecado al mundo ocurrió por la desobediencia de Adán y Eva,
12 Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron.
— Romanos 5:12 (RVR60)
“Dios hizo al hombre recto, pero ellos buscaron muchas perversiones.”
— Eclesiastés 7:29 (RVR60)
La inclinación al mal por el corazón del hombre es producto de la rebelión humana, no del diseño de Dios.
Dios puede permitir el mal, pero no lo produce
Dios es soberano, pero Su soberanía no significa que Él origina la maldad. El propósito del bien y del mal tiene un cinto que será apretado a su debido tiempo: Cuando todo haya sido sometido a sus pies.
La Biblia muestra que Dios puede:
Permitir el mal (Job 1–2)
Dios limita el mal
13 No os ha sobrevenido ninguna tentación que no sea humana; pero fiel es Dios, que no os dejará ser tentados más de lo que podéis resistir, sino que dará también juntamente con la tentación la salida, para que podáis soportar.
— 1 Corintios 10:13 (RV1960)
Dios juzga el mal
10 Y el diablo que los engañaba fue lanzado en el lago de fuego y azufre, donde estaban la bestia y el falso profeta; y serán atormentados día y noche por los siglos de los siglos.
— Apocalipsis 20:10 (RV1960)
Dios puede redimirlo y transformarlo en bien
20 Vosotros pensasteis mal contra mí, mas Dios lo encaminó a bien, para hacer lo que vemos hoy, para mantener en vida a mucho pueblo.
— Génesis 50:20 (RV1960)
28 Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados.
— Romanos 8:28 (RV1960)
Pero jamás dice que Dios sea la causa o autor del mal moral.
Dios puede usar acciones malas para cumplir propósitos buenos, pero Él no es el agente que las ejecuta:
20 Vosotros pensasteis mal contra mí, mas Dios lo encaminó a bien, para hacer lo que vemos hoy, para mantener en vida a mucho pueblo.
— Génesis 50:20 (RV1960)
Dios usa el mal, pero no crea maldad, aunque sí creó al herrero que sopla las ascuas, al destruidor para destruir,
16 He aquí que yo hice al herrero que sopla las ascuas en el fuego, y que saca la herramienta para su obra; y yo he creado al destruidor para destruir.
— Isaías 54:16 (RV1960)
La frase en el versículo: “Y he creado al devastador para destruir”: introduce una verdad teológica contundente: Dios no solo es el autor de lo que consideramos constructivo, ordenado o “bueno”, sino también el soberano sobre aquellas fuerzas que operan con un propósito destructivo. Este pasaje reconoce explícitamente que Dios posee autoridad para levantar instrumentos de juicio, disciplina o derribo, y que incluso aquellos agentes que producen desolación existen dentro del marco de Su designio. Nada surge al margen de Él, ni siquiera aquello que irrumpe con apariencia caótica o amenazante.
Este enunciado no pretende atribuir maldad moral a Dios, sino afirmar que Él es el Señor absoluto de la historia: el que crea, el que sostiene y el que, cuando es necesario, desmantela, juzga o derriba. La Escritura presenta estas fuerzas destructivas no como entidades rebeldes que actúan fuera del alcance divino, sino como realidades subordinadas que, de maneras misteriosas pero precisas, cumplen una función dentro del propósito mayor de Dios.
Los temas que emergen de este versículo son centrales para la teología bíblica: la soberanía total de Dios, su gobierno providencial y su poder inquebrantable sobre todo lo creado. El texto declara que Dios no solo origina la existencia de todas las cosas, sino que también define su finalidad, su límite y su efecto. El universo no contiene zonas neutrales, ni poderes autónomos, ni fuerzas que puedan imponerse contra Su voluntad.
Así, el versículo enfatiza una verdad esencial: nada escapa al control del Creador. Incluso aquello que parece puramente destructivo, ya sean eventos históricos, agentes espirituales, o instrumentos de juicio, está integrado en Su plan divino, no como fines en sí mismos, sino como partes de un proceso más amplio que conduce hacia la justicia, la redención y la manifestación final de Su gloria. Lejos de presentar un mundo dividido entre poderes rivales, el versículo sostiene con fuerza que Dios es el Dios de todo: del inicio y del fin.
Como el sol que ilumina un diamante: si un lado proyecta sombra, la sombra no proviene del sol, sino del objeto.
Esta realidad está perfectamente alineada con la evaluación que hace el sabio en Eclesiastés:
“He aquí, solamente esto he hallado: que Dios hizo al hombre recto, pero ellos buscaron muchas perversiones.”
— Eclesiastés 7:29 (RVR60)
Este versículo es profundamente revelador, y al observarlo desde el hebreo, su significado se vuelve aún más rico y contundente. Cada una de sus partes ilumina el contraste entre el diseño original de Dios y la distorsión resultante del corazón humano.
1. “He aquí, esto he hallado”
La frase funciona como una declaración enfática. El autor no está compartiendo una opinión pasajera, sino la conclusión final de una búsqueda cuidadosa.
El término hebreo matzati (“he hallado”) sugiere un descubrimiento que viene después de un análisis profundo, casi como el veredicto al final de una larga investigación. En Eclesiastés, “hallar” no implica simplemente tropezar con una verdad, sino identificar un principio fundamental sobre la condición humana.
En otras palabras, el autor está diciendo:
“Después de examinar la realidad humana, esto es lo que definitivamente he comprendido.”
2. “que Dios hizo al hombre recto”
La palabra yashar —“recto”— significa derecho, alineado, íntegro, sin desviación.
Describe el estado moral y espiritual original del ser humano en su creación. El hombre no fue creado con inclinación al mal, a la corrupción o a la idolatría; fue hecho en armonía con Dios, en conformidad con Su voluntad, en comunión con Su verdad.
Este concepto coincide plenamente con Génesis 1:31:
“Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera.”
El propósito de Dios nunca fue la confusión moral, la distorsión espiritual o la idolatría; el desvío no proviene de Su diseño, sino de la voluntad humana.
3. “pero ellos buscaron”
Aquí aparece un contraste dramático y deliberado. La palabra hebrea hemah (“ellos”) es enfática y pone en oposición directa al ser humano con Dios. No dice “tropezaron” o “accidentalmente se desviaron”, sino biqshu, un verbo que implica búsqueda activa, intención persistente, esfuerzo continuado.
La humanidad, colectivamente, ha perseguido caminos alternativos. No son accidentes morales; son decisiones. No son desviaciones inocentes; son búsquedas intencionales. Esta pluralidad del sujeto enfatiza la universalidad del problema: ninguna persona, cultura o generación ha quedado exenta de esta tendencia.
4. “muchas perversiones”
La frase en hebreo es rica y compleja.
El término hashabon literalmente significa “cálculos”, “razonamientos”, “invenciones”, incluso “estratagemas”. Proviene de una raíz que abarca el acto de pensar, trazar planes, tramar, diseñar y fabricar. A menudo se utiliza para describir pensamientos desviados, planes autodestructivos, o artificios humanos que pretenden reemplazar la sabiduría de Dios.
El adjetivo rabim (“muchos”)no solo indica cantidad, sino multitud, variedad, complejidad. La desviación humana no es simple; es creativa, prolífica, inagotable. La humanidad inventa innumerables caminos alternos, innumerables ídolos, innumerables filosofías, innumerables excusas —todo para evitar la verdad de Dios.
En esencia, la frase significa:
“Dios creó al ser humano directo, alineado, pero el hombre ha ideado para sí mismo una multitud interminable de desvíos.”
El contraste final: diseño divino vs. distorsión humana
Cuando ponemos todas las partes juntas, el versículo presenta un contraste monumental:
Dios: crea rectitud, orden, verdad, claridad, integridad.
El hombre: fabrica desvíos, complicaciones, racionalizaciones, idolatrías, distorsiones.
El ser humano, hecho para caminar en la luz, busca caminos tortuosos; hecho para vivir en la verdad, prefiere la mentira; hecho para adorar a Dios, levanta ídolos. Y así surge la idolatría: no de una falla en el diseño divino, sino de una voluntad humana que se aparta del Dios que la creó recta.
Por eso la idolatría es tan profunda: no es simplemente adorar algo equivocado, sino desalinear el corazón del diseño para el cual fue creado.
Contexto dentro de Eclesiastés
Eclesiastés 7 forma parte de una sección sapiencial donde el Maestro reflexiona sobre la naturaleza moral del ser humano y su incapacidad para encontrar justicia perfecta en un mundo caído. El capítulo trata extensamente la tensión entre sabiduría, pecado y limitaciones humanas (7:15–29).
29 He aquí, solamente esto he hallado: que Dios hizo al hombre recto, pero ellos buscaron muchas perversiones.
— Eclesiastés 7:29 (RV1960)
La idea central es la desviación moral humana no se debe a un defecto en la creación de Dios, sino a la corrupción introducida posteriormente por el hombre mismo. Esto prepara el argumento del tema: El ser humano vive “bajo el sol” en un estado de frustración moral que proviene de su alejamiento del diseño divino.
Aunque Eclesiastés nunca menciona explícitamente la caída del hombre en Génesis 3, este versículo refleja claramente su trasfondo teológico.
“Buscar muchas perversiones” alude a la capacidad humana de racionalizar, justificar y multiplicar actitudes pecaminosas y nos apunta a la universalidad del pecado:
10 Como está escrito: No hay justo, ni aun uno;
11 no hay quien entienda, no hay quien busque a Dios;
12 todos se apartaron, a una fueron hechos inútiles; no hay quien haga lo bueno, no hay ni aun uno;
— Romanos 3:10–12 (LBLA)
La palabra “buscar” implica agencia humana: el mal no viene de Dios y en el marco del Antiguo Testamento, este versículo se relaciona coherentemente con la perversidad y que todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo mal.
5 Y vio Jehová que la maldad de los hombres era mucha en la tierra, y que todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal.
— Génesis 6:5 (RV1960)
9 Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?
— Jeremías 17:9 (RV1960)
2 El SEÑOR miró desde los cielos sobre los hijos de los hombres, por ver si había algún entendido, que buscara a Dios.
3 Todos declinaron, juntamente, se han corrompido; no hay quien haga bien, no hay ni siquiera uno.
— Salmo 14:2–3 (JBS)
La responsabilidad humana y soberanía divina
El texto afirma simultáneamente la bondad de Dios y la libertad del hombre y excluye cualquier teología que haga a Dios responsable del mal moral. Atribuye plenamente al ser humano la desviación y sus consecuencias.El pasaje en Eclesiastés arroja luz sobre la condición del hombre: El ser humano fue creado con capacidad moral, discernimiento, deseo de obedecer, y orientación hacia el bien. Esta visión coincide con la antropología bíblica clásica previa a la caída.
Desviación posterior
El texto señala la corrupción humana, y busca caminos apartados de Dios. El hombre inventa sus propios sistemas morales y religiosos, y racionaliza su pecado como justificación de nuestras acciones.
El origen del mal moral
La verdad esencial proclamada en la Revelación divina que absolutamente todo tiene su origen último en Dios, como declara el apóstol Pablo,
36 Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos. Amén.
— Romanos 11:36 (RV1960)
Esto siempre ha resultado incómodo para muchos dentro de la fe cristiana. Esta idea, tan contundente y absoluta, provoca resistencia porque confronta nuestra manera natural de entender a Dios y el funcionamiento del mundo. Ante esta incomodidad, numerosos creyentes han intentado suavizar su impacto argumentando que tal afirmación “no encaja” con la sensibilidad espiritual o con la imagen de un Dios completamente separado del mal.
¿Cómo podría existir el mal si Dios, siendo la causa primera de todo lo que existe, no hubiese permitido, previsto o inscrito en su diseño la posibilidad misma de su aparición?
En consecuencia, esta reflexión nos conduce a un punto decisivo dentro del pensamiento teológico: el problema del mal no puede resolverse mediante una simple transferencia de responsabilidad hacia Satanás, como si el diablo operara al margen de la soberanía divina o como si existiera un segundo principio autónomo capaz de rivalizar con Dios. Tal explicación, aunque cristianamente cómoda, se desmorona ante una consideración seria de la doctrina cristiana de la creación, la providencia y la soberanía de Dios.
Por eso, este tema exige un enfoque más profundo y complejo. Nos lleva a considerar la soberanía absoluta de Dios, no como una noción abstracta, sino como una verdad que abarca cada ámbito de la realidad: tanto lo que percibimos como bueno, como aquello que se nos presenta oscuro, doloroso o incomprensible.
Lejos de ofrecernos respuestas simplistas, esta perspectiva nos invita a contemplar a Dios tal como se revela en las Escrituras: un Dios cuya trascendencia supera nuestras categorías, cuya providencia se extiende sobre todas las cosas y cuya obra abarca incluso aquello que, desde nuestra comprensión limitada, resulta más difícil de aceptar.
La teología no nos conduce aquí a la claridad absoluta, sino a una reverente humildad ante un Dios que es infinitamente más grande que nuestras explicaciones, que guía la historia hacia su propósito final, y que en su misterio combina soberanía, justicia, libertad y redención de un modo que solo Él puede sostener y comprender plenamente.
La creación puede manifestar la grandeza del poder y la sabiduría de Dios; pero su amor, su misericordia y su gracia solo pueden mostrarse plenamente donde existe la necesidad de perdón y restauración. No puede haber un Salvador sin la existencia del pecado. No puede haber reconciliación sin la presencia previa de enemistad. Solo en un mundo donde el odio, la rebeldía y la separación son realidades, puede revelarse la profundidad del amor divino que busca sanar, redimir y reconciliar.
Por eso afirma Pablo: “Dios encerró a todos en desobediencia, para tener misericordia de todos” (Romanos 11:32). No se trata de que Dios cause el pecado ni lo apruebe moralmente, sino de que lo incorpora dentro de un plan redentor que lo trasciende y lo vence.
El mal no es un accidente histórico ni una derrota inesperada; es una realidad que Dios permitió en su soberanía para desplegar aspectos de su gloria que la creación inocente jamás habría podido manifestar.
Así, lejos de poner en duda la perfección divina, la existencia del adversario y del pecado se convierte en un testimonio de un propósito eterno que abraza, dirige y finalmente transforma todas las cosas conforme a la voluntad soberana de Dios.
Este es un punto clave en la teología natural, Dios es justo; el ser humano es quien introduce la injusticia. La multiplicidad del mal moral que inculpa una desviación inicial, produce innumerables desviaciones secundarias ya que la corrupción moral humana es progresiva y diversificada.
Si fuéremos infieles, él permanece fiel;
Él no puede negarse a sí mismo.
— 2 Timoteo 2:13 (RV1960)
15 para anunciar que el SEÑOR mi fortaleza es recto; y que no hay injusticia en él.
— Salmo 92:15 (JBS)
Dios juzga el mal moral porque Él no lo originó… Dios juzga el pecado, lo cual sería imposible si Él fuera quien lo creó.
20 El alma que pecare, esa morirá; el hijo no llevará la iniquidad del padre, ni el padre llevará la iniquidad del hijo; la justicia del justo será sobre él, y la impiedad del impío será sobre él.
Ezequiel 18:20 (JBS)
23 Porque la paga del pecado es muerte; mas la gracia de Dios es vida eterna en Cristo Jesús, Señor nuestro.
— Romanos 6:23 (JBS)
El hecho de que Dios condene el mal demuestra que Él no es su fuente.
Un juez no castiga lo que él mismo origina; castiga lo que se opone a su carácter y ley.
Para que Dios creara el mal moral tendría que cesar de ser santo, lo cual es imposible, Dios solo puede actuar conforme a Su carácter perfecto.
