Su Fundamento

Oír no es lo mismo que escuchar (Parte 1)

Oír y escuchar: una distinción esencial

En el lenguaje bíblico y espiritual, oír y escuchar no son sinónimos. La distinción entre oír y escuchar no es meramente semántica, sino espiritual. 

Oír es la capacidad física que Dios ha dado al ser humano para percibir sonidos mediante los sentidos. Es una facultad natural, automática y, en muchos casos, pasiva. Escuchar, en cambio, implica un acto voluntario y consciente: requiere atención, disposición interior, discernimiento y obediencia.

Deuteronomio 6:4,

4 Oye, Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová uno es.

La complejidad de escuchar radica en la intencionalidad. Mientras que el oído es un portal abierto, el “corazón que escucha”, requiere concentración y una entrega absoluta al objeto de nuestra atención. 

1 Reyes 3:9,

9 Da, pues, a tu siervo corazón entendido para juzgar a tu pueblo, y para discernir entre lo bueno y lo malo; porque ¿quién podrá gobernar este tu pueblo tan grande?

La Escritura constantemente hace esta distinción cuando declara: “El que tiene oídos para oír, oiga” (Mateo 11:15). Jesús no estaba cuestionando la capacidad auditiva de sus oyentes, sino su disposición espiritual para recibir, entender y responder a la verdad.

Escuchar es más profundo que oír porque involucra el corazón. No se limita a captar información, sino que exige concentración, humildad y aplicación. Por eso, muchos oyen la Palabra de Dios, pero pocos la escuchan verdaderamente.

Isaías 6:9–10, 

9 Y dijo: Anda, y di a este pueblo: Oíd bien, y no entendáis; ved por cierto, mas no comprendáis. 10 Engruesa el corazón de este pueblo, y agrava sus oídos, y ciega sus ojos, para que no vea con sus ojos, ni oiga con sus oídos, ni su corazón entienda, ni se convierta, y haya para él sanidad.

Mateo 13:13–15,

13 Por eso les hablo por parábolas; porque viendo no ven, y oyendo no oyen, ni entienden.

14 De manera que se cumple en ellos la profecía de Isaías, que dice: De oído oiréis, y no entenderéis; y viendo veréis, y no miraréis.

15 Porque el corazón de este pueblo está engrosado, y con los oídos oyen pesadamente, y con sus ojos guiñan; para que no vean con los ojos, y oigan con los oídos, y del corazón entiendan, y se conviertan, y yo los sane.

La reverencia debida al mensaje 

La verdadera misión del ministerio no es impresionar, sino iluminar: unir sabiduría, pensamiento, armonía, emoción y razonamiento, todos encendidos por el fuego del Espíritu Santo en el corazón del hombre, y a través de su palabra,

Jeremías 23:29,

29 ¿No es mi palabra como fuego, dice Jehová, y como martillo que quebranta la piedra?

Jeremías 20:9,

9 Y dije: No me acordaré más de él, ni hablaré más en su nombre. Pero, fue en mi corazón como un fuego ardiente y metido en mis huesos; trabajé por sufrirlo, y no pude.

 Lucas 24:32,

32 Y decían el uno al otro: ¿No ardía nuestro corazón en nosotros, mientras nos hablaba en el camino, y cuando nos abría las Escrituras?

La verdadera misión es sabiduría, pensamiento, armonía, emoción, razonamiento; todos los atributos del hombre encendidos con el fuego de Dios en el corazón de los hombres.

Cuando tratamos con la Palabra de Dios y con las cosas espirituales, estamos pisando terreno santo. Este no es un espacio para la exaltación personal, la autosuficiencia intelectual ni la vanagloria ministerial. La revelación divina no necesita ser adornada por el ego humano. No es el envase lo que da valor a la joya, ni el lugar lo que define al hombre. Llega un punto en la madurez espiritual en el que podemos decir con honestidad: “Hubo un tiempo en que yo pensaba que enseñaba la Biblia; hoy es la Biblia la que me enseña a mí.”

La advertencia bíblica es clara: “¿Quién es ese que oscurece el consejo con palabras sin sabiduría?” (Job 38:2)

Cómo juzgar revelación

¿Juzgar la Palabra o ser Juzgados por Ella?

Es un axioma común en la iglesia decir: “Debemos juzgar toda revelación a la luz de la Palabra”. En teoría, es una verdad bíblica; en la práctica, suena bonito, es frustrante, pero suele ser una trampa del ego. Con frecuencia, no juzgamos la revelación según la Escritura, sino según nuestro entendimiento finito, nuestro prejuicio, y nuestras tradiciones prefabricadas. 

1 Tesalonicenses 5:21,

21 Examinadlo todo; retened lo bueno.

1 Corintios 14:29,

29 Asimismo, los profetas hablen dos o tres, y los demás juzguen.

Hechos 17:11,

11 Y estos eran más nobles que los que estaban en Tesalónica, pues recibieron la palabra con toda solicitud, escudriñando cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así.

Cuando hacemos esto, caemos en una presunción peligrosa: medimos a Dios con una regla finita, y sometemos la revelación divina a nuestros marcos doctrinales, culturales o intelectuales. Así, sin darnos cuenta, resistimos la Palabra de Dios en nombre de nuestra interpretación de ella,

Marcos 7:6–8,

6 Respondiendo él, les dijo: Hipócritas, bien profetizó de vosotros Isaías, como está escrito:

Este pueblo de labios me honra,

Mas su corazón está lejos de mí.

7 Pues en vano me honran,

Enseñando como doctrinas mandamientos de hombres.

8 Porque dejando el mandamiento de Dios, os aferráis a la tradición de los hombres: los lavamientos de los jarros y de los vasos de beber; y hacéis otras muchas cosas semejantes.

La Biblia nos muestra que grandes hombres de Dios recibieron revelaciones que no podían ser evaluadas únicamente desde la comprensión humana o doctrinal de su tiempo. Abraham, llamado a salir sin saber a dónde iba (Génesis 12:1–4; Hebreos 11:8), y Ezequiel, confrontado con visiones que desbordaban la lógica religiosa de Israel (Ezequiel 1–3), son ejemplos claros de que la revelación no siempre encaja cómodamente en los esquemas previos del entendimiento humano.

La revelación no siempre es “comprensible” para el intelecto educado y humano. La Palabra es el único juez de la Palabra. El entendimiento humano puede juzgar ideas humanas, pero cuando el Espíritu profiere un “Así dice el Señor”, esa palabra solo puede ser discernida por el Espíritu. 

1 Corintios 2:14,

14 Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente.

La Separación entre el Alma y el Espíritu

Proverbios 3:5, 

5 Fíate de Jehová de todo tu corazón,

Y no te apoyes en tu propia prudencia.

La Palabra juzga la Palabra

El entendimiento es una función del alma (psique), la cual integra la mente, la voluntad y las emociones, y por más brillante que sea, el alma es carnal y finita. Aun la mente más profunda no puede comprender plenamente la naturaleza, el carácter y los caminos de Dios, es incapaz de aprehender la esencia del Creador.

Isaías 55:8–9,

8 Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos, dijo Jehová. 9 Como son más altos los cielos que la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vuestros pensamientos.

La Mente piensa, se nutre de los sentidos y la lógica. Es útil para navegar el mundo, pero limitada para el Reino de Dios. La mente carnal puede analizar lo natural; solo el espíritu puede conocer lo espiritual. La mente especula; el espíritu conoce. Son funciones distintas dentro de nuestra existencia. Existe una conciencia interior del alma, ligada a los sentidos y al razonamiento, y existe una conciencia interior del espíritu, que percibe a Dios y responde a Su voz.

Pablo lo expresa con claridad y brillantez en la carta a los corintios:

1 Corintios 2:9–15,

9 Antes bien, como está escrito:

Cosas que ojo no vio, ni oído oyó,

Ni han subido en corazón de hombre,

Son las que Dios ha preparado para los que le aman.

10 Pero Dios nos las reveló a nosotros por el Espíritu; porque el Espíritu todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios. 11 Porque ¿quién de los hombres sabe las cosasdel hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Así tampoco nadie conoció las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios. 

12 Y nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que proviene de Dios, para que sepamos lo que Dios nos ha concedido, 13 lo cual también hablamos, no con palabras enseñadas por sabiduría humana, sino con las que enseña el Espíritu, acomodando lo espiritual a lo espiritual.

14 Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente. 15 En cambio el espiritual juzga todas las cosas; pero él no es juzgado de nadie.

Existe una distinción operativa fundamental

La Mente piensa, se nutre de los sentidos humanos y la lógica. Es útil para navegar el mundo, pero limitada para el Reino espiritual.

Como se detalla en 1 Corintios 2:9-15, las cosas que ojo no vio ni oído oyó son reveladas por el Espíritu. Por lo tanto, el alma debe estar en sujeción al espíritu humano, y este, a su vez, gobernado por el Espíritu Santo. Esta jerarquía es peligrosa para el sistema humano porque la guía del Espíritu suele parecer locura o riesgo (como les ocurrió a los profetas), pero es el único camino hacia la verdad.

Sin embargo, la alternativa no es más segura. Confiar en el propio entendimiento es, en realidad, el mayor riesgo espiritual.

La inmutabilidad de Ego eimi

“Ego eimi” (ἐγώ εἰμί) es una frase griega que significa literalmente “Yo soy”.

Proviene del griego koiné, el idioma del Nuevo Testamento. Está formada por ego (ἐγώ) = “yo” y eimi (εἰμί) = “soy/estoy”.

Eta es la forma en que Jesús se identifica a sí mismo en varios pasajes del Evangelio:

Juan 8:58,

58 Les dijo Jesús: De cierto, de cierto os digo: Antes que Abraham fuera, YO SOY.

Juan 6:35,

35 Y Jesús les dijo: YO SOY el pan de vida; el que a mí viene, nunca tendrá hambre; y el que en mí cree, no tendrá sed jamás.

Su uso tiene eco del nombre de Dios en Éxodo 3:14, donde Dios se revela a Moisés como “Yo soy el que soy” (hebreo: Ehyeh Asher Ehyeh).

Éxodo 3:14,

14 Y respondió Dios a Moisés: YO SOY El que Soy. Y dijo: Así dirás a los hijos de Israel: YO SOY (YHWH) me ha enviado a vosotros.

Por eso, cuando Jesús dice “Ego eimi”, no es solo una afirmación de identidad personal: es una declaración de su divinidad y eternidad. “Ego eimi” = “Yo soy”, una frase simple en griego, pero cargada de revelación divina y autoridad espiritual en el contexto bíblico, él es nuestro Jesús.

Juan 18:4-5,

4 Pero Jesús, sabiendo todas las cosas que habían de venir sobre él, salió delante, y les dijo: ¿A quién buscáis?

5 Le respondieron: A Jesús Nazareno. Les dice Jesús: YO SOY (Y estaba también con ellos Judas, el que le entregaba.)

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