“Pues Moisés escribe que el hombre que practica la justicia que es de la ley, vivirá por ella”.
Romanos 10:5
Existe hoy, en diversos sectores del cristianismo, una tendencia que persiste en cobijarse bajo el manto de la Ley. No sugiero, en lo absoluto, que la Ley posea una naturaleza íntimamente negativa; sin embargo, para tener una doctrina teológicamente sana, es importante comprender su función y sus límites. Debemos recordar que antes de la presencia de Dios en el monte Sinaí, la Ley, en su forma de tablas de piedra, no existía como régimen administrativo para el hombre.
El Alcance de la Estructura Legal
Frecuentemente cometemos el error de reducir la Ley a los Diez Mandamientos. En esencia, cada una de estas normas es una derivación de los principios establecidos en el Decálogo, diseñados para marcar los límites de la santidad divina frente a la conducta humana.
Cuando afirmamos que antes de Moisés no existía la ley, nos referimos específicamente a la ley mosaica, es decir, a las tablas de piedra entregadas en el Sinaí (Éxodo 20). Ahora bien, es crucial recordar algo que con frecuencia se pasa por alto: los Diez Mandamientos no constituyen la totalidad de la ley.
La ley, en su forma completa, o el sistema legal mosaico incluye centenares de mandamientos, estatutos y ordenanzas, tradicionalmente identificados como 613 preceptos, que incluyen prohibiciones y mandatos, que, en esencia, derivan directa o indirectamente de los Diez Mandamientos o de los límites y estructuras que Dios estableció para Israel como pueblo del pacto (cf. Deuteronomio 6–26).
Estos 613 mandamientos, son las leyes fundamentales de la Torá (Antiguo Testamento) en el judaísmo. Consisten en 248 mandamientos positivos ((acciones que se deben realizar). y 365 prohibiciones negativas (prohibiciones).
Mateo 5:17 (NBLA),
17No piensen que he venido para poner fin a la ley o a los profetas; no he venido para poner fin, sino para cumplir.
Cuando Jesús declaró “No penséis que he venido para abrogar la ley, sino para cumplirla”, no estaba validando la perpetuidad de un sistema de obras, sino anunciando que Él era la culminación de este.
Jesucristo, el Cumplimiento de la Sombra
El verdadero problema es que muchos no comprenden qué significa realmente “cumplir”. Y aquí es donde debemos cambiar nuestra forma de pensar. Debemos ver a Cristo como el objetivo final de cada ceremonia y festividad. Desde la Pascua, donde Él es identificado como nuestro Cordero (1 Corintios 5:7), hasta el Día de la Expiación y la Fiesta de los Tabernáculos, cada ceremonia y rito apunta a Su Persona. Algunos tuvieron un cumplimiento histórico durante Su ministerio terrenal, y otros poseen un cumplimiento profético futuro.
Cuando examinamos cuidadosamente las ceremonias, las fiestas solemnes y los sacrificios prescritos en la ley, descubrimos un patrón inequívoco: todos apuntan a Cristo. Las fiestas bíblicas, la Pascua, Pentecostés, el Día de la Expiación, la Fiesta de los Tabernáculos, no eran fines en sí mismas. Eran sombras proféticas que señalaban a una realidad mayor,
Colosenses 2:16–17,
16 Por tanto, nadie os juzgue en comida o en bebida, o en cuanto a días de fiesta, luna nueva o días de reposo, 17 todo lo cual es sombra de lo que ha de venir; pero el cuerpo es de Cristo.
Por eso el Nuevo Testamento afirma sin ambigüedades que Cristo es nuestra Pascua,
1 Corintios 5:7,
7 Limpiaos, pues, de la vieja levadura, para que seáis nueva masa, sin levadura como sois; porque nuestra pascua, que es Cristo, ya fue sacrificada por nosotros.
Algunas de estas fiestas tuvieron un cumplimiento histórico en la primera venida de Jesús, mientras que otras contienen elementos de cumplimiento futuro, vinculados al desarrollo del plan profético de Dios.
Incluso los sacrificios, incluido el holocausto, ofrecido por completo a Dios, encuentran su pleno significado en Cristo, quien se ofreció a sí mismo sin mancha al Padre. Así, cuando decimos que Jesús cumplió la ley, debemos entender que cumplió cada sombra, cada figura y cada tipo que la ley contenía.
Hebreos 9:14,
14 ¿cuánto más la sangre de Cristo, el cual mediante el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios, limpiará vuestras conciencias de obras muertas para que sirváis al Dios vivo?
El tabernáculo: una revelación tipológica de Cristo
Este principio se vuelve aún más evidente cuando estudiamos el tabernáculo en el desierto. Desde las cortinas de lino fino hasta el mobiliario interior, desde la madera de acacia hasta el oro puro, todo tenía un significado. En todo el diseño del Tabernáculo encontramos Su huella:
La madera, de acacia material perecedero, apunta a la humanidad de Cristo; el oro, a su divinidad. Las medidas, proporciones y disposiciones no eran arbitrarias: cada detalle señalaba a Él (Éxodo 25–30).
Dios encargó la construcción del tabernáculo a hombres específicos, a quienes dotó de un espíritu especial de sabiduría y habilidad,
Éxodo 31:1–6,
1 Habló Jehová a Moisés, diciendo: 2 Mira, yo he llamado por nombre a Bezaleel hijo de Uri, hijo de Hur, de la tribu de Judá; 3 y lo he llenado del Espíritu de Dios, en sabiduría y en inteligencia, en ciencia y en todo arte, 4 para inventar diseños, para trabajar en oro, en plata y en bronce, 5 y en artificio de piedras para engastarlas, y en artificio de madera; para trabajar en toda clase de labor. 6 Y he aquí que yo he puesto con él a Aholiab hijo de Ahisamac, de la tribu de Dan; y he puesto sabiduría en el ánimo de todo sabio de corazón, para que hagan todo lo que te he mandado;
Sin embargo, nada de lo hecho por manos humanas estaba destinado a ser permanente. El libro de Hebreos nos recuerda que Moisés recibió una advertencia solemne: Mira —dijo—haz todas las cosas conforme al modelo que te fue mostrado en el monte.
Hebreos 8:5,
5 los cuales sirven a lo que es figura y sombra de las cosas celestiales, como se le advirtió a Moisés cuando iba a erigir el tabernáculo, diciéndole: Mira, haz todas las cosas conforme al modelo que se te ha mostrado en el monte.
¿Por qué tanta precisión?
Porque ese modelo terrenal reflejaba una realidad celestial. Aunque este tema entra en el terreno del misterio de Dios, la Escritura sugiere que el tabernáculo terrenal era una representación de algo que existe en una dimensión que trasciende nuestra comprensión actual,
Hebreos 9:23–24,
23 Fue, pues, necesario que las figuras de las cosas celestiales fuesen purificadas así; pero las cosas celestiales mismas, con mejores sacrificios que estos. 24 Porque no entró Cristo en el santuario hecho de mano, figura del verdadero, sino en el cielo mismo para presentarse ahora por nosotros ante Dios;
No es especulación innecesaria, sino una afirmación bíblica cuidadosamente expresada, Moisés debía seguir un patrón exacto, pues el tabernáculo terrenal era solo una sombra de la realidad celestial. Quizás esa realidad existe en dimensiones paralelas que la ciencia apenas comienza a intuir, pero lo cierto es que lo hecho por manos humanas nunca fue destinado a permanecer.
La ley como ayo – Tutor (Paidagogos): Su propósito y su límite
La clave de nuestra libertad se encuentra en Gálatas 3:23-25. Antes de la llegada de la fe, estábamos custodiados por la Ley, confinados a la espera de la revelación venidera. Pablo utiliza el término “ayo” (del griego paidagogos), que era el tutor encargado de guiar al niño hasta su madurez. Pablo lo explica magistralmente en Gálatas:
Gálatas 3:23–25,
23 Pero antes que viniese la fe, estábamos confinados bajo la ley, encerrados para aquella fe que iba a ser revelada. 24 De manera que la ley ha sido nuestro ayo, para llevarnos a Cristo, a fin de que fuésemos justificados por la fe. 25 Pero venida la fe, ya no estamos bajo ayo,
Este pasaje suele ser motivo de tropiezo para muchos. Pero el argumento es claro: si la ley continúa ejerciendo su función original hoy en día, entonces su propósito no se ha cumplido. Y Pablo afirma exactamente lo contrario: la ley cumplió su función al conducirnos a Cristo.
Si la Ley sigue vigente como medio de relación con Dios, entonces su propósito ha fallado. Pero la Escritura es clara: la Ley cumplió su función al llevarnos a los pies de Cristo para ser justificados por la fe. Una vez que la fe ha llegado, el tutor ya no es necesario.
Por eso insisto: no se trata de despreciar la ley, sino de entender su lugar correcto en el plan de Dios. Cuando este punto no se comprende, personas bien intencionadas terminan manipulando las Escrituras y confundiendo a otros, sin darse cuenta de que están mezclando pactos que Dios nunca quiso mezclar.
Aquellos que intentan mezclar ambos sistemas, aunque sean bienintencionados, terminan oscureciendo la claridad del Evangelio,
Gálatas 2:16,
16 sabiendo que el hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe de Jesucristo, nosotros también hemos creído en Jesucristo, para ser justificados por la fe de Cristo y no por las obras de la ley, por cuanto por las obras de la ley nadie será justificado.
Contraste entre la Exigencia vs. Imputación
En Juan 1:16-17 encontramos el contraste definitivo:
16 Porque de su plenitud tomamos todos, y gracia sobre gracia. 17 Pues la ley por medio de Moisés fue dada, pero la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo.
Aquí se revela un contraste fundamental entre dos sistemas. Esta es la distinción vital que debemos abrazar: Aquí se revela un contraste fundamental entre dos sistemas: La ley exige justicia, la gracia imputa justicia.
Bajo la Ley (Exigencia): Dios demandaba obediencia: “haz”, “no hagas”. Era un sistema de “haz esto y vivirás”. La justicia debía ser alcanzada mediante la acción humana. Bajo la gracia, en cambio, la justicia no se exige: se concede por medio de la fe en Cristo.
Romanos 4:5,
5 mas al que no obra, sino cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia.
La bendición estaba condicionada a la obediencia perfecta, y la desobediencia acarreaba maldición inmediata (Deuteronomio 28). Incluso hoy, algunos maestros judíos reconocen que el exilio es, para muchos de ellos, la consecuencia de no haber podido cumplir con la demanda divina.
Bajo la Gracia (Imputación): En lugar de exigir justicia a un hombre incapaz de darla, Dios imputa (acredita) la justicia de Cristo al creyente mediante la fe.
Las Obras como Fruto, no como Raíz
Es vital distinguir entre las “obras de la ley” y las “buenas obras” de las que habla Pablo. Las primeras son esfuerzos humanos de la carne para apaciguar a Dios, lo cual es, francamente, una necesad, apostasía; las segundas son el subproducto natural del Espíritu Santo operando en nosotros
Efesios 2:10,
10 Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas.
La Ley no podía otorgar virtud; solo podía diagnosticar nuestra insuficiencia. Pero bajo la Gracia, todo descansa en la obra consumada de Cristo. No hay espacio para un “sí, pero…”. El punto final de la salvación se colocó en la Cruz.
Bendición y maldición: el marco legal
Bajo la ley, la bendición estaba condicionada a la obediencia, y la maldición era consecuencia directa de la desobediencia (Deuteronomio 28). Este principio sigue siendo reconocido incluso por maestros judíos que admiten vivir bajo lo que llaman “exilio divino”, precisamente por no haber cumplido la ley.
Ese es el sistema legal. Pero ese no es el evangelio.
Pablo de Tarso era un judío devoto de nacimiento y religión, identificándose como fariseo de la tribu de Benjamín, quien observaba estrictamente la Ley. Criado en una familia piadosa y educado bajo la tutela de Gamaliel, inicialmente persiguió a los primeros cristianos antes de experimentar una transformación, pero mantuvo su identidad como “hebreo de hebreos” a lo largo de su vida.
Filipenses 3:4-6,
4 Aunque yo tengo también de qué confiar en la carne. Si alguno piensa que tiene de qué confiar en la carne, yo más: 5 circuncidado al octavo día, del linaje de Israel, de la tribu de Benjamín, hebreo de hebreos; en cuanto a la ley, fariseo; 6 en cuanto a celo, perseguidor de la iglesia; en cuanto a la justicia que es en la ley, irreprensible.
Y aquí es donde sus escritos brillan con una claridad extraordinaria. Un hombre profundamente formado en la ley judía, que, tras encontrarse con Cristo, pudo explicar como pocos que la ley jamás pudo imputar justicia. Su función era revelar la incapacidad humana, no producir virtud.
La ley decía: “cumple y vive”. Cristo dice: “terminado es”.
Juan 19:30,
30 Cuando Jesús hubo tomado el vinagre, dijo: Consumado es. Y habiendo inclinado la cabeza, entregó el espíritu.
Ese es el punto final. No hay “sí, pero…”. Bajo la gracia, todo descansa en, por y a través de la obra consumada de Cristo.
