Su Fundamento

Surgirán falsos profetas (Parte 2)

Decadencia Moral

Jeremías 6:14,

14 Y curan el quebrantamiento de la hija de mi pueblo con liviandad, diciendo: Paz, paz; y no hay paz.

Los falsos profetas no establecen relación alguna entre la decadencia moral y la calamidad nacional. Desvían la atención hacia otros factores, sociales, políticos, militares o económicos, ignorando la raíz espiritual del problema. De este modo, invalidan el llamado al arrepentimiento y perpetúan la ceguera espiritual.

Este mismo principio fue señalado por el profeta Isaías. Ambas casas de Israel en su apostasía, e idolatría recurrieron a espiritistas y adivinos en busca de guía, palabras de consuelo en lugar de consultar al Dios vivo. La respuesta de Dios es contundente:

Isaías 8:19-20,

19 Y si os dijeren: Preguntad a los encantadores y a los adivinos, que susurran hablando, responded: ¿No consultará el pueblo a su Dios? ¿Consultará a los muertos por los vivos? 20 ¡A la ley y al testimonio! Si no dijeren conforme a esto, es porque no les ha amanecido.

Dios establece aquí un criterio absoluto: toda revelación debe someterse a la ley y al testimonio, es decir, a la Palabra ya revelada. Cualquier mensaje que no armonice con ella carece de luz y verdad. Esto anticipa el principio apostólico expresado por Pablo: “Aun si nosotros, o un ángel del cielo, os anunciare otro evangelio… sea anatema”.

Gálatas 1:8,

8 Mas si aun nosotros, o un ángel del cielo, os anunciare otro evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema.

Así, la Escritura presenta una línea clara de discernimiento: el verdadero profeta conduce a una obediencia más profunda a Dios y a su ley; el falso profeta desvía, minimiza el pecado y ofrece una espiritualidad sin arrepentimiento. El criterio final no es el carisma, ni los prodigios, sino la fidelidad al carácter y a la Palabra del Dios verdadero.

¡A la ley y al testimonio! Si no hablan conforme a esta palabra, es porque no les ha amanecido.

Dios nos da un estándar para medir las palabras de un profeta: la ley y el testimonio, su Palabra. Si el mensaje del profeta contradice lo que ya está establecido como la Palabra de Dios, es evidencia de su falta de entendimiento espiritual. Si sus palabras no se alinean con la ley y el testimonio de Dios, no está diciendo la verdad.

En resumen, el sello distintivo de un verdadero profeta es su defensa de la ley de Dios, mientras que los falsos profetas esquivan la enseñanza moral y en su lugar predican un mensaje que atrae a las multitudes.

Una mente enemiga de Dios

La verdad de Dios y su ley en particular es aborrecible para la mente natural, y por eso es bastante común que los profetas de Dios sean usualmente chantajeados, ultrajados, aun destruyen su testimonio y carácter cristiano, mientras que los falsos profetas gozan de amplia popularidad y apoyo.

Romanos 8:7,

7 ya que la mente puesta en la carne es enemiga de Dios, porque no se sujeta a la ley de Dios, pues ni siquiera puede hacerlo,

La tendencia actual de las iglesias centradas en los resultados es un buen ejemplo. Sus líderes predican un mensaje muy popular y miles de personas los siguen. Sin embargo, Jesús dice en el libro de Lucas que la popularidad no era tan buena,  

Lucas 6:26 (LBLA),

26 ¡Ay de vosotros, cuando todos los hombres hablen bien de vosotros!, porque de la misma manera trataban sus padres a los falsos profetas.

¡La popularidad no es una buena medida del agrado de Dios por un líder!

Jesucristo, el portavoz más perfecto de Dios que jamás haya vivido, solo contaba con unos 120 seguidores fieles al final de su ministerio. Esto no se debió a un fracaso suyo, sino a que el mensaje de su Padre solo podía ser creído de todo corazón por aquellos cuyas mentes Dios ya había preparado para aceptarlo.

Hechos 1:15,

15 Por aquel tiempo[a] Pedro se puso de pie en medio de los hermanos (un grupo como de ciento veinte personas estaba reunido allí), y dijo:

Los líderes de iglesias con propósito no predican la Palabra de Dios pura porque saben que causa división. Además, frustraría sus objetivos de un gran número de seguidores y grandes ingresos. Por lo tanto, sus mensajes no involucran el arrepentimiento, la sana doctrina ni la ley de Dios, excepto cuando puedan servir para promover el propósito que los motiva.

Sus mensajes no recuerdan a las personas sus responsabilidades morales para con Dios y sus hermanos, y por lo tanto, si afirman hablar en nombre de Dios o afirman que Dios los envió, podemos saber, por los patrones bíblicos, que son, de hecho, falsos profetas. Sus grandes iglesias, por sorprendentes que parezcan, no son indicadores precisos de la intervención ni la bendición de Dios.

El apóstol Pablo también confrontó directamente el problema de la iniquidad.

Romanos 6:19,

19 Hablo como humano, por vuestra humana debilidad; que así como para iniquidad (anomia) presentasteis vuestros miembros para servir a la inmundicia y a la iniquidad (anomia), así ahora para santificación presentad vuestros miembros para servir a la justicia.

Pablo reconoce nuestra fragilidad humana, pero deja claro el punto: antes usábamos nuestro cuerpo y nuestras decisiones para alejarnos de Dios, cayendo en una espiral de pecado. Ahora, en Cristo, somos llamados a hacer lo contrario: a ofrecer nuestra vida como instrumento de justicia, produciendo una vida santa.

El apóstol Juan refuerza este mismo mensaje con un tercer testimonio,

 1 Juan 3:4,

4 Todo el que practica el pecado, practica también la infracción de la ley, pues el pecado es infracción de la ley.

El apóstol Juan es directo y sin rodeos: pecar no es solo cometer errores, es vivir en desobediencia a la ley de Dios, ser pecador significa violar la ley. Y vivir en iniquidad es aún más grave, es apartarse conscientemente de ella, ignorarla o rechazarla por completo.

Ambos apóstoles coinciden en algo fundamental: una vida transformada por Dios se refleja en una obediencia sincera, no en una fe solo de palabras.

¿Qué es un falso profeta?

Después de anunciar la venida de un profeta semejante a Moisés, a quien Dios levantaría en el futuro, el propio Moisés advierte al pueblo acerca de la aparición de falsos profetas que intentarían usurpar o imitar el cumplimiento de dicha profecía. En el libro de Deuteronomio se establece un criterio fundamental para discernir la autenticidad del mensaje profético:

Deuteronomio 18:20-22,

20 El profeta que tuviere la presunción de hablar palabra en mi nombre, a quien yo no le haya mandado hablar, o que hablare en nombre de dioses ajenos, el tal profeta morirá. 21 Y si dijeres en tu corazón: ¿Cómo conoceremos la palabra que Jehová no ha hablado?; 22 si el profeta hablare en nombre de Jehová, y no se cumpliere lo que dijo, ni aconteciere, es palabra que Jehová no ha hablado; con presunción la habló el tal profeta; no tengas temor de él.

El punto más relevante de este pasaje es que la falta ocurre cuando alguien presume hablar en nombre de Dios (o de un falso dios). Es decir, si un individuo afirma: “Así dice el Señor”, y a continuación emite una declaración profética, debe estar absolutamente seguro de que el mensaje procede de Dios y no de los deseos, interpretaciones o inclinaciones de su propio corazón. Sin embargo, este pasaje no aborda las opiniones personales del profeta ni sus procesos de comprensión. Un profeta puede emitir juicios o predicciones basados en su entendimiento humano sin que ello constituya propiamente una profecía. En tales casos, si se equivoca, no se trata de un pecado ni de una falta moral, sino de un error honesto.

Lamentablemente, a lo largo de la historia muchos han juzgado con severidad a los profetas por sus opiniones equivocadas, como si estos estuvieran obligados a poseer un conocimiento perfecto. No obstante, 1 Pedro 1:10 nos recuerda que incluso los profetas “inquirieron y diligentemente indagaron” acerca de las profecías, no solo de las pronunciadas por otros, sino también de las propias. Si el entendimiento completo viniera automáticamente con la revelación profética, no habría sido necesario ese proceso de estudio, reflexión y búsqueda de mayor claridad.

En este punto resulta esencial definir correctamente el concepto de pecado. Según 1 Juan 3:4, el pecado es transgresión de la ley. Es decir, se produce cuando una persona quebranta deliberadamente el mandato divino. Además, Romanos 14:23 enseña que el pecado también surge de la falta de fe, ya que la fe proviene de oír la voz de Dios (Romanos 10:17), y nuestras acciones son consecuencia directa de aquello en lo que creemos.

Algunos sostienen erróneamente que “el pecado es ignorancia”. Sin embargo, esta afirmación revela un desconocimiento del carácter y la justicia de Dios. En realidad, la ignorancia atenúa la responsabilidad moral. Santiago 4:17 afirma: “Al que sabe hacer lo bueno y no lo hace, le es pecado.”

Hechos 17:30,

“Dios, habiendo pasado por alto los tiempos de ignorancia, ahora manda a todos los hombres en todo lugar que se arrepientan.”

El apóstol Pablo mismo apeló a este principio cuando escribió en 1 Timoteo 1:13 acerca de su vida pasada como perseguidor de la iglesia: “Habiendo yo sido antes blasfemo, perseguidor y agresor, pero fui recibido a misericordia, porque lo hice por ignorancia en incredulidad.”

Por tanto, el pecado no es la ignorancia en sí misma, sino una transgresión consciente y voluntaria contra Dios y contra el prójimo. Puede cometerse tanto con conocimiento como en ignorancia, pero estos factores influyen en el grado de responsabilidad moral del individuo.

En consecuencia, si un profeta, debido a su desconocimiento, expresa una opinión incorrecta, no debe ser tratado con dureza, ya que los profetas no son infalibles ni poseen la totalidad de la verdad.

Existe una tendencia preocupante a juzgar con excesiva rapidez, lo cual contradice la exhortación de Pablo a la iglesia en 1 Corintios 14:29: “Asimismo, los profetas hablen dos o tres, y los demás juzguen.”

El término griego diakrino implica discernir, distinguir, evaluar cuidadosamente. Este mandato no promueve la crítica destructiva, sino un discernimiento espiritual responsable y respetuoso dentro de la comunidad de fe.

De hecho, esta fue una de las principales razones por las que los profetas bíblicos fueron perseguidos y apedreados con tanta frecuencia. A menudo eran acusados de ser “falsos profetas” simplemente por proclamar mensajes que resultaban incómodos o impopulares. Ni siquiera el rey Acab apedreó a Micaías por decirle lo que no quería oír.

Cuando Micaías profetizó la muerte de Acab en la batalla que se aproximaba, el rey, con arrogancia, ordenó que lo encarcelaran hasta su regreso (1 Reyes 22:27). Si Acab volvía con vida, eso probaría que la profecía era falsa y, conforme a la ley de Deuteronomio 18, podría ejecutarlo. Sin embargo, Acab murió en la batalla, y el profeta fue liberado.

1 Reyes 22:27,

27 y dirás: Así ha dicho el rey: Echad a este en la cárcel, y mantenedle con pan de angustia y con agua de aflicción, hasta que yo vuelva en paz.

Existen también otros casos en los que las profecías parecen fallar.

Isaías 43:5-6,

5 No temas, porque yo estoy contigo; del oriente traeré tu generación, y del occidente te recogeré. 6 Diré al norte: Da acá; y al sur: No detengas; trae de lejos mis hijos, y mis hijas de los confines de la tierra,

El profeta Isaías anunció el regreso de Israel, el reino del norte, pero no ocurrió de la manera que el pueblo esperaba. A Isaías se le atribuye haber sido “aserrado en dos” (Hebreos 11:37), lo que refleja el rechazo violento que enfrentó. De forma similar, la profecía de Jonás pareció fallar cuando Nínive no fue destruida en cuarenta días,

Jonás 3:4,

4 Y comenzó Jonás a entrar por la ciudad, camino de un día, y predicaba diciendo: De aquí a cuarenta días Nínive será destruida.

Podemos imaginar cómo fue juzgado por la gente, sin comprender que el arrepentimiento sincero puede retrasar o incluso cancelar completamente un juicio divino.

Estas son lecciones valiosas para nuestro tiempo. Podemos aprender de los errores del pasado, cuando los profetas fueron juzgados injustamente por personas que no estaban capacitadas para hacerlo. Solo quienes realmente escuchan la palabra del Señor y poseen la mente de Cristo están en condiciones de discernir y evaluar el mensaje profético. Aun así, los profetas maduros suelen ser cautelosos y evitan juzgar sin contar con una palabra clara del Señor, porque comprenden la diferencia entre la revelación profética y la interpretación personal de esa revelación.

Otro aspecto que suele pasarse por alto es que todos, incluidos los profetas, deben tener la oportunidad de arrepentirse si han profetizado con presunción. Es cierto que a los profetas se les exige un estándar más alto, ya que no deberían hablar desde la ignorancia. Sin embargo, nadie nace con madurez espiritual. Incluso los profetas necesitan tiempo para crecer y aprender, y en ese proceso requieren margen para cometer errores.

Además, en cualquier tipo de juicio debe seguirse un procedimiento justo y legal. Aun así, el verdadero discernimiento depende de que quienes juzgan tengan la mente de Cristo y sepan cuándo un caso debe ser llevado ante la “Corte Suprema” del cielo, es decir, a Dios mismo.

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